Hacía varios años que no me mandaban una analítica completa. El ambulatorio solo lo pisaba para ir al pediatra con mis hijos. Había ido para mí a pedir la baja por un gripe que me dejó en cama con 40 de fiebre, y poco más. Pero de eso hacía ya dos años. Así que pensé que era el momento de ir a verle la cara a mi doctora y hacer gasto de mis impuestos.
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Pedí cita, que me la dieron para casi un mes después. Cómo no era urgente pues me esperé el mes. Quería pedirle una analítica. Nada especial. Control rutinario. Que me mandara un análisis de sangre para ver el colesterol, el hierro, lo de siempre.
Entré en la consulta y la doctora era nueva. Me explicó que la que yo tenía había pedido un traslado y que ahora ella iba a ser mi doctora de cabecera. Me dio un poco igual, porque ya os digo que yo no soy de estar poniéndome mala cada dos por tres.
Como no me conocía decidió que era un buen momento para echarle un ojo a mi historial y echarme un ojo a mí. Lo primero que me dijo fue que iba a pesarme. Yo sé de sobra que me sobran kilos, pero no pensaba que fuera algo escandaloso. Había pasado dos embarazos y algún kilillo se había quedado rezagado en mi cuerpo.

Me subí a la bácula y la verdad es que el peso era mayor de lo que yo me esperaba. “Estás en un peso que no es saludable”, dijo. Se sentó de nuevo, hizo sus cálculos y me soltó: “Tienes una obesidad de grado II”. Yo flipé. Tengo espejos en mi casa, sé que estoy gordita, pero obesidad grado II, ¿en serio?
Entonces empezó a preguntarme por mis hábitos y aquí empezó el escarnio. A todo lo que yo le contaba, le sacaba pegas. Nada de lo que yo hacía estaba bien.
Le conté que comía bastante variado, pero que el dulce era mi perdición y que a veces caía en el pecado. Me dijo que nada de bollería industrial, que si tenía antojo de dulce me hiciera un bizcocho casero con avena, plátano, chocolate negro, que mirara recetas en internet.

Entonces se me ocurrió la brillante idea de defenderme con un “no, si no compro bollería industrial, pero tengo hijos pequeños y cuando me da la ansiedad pues alguna galleta de los niños me como”.
¡Parecía que le había dicho que les daba veneno a mis hijos! Que cómo se me ocurría darles galletas a los niños para desayunar, que nada de azúcar, que fruta y alimentos saludables.
Me quedé tan cortada que no supe qué decirle. En mi cabeza pensaba que tampoco era tan malo que nos niños se comieran unas galletas para desayunar, que el resto del día comían bien, que era lo único poco saludable que se comían, pero no quise echar más leña al fuego.
Luego vino el momento “¿haces ejercicio?”. Y yo, pues si, camino mucho, el cole de mis hijos me pilla lejos y vamos andando porque no tengo coche. Eso no sirve, según ella. Que me haga entre diez y doce mil pasos diarios solamente de ir y venir al colegio y a las extraescolares, no es suficiente.
“Estoy apuntada a un gimnasio” solté, en un intento de redimirme. “¿Pero vas?” me preguntó en un tono entre irónico y cabreado, dispuesta a volver a darme caña.

Y yo le cuento que voy a pilates una vez a la semana, que hay semanas que voy dos días si me da tiempo. Y ella, que tenía respuestas para todo, me suelta: «Es que al gimnasio hay que ir todos los días».
Y ahí ya salté, le dije enfadadísima que soy madre, trabajo, tengo una casa que llevar, y que demasiado que me da tiempo a ir una o dos veces a la semana al gimnasio.
¿Y sabéis que me contestó? Que si me organizara mejor me daría tiempo a ir todos los días.
Al final me mandó la analítica que yo le había pedido, pero también me recetó el Ozempic porque, según ella, no iba a ser capaz de adelgazar de otra forma.
Salí de allí sintiéndome la peor persona del mundo, sintiéndome mala madre, mala ama de casa y con una receta de unos pinchazos que no pensaba ponerme porque no me daba la gana. Es increíble cómo te tratan algunos profesionales, por llamarlos de alguna manera, cuando estás gorda.
Y aun así, lo más fuerte no fue la báscula ni la palabra OBESIDAD, ni siquiera la receta que me llevé sin haberla pedido. Fue esa sensación de ser juzgada, de ser vapuleada, de no ser comprendida. Porque a veces estamos gordas por estrés, por ansiedad, porque llevamos mucho peso sobre los hombros. A veces hay que ser más empáticos y saber ver más allá de unos pocos kilos de más.