La familia de mi ex es de estas de película navideña estadounidense. Están superunidos, lo hacen todo juntos, se llaman a diario y, en definitiva, se quieren un montón. Entre ellos, lo que viene siendo integrar a los de fuera se les da regulinchi. Lo digo con conocimiento de causa, porque en todos los años que estuve en una relación con uno de sus miembros, nunca llegué a sentir que pertenecía a la familia. Al igual que mi excuñado y algunos otros tíos y tías políticas, siempre me he sentido cercada por esa frontera invisible que separa a los miembros por derecho de nacimiento de los que hemos llegado de fuera. Da igual que te arrejuntes, que pases por el santísimo sacramento del matrimonio, o que hayas tenido hijos con uno de los miembros con carné que le acredita como tal. Si te han encontrado en la calle, con estatus de la calle te quedas.
Esa fue mi sensación desde el primer minuto en que puse un pie en esa casa y hasta el día en que firmé el divorcio. Ya sea porque soy una persona intuitiva o porque esa gente no se corta un pelo, siempre lo tuve claro: allí nadie me quería demasiado.
Excepto una sola persona.

Una persona que, al contrario que los demás, me trataba con un cariño especial. La culpable de que, a pesar de que hace tres años que me divorcié, siga comiendo con mi exfamilia política cada fin de semana. Y supongo que te preguntarás por qué lo hago. Pues porque esa persona es la abuela de mi ex, una señora que parece haber acaparado toda la bondad que no le han repartido al resto. Una señora mayor con una salud delicada a la que, según palabras de su nieto, enterarse de nuestro divorcio le rompería el corazón.
¿Quiero ser yo la culpable de que se le rompa el corazón? No, no quiero. Ni yo, ni mi ex ni ningún otro miembro de la familia. Por eso hacemos todos el esfuerzo, mantenemos la farsa y nos juntamos los domingos para sentarnos a su alrededor y ponerla al día de las novedades (al menos las que pasan la censura y el filtro de sus hijas, tan pendientes ellas de que nada la perturbe), mientras ella reparte su cariño y sus grandes perlas de sabiduría. He aceptado ir allí cada fin de semana porque, la verdad, aunque sea solo a ella, lo cierto es que la echo de menos y llevaría mal no verla tan a menudo como antes. Porque es verdad que está mayor y que sus domingos de comilona están en números rojos.

Porque, aunque me siento mal por la mentira, me convenzo de que es una mentira piadosa. De que saber que nos hemos divorciado le haría más daño que averiguar que se lo estamos ocultando. Y también porque la quiero, porque me gustar pasar tiempo con ella, charlar y contarle mis cosas mientras ella me mira con sus ojillos arrugados. Me gusta quedarme a su lado cuando los demás recogen y que ella aproveche para contarme sus confidencias y se desquite un poco con esas hijas tan sobreprotectoras que tiene.
Creo que también lo hago porque estoy esperando a que un día me confiese que lo sabe todo y que lleva tres años riéndose de nosotros. Pero que no lo ha hecho porque a ella también le gusta estar conmigo ese ratito que compartimos cada semana.
Y juraría que, desde que accedí a este arreglo, la familia de mi ex me trata mejor, de modo que son todo ventajas.
Irati
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