Provengo de una familia de reputados médicos. Tengo doctores, de diferentes especialidades, hasta en la sopa. Las cenas de navidad son casi un congreso. 

Soy la única hija de dos médicos. Mi madre es médico de familia y mi padre es cardiólogo. He mamado la sanidad desde que tengo uso de razón, en mi casa es un tema recurrente de conversación y el 90% de los libros que hay son de medicina.

No sé cuántos millones de veces me han podido preguntar si pensaba seguir los pasos de mis padres, como dándolo por hecho. Y si os soy sincera, casi que era una obligación seguir con la estirpe médica. Dentro del poco margen, porque sí o sí me iba a dedicar a la sanidad, quise estudiar algo con una vertiente más orientada al trato directo y al cuidado del paciente, por lo que estudié el grado en enfermería, con la intención de sacarme la plaza en el hospital donde trabaja mi padre.

Siempre he sido una buena estudiante, por lo que comencé sacando súper buenas notas, sobre todo en las asignaturas de empollar, pero en cuanto empecé a cursar asignaturas prácticas empezaron los problemas. Me sentía muy insegura en el trato con los pacientes y me pasaba otra cosa aún peor, y es que sufría muchísimo con sus dolencias y empatizaba demasiado con su sufrimiento. Pensé que era normal, que necesitaba adaptarme. Lo comenté con mis padres y ambos coincidieron en que no es lo mismo imaginarlo que verse allí con personas de carne y hueso, pero que es un miedo que se supera y que uno se termina acostumbrando a todo. Que lo bonito de ayudar a las personas supera la parte triste de verlos enfermos.

Con mis más y mis menos, y mi falta de convencimiento, acabé la carrera. Hice el EIR para poderme especializar y después me saqué la plaza. Todos esos años con el pensamiento de que, cuando ya mi trabajo como enfermera fuese una realidad, me adaptaría como se adaptan todos los sanitarios y como llevan mis padres 30 años haciendo.

Pero no. Tengo un trabajo en un hospital que no me siento capaz de ejercer. Cada vez que entro por las puertas me nubla la tristeza, no sé lidiar con el sufrimiento de las personas, me llevo todo ese peso a mi casa a diario.

Admiro infinito al personal sanitario, desde dentro aún más. No sé cómo pueden estar en un quirófano viendo a un niño en una operación a vida o muerte y volver a su casa tan normales. Cómo superan ver a una madre destrozada por el fallecimiento de un hijo y hacer su vida después. Yo no soy capaz de dejar atrás esas tristezas y me las llevo todas a mi casa. Cuando vuelvo casi nunca tengo hambre, me cuesta dormir. No consigo olvidar, por ejemplo, las palabras de una chica que se me murió en los brazos de leucemia con 28 años. Mi trabajo me hace cuestionar a diario la vida, la muerte, a Dios. Tengo una crisis importante de fe y no me siento capaz de seguir adelante como si no pasara nada.

Por otra parte, siento que soy la decepción de mi familia. Me sabe fatal no estar a su altura. Mi padre insiste en que necesito más periodo de adaptación, pero yo ya me he dado cuenta de que no quiero dedicarme a eso, que no es lo mío. Que quiero ayudar a las personas, pero de otra manera. Que tengo mucha vocación de servicio, pero soy demasiado sensible como para ser sanitaria. Y no quiero decir con esto que los sanitarios no tengan sensibilidad porque quizás ejerzan la profesión más bonita y humana que existe, pero yo no poseo las herramientas para sobrellevar ese peso en mi corazón. Yo, por algún motivo que desconozco, no me siento capaz, sin más.

Estoy intentando buscar la salida a esta situación, pero de momento no la encuentro y estoy muy angustiada, porque me debato entre dejar un buen trabajo fijo y defraudar a mi familia o por el contrario dedicarme a algo que no me hace feliz y me entristece. 

 

Anónimo

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