Durante muchos años, cuando esto del láser aún tenía precios bastante prohibitivos, la cera o la cuchilla era lo que había para esta humilde servidora. Personalmente, siempre intentaba evitar la tortura de la cera en la medida de lo posible; durante el invierno cualquiera me hubiera podido confundir con la prima hermana de Chewbacca, pero cuando llegaba el verano prefería tener mi cuerpecito bien suave y libre de los dichosos pelos que me tenían amargada cada vez que me quería poner un bikini.
Pasé por un montón de centros de depilación cada uno más horrible y doloroso que el anterior, hasta que por fin di con mi esteticién de confianza. La chica era un encanto y sus servicios estupendos y además, muy económicos. Cuando llegaba el momento, pedía cita y en un santiamén tenía el jardín perfectamente podado y libre de malas hierbas sin pasar por el infierno al que estaba acostumbrada. Pero para mi desgracia, después de un par de veranos, el centró cerró y tuve que buscar otro.
Un día, mi madre me contó que caminando por el barrio vio que habían abierto un nuevo centro de belleza cerca de mi casa y pensé «pues ahí mismo, total, seguro que me van a hacer el mismo daño de siempre». Para mi sorpresa, el sitio me dio bastante buena vibra y las chicas que salían de allí parecían ser clientas habituales, así que decidí probar suerte y pedir cita. Si lo hubiera sabido…Al día siguiente, ahí estaba yo, despatarrada en la camilla con todo el parrús al aire y más tensa que Marco en ‘Sorpresa, sorpresa’.

Hilo musical de restaurante chino, budas por todas partes, inciensos… más que un centro de depilación aquello parecía una clase de yoga, pero a mí no me relajó en absoluto y lo cierto es que tampoco ayudó mucho que la chica en cuestión estuviera bastante perdida y se viera de lejos que era nueva. Con todo, me dije a mí misma que no había vuelta atrás y que cuanto antes pasara todo, mejor. La esteticién, que estaba más nerviosa que yo, se puso manos a la obra y empezó a untarme las ingles de cera como si no hubiera un mañana.
Los primeros tirones fueron soportables, pero a medida que se fue acercando más al tema, el dolor fue en aumento. Nada nuevo, vaya. Y en esas estaba cuando llegó el punto álgido de la depilación. Cualquiera que se haya depilado ahí abajo sabrá que se empieza de fuera hacia dentro y que la zona de los labios es la más delicada. Pues bien, yo crucé los dedos y me santigüé mentalmente cuando noté que me echaba la cera ahí. Un par de tirones y para casa, pensé tratando de darme ánimos.
Sin embargo, llamaron a la puerta y la chica salió a atender dejándome ahí, mirando el techo. Escuché cómo se ponía a charlar con otra clienta animadamente.
Yo no me dedico a depilar chuminos, pero la experiencia y el sentido común me dicen que no se debe dejar la cera mucho tiempo puesta porque se endurece y luego duele el triple quitarla. Pues bien, esta chica o no lo sabía o le daba lo mismo, porque pasaban los minutos y ella seguía rajando ahí fuera mientras yo seguía allí dentro despatarrada con eso puesto, acompañada por un centenar de budas y por Kenny G. Cuando pensé que tendría que salir a buscarla para que trajera un cincel y un martillo, la chica apareció disculpándose y se dispuso a pegar el tirón pero, oh, sorpresa: aquello ya no era cera, se había convertido en cemento.
No sé quién de las dos empezó a sudar más, pero a mí me salió del alma decirle que a nadie se le ocurría dejarme con eso tanto tiempo, lo cual sirvió únicamente para poner a mi querida amiga más nerviosa. Cuando por fin consiguió levantar una pequeña parte para agarrar y pegar el tirón me acordé de toda su familia y de sus muertos más frescos. ¡Me he quedado sin chichi, me ha arrancado el chichi, me voy a morir!, pensé.

Os juro que me arrancó los pelos, la piel y hasta el alma. Pegué un grito que ni en un paritorio y me llevé la mano a la zona catastrófica. Empecé a marearme, todo se volvió un borrón oscuro a mi alrededor y sólo escuchaba a la carnicera de la esteticién pedirme perdón.
En medio de aquel maremágnum de dolor e instinto homicida que me consumía, me di cuenta de que aún me quedaba por depilar el otro labio y que la tía se disponía a atacar de nuevo. Salté como un resorte, como si tuviera un muelle en el culo y le grité espantada «¡no, no, no!». Ella, increíblemente extrañada me dijo que sólo sería un momento, pero yo me negué en rotundo, así que me dio un espejito para que pudiera admirar ese gran trabajo inacabado, como si aquello fuera la Sagrada Familia de Barcelona. ¿El resultado? Trocitos de cera por todas partes y un labio peludo y el otro herido y ensangrentado.
Pero es que, sinceramente, me dio igual, sólo quería salir de allí cuanto antes. Me vestí a toda prisa, pagué por la depilación más salvaje de toda mi vida y me fui a casa andando igual que Robocop. Tuve heridas en la zona durante algo más de una semana, aquello fue una auténtica sangría. Desde aquel día y hasta que el láser entró en mi vida -bendito sea-, la cuchilla se convirtió en mi mejor amiga.
Mar Martín.