Mi pareja es otra chica, somos dos mujeres y además cumplimos ciertos tópicos que supongo, pero para algunos son muy jugosos o morbosos. Mi chica tiene el pelo cortito, su estética se basa en colores bastante básicos y es imposible verla con falda, vestido o diferentes prendas más asociadas a la feminidad. Sin embargo, yo tengo el pelo larguísimo, no tengo mucho complejo en mostrar parcialmente el pecho y sí es probable verme con ese tipo de prendas tradicionalmente femeninas.

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Mi novia es lo que la comunidad LGTBI, o la generación Z, ahora llaman “Masc” (que a diferencia de “Butch” no implica adoptar una identidad de género tradicionalmente masculina, simplemente se refiere a vestimenta y comportamiento tradicionalmente masculinos) y de hecho tiende a ser bastante más femenina, o lo que se entiende como tal, que yo: realiza más procedimientos de cuidado del pelo, de la piel y de su estética que yo; por ejemplo, es verdad que yo cuando me maquillo lo hago de una forma más llamativa, pero lo hago para las grandes ocasiones o cuando me apetece, mientras que ella no sale de casa sin echarse máscara de pestañas.

La cuestión es que su aspecto nos ha traído muchas circunstancias realmente incómodas, en pleno siglo XXI, donde hay infinidad de mujeres con el pelo corto de todo tipo, condición y orientación sexual. Y ya no hablo de confusiones momentáneas al referirse a ella, hablo de cosas más interiorizadas socialmente. Por supuesto, se nos lee a ambas como lesbianas por ser novias, siendo las dos bisexuales, pero parece más creíble que a mí me puedan gustar también los hombres que a ella, porque el largo de tu cabellera debe establecer si te gustan otros tipos de largos y porque, claro, aparentemente yo busco un aspecto masculino o andrógino en mis parejas, mientras que ella ha elegido a una princesita.

Y, faltaría más, la forma en la que mantenemos relaciones sexuales es una gran incógnita que algunos se han atrevido a preguntar, sobre todo porque no encajamos en su idea, nacida de la pornografía, de dos mujeres con uñas postizas de 40 centímetros y extensiones postizas interminables. También está la variante en la que dudan de cuál de las dos “es el hombre” porque no entienden que estoy con una mujer porque quiero a una mujer, a esta en concreto. Todo tiene que ser binario.

Creo que de las cosas que más me violentan es cuando vamos a algún restaurante donde no nos conocen y asumen que ella es la persona que va a llevar la batuta. No falla. Siempre se giran y le preguntan a ella qué vamos a pedir, si quiere probar el vino o si va a pagar la cuenta. Es bastante divertido ver sus caras cuando ella delega en mí el hablar (da la casualidad de que mi pareja es muy tímida y yo soy todo lo contrario) o cuando se dan cuenta de sus micromachismos hasta con dos mujeres.

Imaginaos lo que pasa cuando vamos a una tienda de cosméticos o perfumería, cuando yo no tengo ni idea de qué necesita comprar ella o qué tipo de olor quiere encontrar (es una loca de las colonias y yo no entiendo nada). Y no ha pasado ni una ni dos veces que a mí me sostengan la puerta para pasar, pero a ella no.

Lo cierto es que tenemos la inmensa suerte de que a ella, no sé si por costumbre o por resignación, se la pela mucho y ya no se siente mal por cómo la perciben los demás. A mi me ofende más, entiendo que la inmensa mayoría de las cosas no son queriendo y no tienen intención alguna de dañar, pero me da rabia que en 2026 estemos así, con esas clasificaciones intrínsecas en nosotros. Así que la próxima vez que pase algo similar tendré que explicar cordialmente (lo intentaré) por qué llevar pantalones no significa que tú pagues la cuenta o que llevar un moño bien alto tampoco apaga tu voz.

Actualicémonos.

Dalia Suárez