Hace poco menos de un año tuve un aborto espontáneo. Pasó un minuto desde que confirmé que estaba embarazada hasta que me dijeron que no había latido. Estaba sola. Y he seguido sola durante todo el proceso. Contra todo pronóstico (tenía 22 años en aquel momento, sin pareja) durante ese minuto -o quizá fueran dos- tuve la absoluta certeza de que quería tener ese niño. Quería ser madre. Era madre. Durante ese minuto construí una vida entera. Ese minuto me cambió, y creo que nunca volveré a ser la misma. 

El proceso fue, ha sido, y es durísimo. La otra persona biológicamente involucrada no compartía mi postura frente al asunto, mis amigas no sabían qué decirme. Todo el mundo a mi alrededor asumió que por ser joven habría optado por interrumpir el embarazo. Recuerdo que me pasé una tarde tirada en la cama, llorando, mientras una amiga me decía que tenerlo hubiera sido una pésima decisión. Nadie entendió que lo quería, que iba a tenerlo, que la vida se me acababa de romper un poquito. A mi alrededor se creó un halo de silencio y tardé meses en poder llorar tranquila, sin que nadie me juzgara ni impusiera su opinión. Tardé poco en entender y en sumergirme por completo en el silencio y el secretismo que rodean los abortos espontáneos. El aborto como tabú, como algo de lo que no se habla, como algo que no se entiende. 

En febrero (cuando se acercaba la fecha probable de parto) tenía tanto dolor acumulado que empezó a afectarme académicamente. Se lo conté a una profesora de la universidad. Entonces ella me contó la historia de sus abortos. Me dio todo el tiempo y el espacio que necesitaba, me escuchó, me puso en contacto con grupos de apoyo, se aseguró de que no estuviera sola. Desde entonces he decidido que no voy a callar mi historia. Que no la voy a meter en un cajón, ni a fingir que el dolor no está ahí.

No me voy a callar porque me he encontrado con decenas de mujeres que han pasado por lo mismo y que se creían solas. No me voy a callar porque me niego a que algo que nos afecta a tantas, algo que nos duele a cientos de miles, se relegue a un cuarto plano, se convierta en tabú, en algo que no se comparte, en algo que se tiene que sufrir en silencio y en la intimidad. No me voy a callar porque no quiero que ninguna persona que pase por esto se sienta tan sola cómo me he sentido yo. No me voy a callar porque nuestros cuerpos, nuestras batallas y nuestros duelos son parte de nuestras historias. 

[Si tú, que estás leyendo esto, necesitas alguien que te escuche, que te lea o que te reconforte no dudes en escribirme. Juntas somos más fuertes] 

 

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