¿Quién no ama un San Jacobo calentito y crujiente y con queso derretido? Es muy tentador  y te saca de un apuro, pero la comida rápida tiene una doble cara. Además, todo lo que te hace en aceite caliente, puede salpicar y quemar.

Si lo extrapolamos a la gente, ‘las personas San Jacobo’ son aquellas que enseguida quieren ser tus amiguis, amores o incluso cónyuge de la noche a la mañana. Para ellos el tiempo es oro y para qué darle vueltas a las cosas, yo hago como que eres lo más importante de mi vida y tiro para adelante.

Está claro que los ritmos pausados a veces cansan y acaban con nuestra paciencia, pero adelantar el orden natural de cualquier proceso tampoco es productivo. En cierta manera, es un engaño tanto para el que come como para el cocinero. No estás ante un plato de estrella Michellin ni ante un cocinero que ha elaborado cada preparación, solo ha pasado por la sartén algo rapidito que a la larga no te va a sentar bien.

Está claro que los flechazos y las conexiones existen, pero cuando solo ves inasistencia por quedar, por hablar y por proclamar la felicidad de estar a tu lado, debería saltarte una alarma.

La experiencia me dice que llega un punto que la realidad aparece a luz y ves que es una construcción de viejos traumas, como una nueva oportunidad de montar bien el puzle al que le faltaba una pieza.

Por eso, ten cuidado con esos san Jacobo de la vida, porque muchas veces parecen que están al punto y luego siguen congelados por dentro.

Mi consejo, a fuego lento se cocina todo mejor y como bien dice la Rosalía, ‘solo le pido a la vida estar mona, reírme con mis amigas de siempre y comerme un buen guiso’. Esconde la sartén un rarito y apuesta por un chup chup a fuego pausado sin dejar de remover.