En mi grupo de amigos del lugar donde veraneo hay un chico con el que siempre ha habido tensión sexual. Me atrevería a decir que la tenemos incluso desde antes de que supiéramos que eso exista. Lo notamos, lo notan. Hay algo.
Hace algunos años, en una noche de esas de verano en la que el grupo estábamos dándolo todo en la fiesta del pueblo de al lado ocurrió. Alineé las canciones malas, la tontería de la edad, la alegría de alguna que otra copa y el «hoy voy a triunfar porque sí» y fui a por él.
El plan perfecto empezó justo detrás del escenario de la orquesta, donde fui corriendo de la mano con una amiga para vomitar. Cosas que pasan. Allí, mientras vomitaba y ella me sujetaba el pelo como hacen las amigas de verdad, comenté mi plan y ella sólo contestó que bebiera agua antes de pasar a la acción. No le hice caso, el plan comenzaba ya y de repente me vi corriendo dirección al tío mientras mi amiga intentaba alcanzarme sin conseguirlo. En menos de dos minutos, estaba comiéndole la boca en mitad de todo el sarao. Ahora lo pienso y me siento la persona más asquerosa del mundo pero a él pareció no importarle y me siguió el rollo ante los aplausos de los allí presentes.
Total, que no estaba la noche para perder el tiempo después de tanta tensión sexual acumulada así que nos fuimos sin despedirnos y sin saber muy bien a dónde hasta que el sugirió ir a su casa, todo el mundo estaba en la fiesta. ¿Qué podía fallar? El trayecto en coche era corto, pero se nos hizo larguísimo y eso que lo amenizamos con besos de esos que son la ostia en los semáforos y algún que otro roce y pellizco en el cuerpo del otro.

Llegamos. No sé cómo nos bajamos del coche pero entre besos, roces, manos que se cuelan por debajo de la camiseta y botones de pantalones que saltan, terminamos en su salón. Ha pasado algún tiempo, pero recuerdo aquel polvo como uno de los mejores de mi vida. Un polvo entre amigos de toda la vida, con confianza. Un polvo sin vergüenza y que comienza en el sofá, pasa por el suelo y termina con una apoyada en el mueble de la tele, intercalando gemidos con risas.Un señor polvo. Fue uno salvaje y rápido debido a las ganas que nos teníamos y al que siguió otro más calmado, donde disfrutamos más, probamos las posturas favoritas de ambos y nos besamos. Mucho. Matar los gemidos en la boca del otro es la hostia. Lo pienso y se me pone el vello de punta.

Nos dio el hambre y compartimos una bolsa de patatitas mientras tirados en el sofá y bajo la manta nos tocábamos mucho. Pusimos la tele y nos enganchamos a un anuncio del teletienda que aún recuerdo: unas gafas de sol con tropecientos cristales intercambiables según el nivel de sol que hubiera. Sí, habéis leído bien. Estábamos los dos sudados, con los cuerpos pegados el uno al otro, la ropa tirada por el suelo y comentando aquellas gafas de sol que se anunciaban una y otra vez. Nos ponen el anuncio una vez más y las compramos, seguro. Pero no lo pusieron, o quizá sí, porque lo siguiente que recuerdo es a su padre despertándonos y diciéndonos que deberíamos ir a la habitación. Muerte por vergüenza.
No hemos vuelto a repetir, pero a lo largo de aquel verano sonreíamos cuando compartíamos patatitas en la piscina sin que nadie supiera por qué y siempre nos comentamos lo bonitas que son nuestras gafas de sol. Siempre nos quedará aquel anuncio del teletienda.
Anónimo
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