Nos conocimos en Tinder.
Un chico más joven que yo, muy agradable, simpático y cariñoso. Desde el principio hubo buen rollo. Quedamos muchas veces, venía mucho a mi casa a dormir y a pasar días conmigo. Fueron unas semanas muy divertidas.

El sexo era muy, muy bueno. Nos encantaba a los dos. Yo ya iba viendo en él ciertos patrones distintos, cosas un poco más raras a nivel sexual, pero nada fuera de lo normal dentro del terreno del juego, el morbo y el divertimento. Era divertido, era intenso y, sinceramente, me gustaba tener sexo con él.

Todo cambió un día en concreto.
Después de cenar y charlar con un par de botellas de vino nos pusimos a enrollarnos en el sofá y acabamos teniendo un sexo buenísimo. De esos que te dejan tirada desnuda sin ganas ni de moverte.

Estábamos ahí, los dos desnudos en el sofá, y yo, en tono de broma, le digo:
—Venga, recoge y friega los platos.
Lo que pasó después fue surrealista.

El chico se levantó como un resorte, completamente desnudo, y empezó a recoger y fregar los platos. Yo me quedé mirándolo hasta que me di cuenta de algo: estaba completamente erecto. Pero erecto nivel máximo.

Me empecé a reír y le pregunté qué le pasaba.
Ahí me soltó la bomba.

Me dijo que mi orden le había puesto muchísimo, que necesitaba más, que le había encantado obedecerme. Y entonces me confesó cómo era realmente: era sumiso. Pero no un poco sumiso. Sumiso extremo.
Y según él, yo era la mejor Ama que podía tener.

Yo estaba estupefacta. Literalmente no entendía nada. Un juego dentro del sexo, vale. Pero esto ya era otro nivel. Él empezó a decirme que quería obedecer todo lo que yo le dijera, que quería ser mi sumiso, que necesitaba que yo fuera su Ama. Incluso me pedía que lo humillara.

Y ahí mi cabeza hizo cortocircuito. Toda mi vida me han educado en respetar a las personas. ¿Cómo iba yo a humillar a alguien? Se escapaba completamente de mi sentido común.

Aun así lo intenté. Pero no se me daba. No sé ser Ama. Me sentía mal. Sé que eso le gusta a la otra persona, pero yo no puedo ponerme en ese papel sin sentirme incómoda.

Poco después me tuve que ir de la ciudad por trabajo. Y ahí se acabó el rollo. Le dije claramente que no podía, que no quería y que no sabía ser lo que él necesitaba. Que nuestra historia se acababa ahí.

Pasó el tiempo y de vez en cuando volvía. Rogaba, insistía, decía que me necesitaba. Yo siempre le repetía lo mismo y parecía entenderlo.

Hasta que meses después volvió con más intensidad, que necesitaba estar sometido a mí, que no iba a encontrar a nadie como yo. Yo soy bastante abierta sexualmente, no tengo tabúes ni problemas con casi nada y eso hacía que él me idealizara todavía más.

A día de hoy tiene novia. Obviamente ella no sabe nada de sus necesidades. Alguna vez ha intentado sacar el tema con ella y ella se niega. Y entonces él vuelve a mí. El problema es que ya llegó a un punto casi acosador.

Tuve que bloquearlo de WhatsApp y de Instagram. Empezó a escribirme desde correos electrónicos. Siempre con la misma historia: que sufre, que me necesita, que quiere ser mi sumiso. Sé que le duele. Sé que lo pasa mal. Es buen chico. Pero yo ya no sé cómo decirle que no quiero ser su Ama.

La última fue hace unos días, cuando me escribió desde el teléfono de empresa. Ahí ya sentí que se estaban cruzando demasiadas líneas.

Espero que esta vez lo haya entendido. No quiero llegar a situaciones más extremas porque sé que no es peligroso ni mala persona. Simplemente es alguien atrapado en una relación que no le da lo que necesita y que no sabe gestionar sus deseos.

Yo no puedo salvarlo.

Fue divertido al principio. Luego raro. Después incómodo. Y al final agotador. Y me quedó clara una cosa: puedes ser abierta, curiosa y sin tabúes… pero eso no te convierte automáticamente en la ama sexual de nadie.