Soy madre de dos niños y estaba ya entradita en kilos cuando me quede embarazada. Mis hijos han nacido sanos, son niños alegres, felices, listos y no tienen ninguna tara. Y es que, cuando estas gorda y te quedas embarazada, los expertos dicen que tu hijo va a nacer seguro con algún problema por culpa de tu obesidad. Y con expertos me refiero a tu vecina del quinto o a esa tía lejana que se mete en todo.

También sufrí muchos malos comentarios por parte de los médicos: mi doctora de cabecera, la matrona y algún que otro profesional que me encontraba en el hospital cuando iba a hacerme alguna prueba de control del embarazo. Todos coincidían en que mi sobrepeso iba a perjudicar al bebé.

Mi experiencia de embarazo, como mujer que ya estaba “rellenita” antes de concebir, me dejó con una serie de anécdotas que reflejan lo dura e hiriente que puede ser la gente cuando se trata del peso, especialmente cuando estás embarazada. Os voy a contar algunas frases que tuve que escuchar cuando estaba embarazada.

 

Antes del embarazo: “Más te vale que adelgaces porque te va a costar quedarte”

Soy una persona muy reservada y no le suelo contar a la gente detalles de mi vida. Así que, cuando me puse a buscar el embarazo, muy poca gente se enteró. Pero a mi doctora de cabecera se lo tuve que contar, porque tenía que recetarme el ácido fólico para que mi cuerpo se fuera preparando para un futuro embarazo. Pues ese fue el consejito que me dio. Que adelgazase o no me iba a quedar. ¿Sabéis qué? Tres meses tardé en quedarme.

No se te nota nada”

Fue una de las frases que más escuché, especialmente durante el primer y segundo trimestre. Al principio, traté de interpretarlo como un comentario neutral, quizá con la intención de halagar o al menos de no ofender. Pero con el paso del tiempo, empecé a sentir que lo que realmente se insinuaba era que, al estar gorda, mi embarazo no se veía como debería.

Pues sí señora, se me nota y yo me lo notaba. Mi barriga se había redondeado, mi cuerpo estaba cambiando y empezaba a notar los movimientos de mi bebé.

 

“Ojo con coger muchos kilos”

Otra perla que tuve que soportar una y otra vez. Me lo decía mi matrona, me lo decía mi madre, me lo decía una señora que pasaba por la calle… Al parecer, cómo yo ya estaba gorda antes de quedarme embarazada, me iba a dedicar a comer sin control.

Lo irónico de esta situación es que solo gané seis kilos en total durante los nueve meses, una cantidad perfectamente razonable y saludable. Encima, mis hijos pesaron casi cuatro kilos al nacer, si descontamos lo que pesa la placenta, a penas cogí peso en el embarazo. Es más, en los primeros meses de mis dos embarazos, adelgacé.

Era perfectamente consciente de que llevaba una vida dentro de mí y me cuidé más que nunca. Comía mejor y salía a caminar, pero sentía que la gente asumía que iba a engordar de manera descontrolada, como si el embarazo fuera una excusa para comer sin preocupación. Cuando en realidad estaba tomando todas las precauciones para cuidar tanto de mí como de mi bebé.

“Es imposible ver a tu bebé con tanta grasa en la barriga”

Como os comentaba antes, en las revisiones del hospital no se portaron nada bien conmigo. Me encontré con gente maravillosa, pero también con profesionales que no sé si es que odian su trabajo o es que viven así de amargados.

En mi primer embarazo, llegábamos mi chico y yo a la ecografía de las 12 semanas, la primera que me hacían, con unas ganas locas de ver a nuestro bebé. Entro en consulta y las caras de las doctoras que estaban allí ya eran de pocos amigos. Me hacen una serie de preguntas, me pesan, me dicen aquello de “no puedes coger muchos kilos en el embarazo porque ya te sobran”, y pasamos a la camilla para la ecografía.

Me descubro la tripa, me echan el gel y empiezan a pasarme el ecógrafo. De malas maneras me dicen que me estire con las manos la barriga y que no respire, que no consiguen ver bien al bebé. Yo acojonada por si estaban viendo algo malo en el feto. Me estaban apretando tanto con el aparatito que me hacían hasta daño. Entonces una de ellas suelta:

“Es imposible ver a tu bebé con tanta grasa que tienes en la barriga, te vamos a tener que hacer una ecografía vaginal porque no vemos nada”

El comentario, lejos de ser una observación técnica, fue un juicio sobre mi cuerpo. Me hizo sentir bastante mal. Mamá primeriza, no sabes muy bien lo que está pasando y encima critican tu peso. Sentí como si estuviera siendo acusada de algo horrible, de estar perjudicando a mi bebé por no estar delgada.

“Seguro que tienes diabetes gestacional”

Esto ha sido como un mantra en mis dos embarazos. Cómo estaba gorda, iba a tener diabetes, fijo. En mi primer embarazo, me realizaron tres pruebas del azúcar, una por trimestre. Ya sabéis, esa prueba que consiste en beberte el líquido de limón o naranja que está asqueroso y esperar sentada durante una o tres horas, dependiendo de la prueba, y luego te sacan sangre.

Pero es que, en el segundo embarazo, se sumó a mi gordura que tenía 39 años y era madre vieja ya, así que, sí o sí, tenía que tener diabetes gestacional. Solo en el último trimestre me realizaron dos pruebas de la glucosa, de las de estar tres horas sentada, porque además mi bebé venía bastante grande y ellos convencidos que era por el azúcar. Daba igual que les dijera que mi primer hijo nació con casi cuatro kilos y perfectamente sano, yo tenía que tener diabetes porque ellos son los médicos y son los que entienden.

Pues amigas, mi nivel de azúcar estuvo perfecto en ambos embarazos.

El estigma que rodea el peso tiene raíces profundas, y se manifiesta de muchas maneras. Los comentarios que recibí durante mis embarazos no fueron aislados; forman parte de una cultura que se siente con el derecho de opinar sobre el cuerpo de las mujeres, particularmente cuando están embarazadas.

Las mujeres gordas nos enfrentamos a prejuicios que no solo afectan nuestro autoestima, sino que también pueden tener consecuencias reales para nuestra salud y bienestar, especialmente cuando esos prejuicios vienen de profesionales médicos.