En mi familia siempre nos inculcaron el hábito de la lectura. Crecí entre libros y quise lo mismo para mis hijos. Desde que eran muy pequeños tenían su carnet de biblioteca. Íbamos mínimo dos veces por semana y en invierno casi a diario. Era parte de nuestra rutina. Conocíamos tan bien a la bibliotecaria que el trato era cercano, al fin y al cabo vio crecer a mis hijos.
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Con cuatro niños, aquellas tardes entre estanterías eran caóticas pero felices. Mi hija mayor fue la que más se aferró a esa costumbre. Cuando empezó bachillerato, la biblioteca se convirtió en su zona segura de estudio, iba todas las tardes y sábados por la mañana.
El edificio tenía dos plantas y un hueco en el centro desde el que se veía la planta de abajo. En la parte que rodeaba ese hueco estaban los ordenadores de sobremesa y había otras salas anexas pero más alejadas y silenciosas. Durante años, mi hija se sentó en los ordenadores de esa zona abierta. En Navidad le regalamos un portátil porque se lo merecía, queríamos premiar su esfuerzo. Decidió cambiarse a unas mesas más apartadas, entre estanterías altas, en un rincón silencioso de la planta superior, lejos de ruidos de niños de la planta baja. Allí se concentraba mejor.
Generalmente era su padre quien la llevaba y recogía. Yo me ocupaba de los pequeños y de sus extraescolares. Él incluso traía libros cuando yo no podía ir. Siempre lo vi como una implicación bonita…
Llegó como otro día y la sala que le gustaba usar ya estaba toda llena, por lo que decidió ir a otra paralela muy similar. En esa zona había un pequeño ascensor que la bibliotecaria utilizaba para subir cargada de libros. Un detalle que jamás llamó mi atención.
Mi hija me contó que escuchó el ascensor abrirse y, deduciendo que era la bibliotecaria, giró su cabeza para saludar. Lo que vio la dejó inmóvil, su padre y la bibliotecaria besándose. No fue un gesto rápido ni un pico tonto.
Dice que sintió una sensación de frío atravesando su cuerpo. Su padre la vio y se quedó pálido. Ella no pudo emitir palabra, no sabe si su padre le habló porque no podía escuchar nada. Recogió sus cosas y bajó por las escaleras sin decir nada. Desde la calle me llamó.
Cuando llegué, estaba sentada en el suelo con la mochila entre las piernas. Me lo contó sin dramatizar, segura de lo que estaba diciendo mientras sus lágrimas iban cayendo. Me golpeé la frente, sentí rabia y una culpa absurda por no haberme dado cuenta. Mi cabeza empezaba a hilar situaciones “extrañas” que ahora tenían todo el sentido.
Fue el primer día que nos fumamos un cigarro juntas. Yo ni sabía que fumaba. Compartimos ese momento en silencio, como si necesitásemos esa pausa que marcaba que algo había cambiado para siempre.
Mi marido llegó casi a medianoche. Supongo que esperó a que todos durmiesen. Yo lo estaba esperando en la cocina. No le permití hablar.
“Ahí tienes el sofá. Empieza a buscar piso.”
No levanté la voz. No quería escenas. Lo que más me dolía no era solo la traición, sino que nuestra hija hubiera sido quien la descubriera en el lugar que siempre consideré seguro. Ahora mi hija estudia en casa, y los pequeños y yo vamos a otra biblioteca.