Mi hijo es muy guapo, es verdad. Y no lo digo yo como su madre que lo ha parido, sino que es objetivamente guapo. Lo llevamos oyendo prácticamente desde que era un bebé: comentarios animándonos a llevarlo a castings de modelaje, para hacer anuncios, publicidades…
Mi marido, desde entonces, tiene las orejas de punta. Es verdad que, a lo mejor, el hecho de haber llevado a mi hijo a castings y demás le habría abierto las puertas a muchos trabajos, pero yo siempre me he negado. Él me decía que si por hacerle unas fotos al bebé nos daban un dinero, que no había nada de malo en ello. Pero a mí siempre me ha dado miedo pensar que la mayoría de niños actores y cantantes empiezan así, y me horroriza poner a mi hijo a “trabajar” cuando aún no le toca. Ya trabajará cuando sea mayor.
Una vez, estando en un bar, se nos acercó un representante y nos dijo que, si queríamos, podíamos hacer del niño una estrella del modelaje. Que tenía el físico y la actitud, y que lo demás se lo enseñarían ellos. Pero, otra vez, me negué. Mi marido, por el contrario, le habría dicho que sí con los ojos cerrados.
Cuando el niño tuvo diez años hizo una campaña para una conocida marca de ropa infantil. Porque era eso o matarme con el padre, que llevaba años intentándolo. Es cierto que el contrato era jugoso y que, en principio, parecía fácil. Pero a mí, sinceramente, no me gustó que el niño “trabajase”. Aunque a raíz de esas fotos le salieron más contratos, los rechazamos todos. Le di a mi marido el gusto por una vez, pero “una y no más, Santo Tomás”. Los niños tienen que hacer cosas de niños y estudiar. Punto.
El niño ha seguido creciendo y ahora tiene 15 años. Está feo que yo lo diga, pero mi hijo es una preciosidad. Es un tiarrón ya: guapo, fuerte, con ojazos. Y encima, juega bien al fútbol. Y cuando digo bien, me refiero a que despunta.
Y ahora tengo un nuevo problema: el niño se sabe buen futbolista porque no paran de decírselo, y tiene todo el rato al padre detrás diciéndole que va a ser el nuevo Messi. Yo solo quiero que estudie, que se haga un hombre de bien, y que decida lo que quiere hacer con su vida cuando esté preparado. Pero mi marido insiste en que tiene que buscarle un representante ya para que el niño despunte en fútbol y que, como el físico le acompaña, hará campañas de publicidad varias.
Yo intento bajarlos a los dos a tierra y seguir poniendo los estudios como prioridad, pero, obviamente, con 15 años, a mi hijo le motiva más el discurso de su padre que el mío. A mí me gusta que haga deporte, pero no entiendo esa obsesión por la fama. Jugar, sí. Pero lo que tenga que pasar, pasará. No hace falta forzarlo.
Mi marido es un amor y es un padrazo, pero en este tema nunca estamos de acuerdo. Y me tiene hasta el gorro, porque cuanto mayor es el niño y más pajaritos le mete en la cabeza, más problemas vamos a tener después.
Anónimo
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