Salí esa noche sin expectativas. Solo quería bailar, reír y no pensar en tíos. Iba con mis amigas, guapas, arregladas y con esa energía que solo se tiene cuando sabes que no le debes nada a nadie.
Al llegar al aparcamiento, justo antes de entrar al bar, nos cruzamos con tres tíos perdidísimos, con acento gaditano y cara de no sabemos ni en qué provincia estamos.
—¿Sabéis dónde está el hotel Cid?
—Pues no, pero si queréis os acercamos y lo buscamos juntos —saltó mi amiga sin pensarlo.
Y así empezó todo.
Uno llevaba gafas, iba de interesante, medio formal. Tenía novia, nos lo dejó claro al segundo tres. Otro, más rellenito, era un showman: todo chistes, risa fácil y cara de Lucas de Andy & Lucas.
Y el tercero… ay, el tercero. Bajito, rubio, cuerpo de escándalo (que se intuía a través de la camiseta, así que os podéis hacer una idea) y esa actitud chulesca que gritaba te voy a romper la cama y luego el corazón.
Durante el trayecto de búsqueda del hotel nos partimos de risa. Hubo pullas, coqueteos y un juego de miradas de esos que pican más que el salitre en las heridas.
Yo me lancé con el rubio, que a pesar de hacerse el duro no me quitaba los ojos de encima. Mi amiga tiró fichas al Lucas de imitación. Y el de las gafas seguía hablando de su novia como si alguien se lo hubiera preguntado.
Nos pasamos los WhatsApps. Al día siguiente ya había grupo montado, memes, bromas, guiños. A los pocos días, el rubio empezó a escribirme por privado. Lo que empezó como tonteo acabó en sexting del bueno: fotos subidas de tono, mensajes que ardían y un plan perfecto. Yo sacando billete para bajar a Cádiz “a pasar el finde”, ya tú sabes.
Spoiler: no fue como esperaba.
Unos días antes del viaje me suelta que no, que mejor no vaya. Que se ha rayado. Que no busca nada. Me quedé a cuadros. Y como buena detective de follodramas, el amigo (sí, el Lucas fake) me contó que el rubio había vuelto con su ex.
El muy cabrón. Mandándome fotos de su rabo mientras le decía a otra que la echaba de menos. Qué clase.
Pero ya tenía el billete, las ganas y el orgullo por los suelos, así que me fui igual. Y le escribí al único que merecía la pena: el colega simpático. El Lucas.
Y oye se portó como un rey.
Me recogió, me llevó a la playa, me invitó a cenar. Todo sin esperar nada. Me reí más con él que en meses.
Al día siguiente me llevó a una cala preciosa, comimos tortilla con arena y cerveza caliente, y me hizo olvidar por completo al rubio cabrón.
Esa noche, ya en su casa, cocinó para mí. Gin-tonic, un poco de maría, música suave. Y de pronto… empecé a verle guapo. Muy guapo.
La risa se volvió susurro. Me soltó una indirecta suave. Yo contesté con una burrada que ni sé de dónde me salió.
Y entonces se lanzó.
Me besó con hambre contenida. Me agarró por la cintura como si le fuera la vida en ello. Y ahí, entre copa y calada, me comió la boca… y lo que no era la boca. Me empotró contra la encimera, me llevó al sofá, al suelo, a la cama.
Fue salvaje, largo, sucio y perfecto. Como si todo lo que el rubio no quiso, su amigo me lo estuviera devolviendo con intereses.
Dormimos poco. Reímos mucho.
Y al día siguiente me llevó al tren con resaca, el pelo revuelto y las piernas temblando.
Nunca más lo volví a ver. Me escribió varias veces, me dijo que me fuera a vivir allí, que le encantaba mi rollo. Pero yo no estaba por la labor. Me había dado lo que necesitaba. Ni más ni menos.
Y aunque volví sola, por dentro me sentía acompañada.
Porque a veces el mejor polvo de tu vida te lo da quien menos esperas. El que parecía un meme… y acabó haciéndome gemir hasta quedarme sin voz.
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