Hay algo profundamente frustrante en mirarte al espejo después de semanas portándote bien y sentir que todo sigue igual. O peor: que la báscula, ese aparato del demonio, decide que hoy has subido 200 gramos. Y tú con cara de tonta porque ayer te cenaste una triste crema de calabacín y un yogur desnatado.
Me he puesto a dieta y está siendo bastante cuesta arriba. Estoy haciendo las cosas bien y me está costando mucho bajar de peso.
Soy mamá de dos criaturas. Con mi primer hijo cogí poco peso en el embarazo, lo justo para que la matrona no me echara mucho la bronca, pero cuando mi peque iba a cumplir el año y yo ya había perdido esos kilitos de más, llegó la pandemia.
¿Os acordáis de esos casi tres meses que estuvimos encerrados en casa porque había un virus maligno en las calles? A mucha gente le dio por hacer deporte en el salón, pero yo era de las de hacer repostería y ver pelis comiendo palomitas de microondas.
Y cuando aún no me había deshecho de todo aquello que cogí con los bollos caseros del encierro en casa, me quedé embarazada de mi segundo retoño. Y entonces ya si que fue imposible controlarme.

En el segundo embarazo no te cuidas como en el primero. Imposible. Tienes una personita ya en el mundo que depende de ti. No puedes dormir doce horas diarias ni salir a caminar para no engordar en exceso. Comes entre horas y no siempre todo lo saludable que deberías.
Y ahora me veo con dos hijos, 41 años, canas, ojeras, arrugas y, encima, arrastrando esos kilos de más que no han querido irse desde el segundo embarazo… y mi peque ya tiene dos años.
Así que he decidido volver a coger las riendas de mi vida y ponerme a dieta. Me levanto temprano, llevo a los niños al colegio y me voy a andar. Llego agotada, hago las cosas de la casa, como sano y equilibrado, me estoy esforzando y no veo los resultados.
Y no sé si será la edad, el estrés diario, o que mi metabolismo está en modo ahorro energético, pero estoy en un punto que no sé si seguir o tirar la toalla.
Cuando el cuerpo deja de colaborar
Hay una realidad que nadie te cuenta cuando cumples 40: tu cuerpo empieza a hacer cosas raras. Y una de ellas es no reaccionar igual a la dieta de siempre. Antes me ponía a dieta y la primera semana ya había perdido tres kilos. Ahora, he necesitado un mes para perder un kilo.
Además, está el estrés. El bendito cortisol. Esa hormona que parece que se activa cuando tu hijo no se quiere vestir por las mañanas y te toca ir detrás de él corriendo por el pasillo con la ropa gritándole improperios. No está bien gritarle al niño. Lo sé. Lo intento corregir. Pero es que a veces no puedo.

Vivo con un nivel de estrés por las nubes porque ser madre es lo más estresante que existe. Más que cualquier trabajo que yo haya tenido que hacer. Más que trabajar en una tienda de juguetes en Navidad o en una Zara en rebajas.
No duermes bien, tienes mil cosas en la cabeza, que si hay que pedir cita con el pediatra, comprar una cartulina o hacer un bizum para un cumpleaños. Y claro, el cortisol decide que es el mejor momento para retener líquidos en tu cuerpo, aumenta el apetito y ralentiza el metabolismo.
Te dice: “¿Quieres quemar grasa? ¡JA! Yo voy a almacenar, que nunca se sabe si vendrá el apocalipsis zombi u otra pandemia.” Que le falta al cortisol hacerte un corte de mangas.
El resultado: te esfuerzas un montón, pero los kilos no bajan. Porque el estrés también engorda. Y es devastador, porque una quiere ver el esfuerzo reflejado. Una quiere un pequeño premio, aunque sea perder una talla de pantalón. Pero no llega.
La cultura de la dieta
Y por si fuera poco, llevamos toda la vida escuchando que si no adelgazamos, es porque no lo hacemos bien. Que si no tienes fuerza de voluntad. Que si a ver si te estás saltando el régimen. Que si la fruta por la noche engorda. Que si tienes que sudar más, que sólo con salir a caminar rapidito no sirve. Pues yo llego de andar agotada así que algo de esfuerzo estaré haciendo.

A veces no depende todo de nosotras. Los cuerpos cambian. Las hormonas se alteran. Nuestra vida cambia. Y lo que antes nos funcionaba, ahora no.
Ya he aceptado que mi cuerpo de antes de ser mamá no va a volver, que la barriga colgandera me va a acompañar por los siglos como un souvenir. Pero me gustaría volver a entrar en mis vaqueros, volver a verme bien, reconocerme delante de un espejo. Quiero volver a conectar con mi cuerpo, aunque vaya a su ritmo de tortuga centenaria.
Tengo más de 40. Tengo estrés. Tengo hijos pequeños. Tengo un metabolismo que a veces es un misterio sin resolver y estoy cansada de contar calorías. Pero también tengo ganas, constancia y el derecho a no exigirme ser perfecta.