Tenía 16 años y era la chica con más suerte de todo el instituto. Javier, el chico más guapo que había pisado la faz de la tierra, me había pedido salir. Estaba en 1º de Bachillerato y todo era maravilloso: tenía un novio, mis amigas eran geniales, sacaba buenas notas y, en un año, tras acabar 2º de Bachillerato pensaba empezar a estudiar medicina para, en algún momento, dedicarme a la pediatría, a los niños, lo que más me gusta en el mundo.
Tenía la típica relación adolescente con sus altos y sus bajos: mis primeras veces en todo y, cómo no, en todo un cuento de hadas. La idealización formaba parte de mi modus vivendi y si discutíamos Javi y yo era porque la reconciliación era maravillosa, si se iba con sus amigos y no me llamaba en un día entero era porque quería hacerse el duro y a mí, a mi imbécil yo adolescente, le encantaban “los machotes”… Mis amigas me decían que no era trigo limpio y yo sabía que era por envidia, las muy zorras, lo querían para ellas. Entré en un bucle de odio, celos y envidias y me convertí en una de esas protagonistas de las telenovelas que odian a todos y a las que nadie quiere.
Javi me dijo que me iba a dejar, que éramos muy jóvenes y que quería vivir la vida. Y yo no la quería vivir si no era con él. Así que me propuse engatusarle con lo único que sabía que funcionaría: el sexo. Y lo hice a lo loco, sin pensar. Si me quedaba embarazada formaríamos una familia, sería el padre de mi hijo y viviríamos felices para siempre.
Y sí, me quedé embarazada en ese proceso de idas y venidas en las que Javi ya no estaba conmigo, pero venía a mí cuando quería un polvo seguro.
La noticia del embarazo la esperaba como agua de mayo y se la di súper feliz. Y él, sin pensárselo dos veces, me dijo que abortara, que no estábamos preparados, no quería ser padre y, menos aún, conmigo. A mí me sonó más a un “me estoy haciendo el duro” que a lo que, en realidad, era.
No dije nada en mi casa hasta pasados los cinco meses de embarazo: no quería dejar la opción del aborto abierta. Lo oculté todo porque soy delgada y, parte de esos meses, cuadraron en verano: era normal que estuviera cansada y podía dormir. Apenas me salió tripilla, y, en ningún momento, mis padres sospecharon.
Javier se presentó en mi casa un par de veces más. Insistía en que abortara y yo insistía en no hacerlo. Me dijo que estaba loca y se fue. “No pienso ser el padre del hijo de una loca como tú. Eres una puta”. Y yo estuve sin parar de llorar una semana, pero convencida de que, cuando el bebé naciera, seríamos una familia.
A los cinco meses dije en casa que estaba embarazada. Que no me había dado cuenta con el disgusto de la ruptura. Fui por primera vez al obstetra con mi madre y nos dijo que estaba ya de 25 semanas, que era un niño y que todo estaba bien. No había opción de abortar.
En mi casa cayó como un jarro de agua fría: todos menos yo eran conscientes de lo que se me venía encima.
Empecé segundo de bachillerato embarazada de 7 meses. Era la comidilla del instituto: mis amigas ya no estaban por la labor de aguantar mis telenovelas, Javi decía que el bebé podía ser de cualquiera y mis padres estaban tan decepcionados que no sabían cómo tomarse que si hija estuviera embarazada.
A finales de noviembre tuve que dejar de ir al instituto y Javier, mi hijo, nació a finales de diciembre. Escribí a Javier para decirle que había nacido su hijo y que era igual que él, que lo es. Pero nunca recibí respuesta.
Esos meses me di cuenta de lo duro que es ser madre. Nadie te prepara para no dormir, ni para dar el pecho ni para renunciar a todo, y, mucho menos, cuando tienes 17 años. Mi vida se convirtió en un infierno: estaba sola, con un bebé, mis padres me veían como un fracaso y me había quedado sin amigas. Sólo tenía un niño que iba a ser una tabla de salvación y, en realidad, estaba dando forma al naufragio.
Mis padres me dijeron que me iban a ayudar con el niño todo lo que hiciera falta, pero que yo tenía que hacer algo con mi vida: o trabajar o estudiar. No me veía con fuerzas de volver al instituto, así que opté por buscar trabajo como cajera y empecé a trabajar en Mercadona.
Ganaba un sueldo digno y tenía unos horarios razonables. Pero los años iban pasando, mi hijo creciendo y mi vida no parecía tener otra salida. ¿Cómo me iba a poner a estudiar con más de 20 años y un niño?
Javier, mi hijo, tenía 5 años una de las veces que nos cruzamos con su padre. Me miró y le miró. Eran iguales. Esa misma noche me escribió un mensaje y me dijo que era una zorra, que cómo le podía haber hecho eso sin quererlo… Pero, en ningún momento, me pidió conocerlo.
Mi niño ahora tiene 10 años. Es un sol al que he ido apagando yo. Es un niño triste, sin casi amigos, solitario… La culpa es mía: era la madre adolescente en las reuniones del cole y nunca quise llevarle al parque para no sentir yo esa vergüenza, no le llevaba a los cumpleaños y nunca celebré uno para no sentirme fuera de lugar. No actuaba por él, lo hacía por mí, y eso no lo ha pagado nadie más que mi hijo.
Los años han ido poniendo un poco de serenidad en mi vida y han ido ordenando las cartas. No creo que sea tarde para mejorar la situación, pero sí para arreglarla. Ahora tengo 27 años y un trabajo estable, un hijo maravilloso y me doy cuenta de que la irresponsabilidad de mis 17 años no la tengo que arrastrar el resto de mi vida.
Perdón porque no supe hacerlo mejor. Y, ahora, es cuando voy a empezar a hacerlo bien: con mi hijo, con mis padres y conmigo. ¿Cómo? Lo primero saldando mis cuentas del pasado: acabando 2º de Bachillerato, yendo a terapia con mi hijo y hablando con mis padres.
Deseadme suerte…
Anónimo
