Yo creía que solo había dos tipos de amor, el que profesas a la gente que quieres como se quiere a una hermana, una madre, un familiar o un amigo. Y el amor romántico, ese que solo sientes hacia las personas con las que, aunque sea por un tiempo limitado, quieres compartir tu corazón sin que nada más importe.
Cuando le conocí sentí un flechazo inmediato, me enamoré en cuestión de horas. Lo mío llegó a rozar la obsesión. Porque este chico no podía ser mejor. Era todo lo que yo valoraba en una persona. Era tan perfecto, que él sentía lo mismo por mí. Y, durante unos meses, lo que tuvimos me pareció el amor más profundo que dos personas podían compartir.
Hasta que dejó de serlo.
Hasta que empezamos a notar que nuestro amor tenía agujeros. Pero nos resistimos, intentamos ignorar los huecos, cubrirlos con lo que fuese. De verdad tratamos de hacer que, con agujeros o sin ellos, lo nuestro funcionase. Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que eso no era suficiente.

Tardamos muchísimo en comprender que hay personas que nacieron para quererse, pero no para terminar juntas. Así que, mientras descubríamos que nosotros no estábamos hechos para estar juntos, nos forzábamos. Luchábamos contra ello. Por momentos nos rendíamos, nos separábamos. Y luego volvíamos. Una y otra vez. Si no podíamos estar juntos, nos boicoteábamos mutuamente. No queríamos que el otro estuviera con nadie. Estábamos tan cegados por lo que nos queríamos, que no éramos conscientes del daño que nos hacíamos. No nos fijábamos en los pequeños detalles, ni siquiera en los grandes. Solo veíamos lo que nos gustaba y nos hacía felices, incluso aunque muchas veces nos lo inventáramos. No importaba que los dos estuviésemos renunciando a nuestros sueños para estar juntos. Nos daba igual ceder y seguir cediendo eternamente, si con ello podíamos seguir el uno al lado del otro.
Aguantamos hasta que la vida se nos puso fea y nos hizo más difícil seguir obviando lo evidente. Y por fin entendimos que no estábamos bien. Que nos iría mejor por separado.

Aprendimos que hay otro tipo de amor: El nuestro. Uno que es único y especial. No somos almas gemelas, no somos familia y no somos amigos. Nosotros solo… somos nosotros. No nacimos para estar juntos, pero tampoco separados del todo.
No sabemos ser solo amigos, pero siempre estamos ahí para el otro. Incluso cuando los dos creemos que hemos vuelto a enamorarnos de otras personas, ambos nos hemos dejado nuestros respectivos huequitos en nuestros corazones. No para volver a ocuparlos, sino porque nunca nos hemos abandonado del todo. Porque puede que pasemos años sin vernos, meses sin dedicarnos un pensamiento, pero jamás dejaremos de querernos.
Tony
Envíanos tu historia a [email protected]