No falla. Una mujer puede escribir diciendo que lleva 4 años poniéndole los cuernos a su marido, o que está con un hombre 20 años menor que ella, o que ha insultado a su novio. Como reciba algún comentario que muestre apoyo y empatía, siempre hay alguien que escribe:

“Qué hipócritas las que la apoyáis. Anda que si fuera al revés…”.

Un comportamiento reprochable es siempre reprochable, lo haga quien lo haga. Poner los cuernos está mal, propiciar una relación muy asimétrica roza lo indecente y usar la violencia verbal contra alguien también está mal. Señalad los comportamientos deleznables que os dé la gana, y tendréis razón, pero dejad de comparar el comportamiento de mujeres con el de hombres con el famoso “¿Y si fuera al revés?” porque es ridículo.

Existe una superestructura social que ha sometido y oprimido a las mujeres desde que el mundo es mundo. Nos han cosificado, vejado, maltratado, violado, abusado y prostituido desde siempre. Siguen y seguirán haciéndolo porque el sistema les ampara, del poder judicial al político y económico. No hay más que poner las noticias a diario.

Si lo pensáis en serio, ¿entendéis lo absurdo de la comparación? Es como si una adolescente de Bangladesh, explotada en una fábrica textil de sol a sol, roba un día una prenda de ropa y la echan del trabajo. Y va el jefe y, encima, le dice: “Cuando soy yo quien te roba a ti, bien que te indignas, ¿eh?”.

Derecho a ser “persona de mierda”

Hay comportamientos que siguen muy normalizados entre los hombres. Ellos mismos se defienden y se tapan al cometerlos, mientras nosotras los minimizamos y decimos: “¡Bah! ¿Qué esperamos, si son hombres?”.

El viernes pasado, sin ir más lejos, una amiga y yo estábamos en un pub. Cuando me levanté para ir al baño, se acercó un tipo a preguntarle a mi amiga por mí, que le parecía atractiva y que quería invitarme a una copa a solas. Cuando ella le dijo que no tenía ninguna posibilidad, porque tengo pareja desde hace años, el tío le dijo que él también, pero que se aburría siempre con la misma.

Lo soltó con toda su boca sin necesidad de bajar la voz ni mostrar un mínimo de vergüenza. Porque los cuatro amigotes que tenía cerca lo saben y le ríen las gracias cada vez que reduce a una desconocida a un objeto que poseer y, de camino, falta al respeto a su mujer. Pero, ¿que lo hagamos nosotras? ¡Hombre, por favor! ¡Hasta ahí podían llegar cediendo derechos a las mujeres!

Con esto sucede como con el humor. ¿Es igual de reprochable que hagamos chistes cosificantes sobre una mujer que sobre un hombre? Pues no, no es lo mismo. Imaginemos que le digo a mis amigas: “Esta noche el hijo de putero este va a patrocinar mi sobado clitoriano”, justo cuando un tiarrón está pasando a nuestro lado en un pub. Estaré siendo vulgar e indecorosa, pero, si lo hace él, es machista. Y eso es peor.

Mi comentario te podrá parecer fuera de lugar, pero no está generando violencia contra los hombres. Sexualizar a una mujer sí es generar violencia contra las mujeres por una razón sencilla: los comentarios y actitudes cosificantes sobre las mujeres se encuentran en la base del sistema opresor. El humor y el lenguaje sexista, el control, la anulación, el reforzamiento de los roles o los michomachismos sostienen la humillación, los desprecios y las desvalorizaciones. Y estos, a su vez, las agresiones físicas y verbales, los abusos, las violaciones y los feminicidios.

Cuando una mujer insulta a su marido o sexualiza a un amigo con un comentario fuera de lugar no está actuando bien, pero no está participando de ningún sistema opresor, ni sosteniendo con su comportamiento una estructura que discrimina a los hombres por el hecho de serlo.

Así que critica a las presuntas “bichas” que amargan a sus maridos con cuernos y quién sabe qué más. Llama la atención a esa amiga que está siendo irrespetuosa, si quieres. Critica a las cómicas que “suplantan roles de género” y tienen comportamientos soeces y vulgares. Pero no digas “Si fuera al revés…” porque no solo no es comparable, sino que es ridículo.