Una amiga nos comentó en uno de nuestros encuentros que había adoptado a un gatito callejero que había aparecido debajo de su coche. Quien insistió en acogerlo fue su hijo, de 7 años, conmovido por la fragilidad de aquel bebé felino y temeroso por su suerte. Ella no quería, “que un animal es una pensión y en mi casa no quiero animales”. Pero parece que el gatito ya había elegido al niño como dueño y, en los días siguientes, siguió merodeando la casa y haciéndole ojitos. Hasta que lo adoptaron.
De cuando en cuando, le preguntábamos por él. Ella siempre se quejaba y amenazaba con dárselo a alguien: que si maúlla, que si echa pelos, que si araña el sofá… Creíamos que iba a ser una de estas historias de flechazo tardío y amor peludo cocinado a fuego lento, pero no.
Meses después de la adopción, cuando alguien le preguntó, dijo que al gato le había entrado el celo, que se andaba meando por los tiestos, que no podía con la peste y con el asco y que ella no podía estar así en su propia casa. Así que llevó al animal a una finca de alguien del pueblo, donde hay decenas de gatos más, porque el dueño dice que le viene bien tenerlos por los ratones. Los tiene allí, sin atención veterinaria mínima, con un régimen alimenticio dudoso y un control poblacional que casi prefiero no conocer al detalle. Vamos, lo que hizo mi amiga fue un abandono en toda regla.
Para colmo, se llevó a su hijo a presenciar la escena, minimizando su congoja todo el camino. El niño se había encariñado con el animal, lógicamente, y no quería dejarlo allí. La madre pensó que sería mejor para él ver que estaría en un campo amplio, con bastante espacio para jugar y con otros gatos que serían como sus hermanos, pero no coló. El niño lloró tanto como si lo hubieran atropellado o dejado en medio del campo.

“Eres más mala que la quina”
Tengo una sensibilidad especial hacia los gatitos y aquello me tocó la fibra, así que reconozco que no medí bien mis palabras. Le dije a mi amiga lo que pensaba, y es que me había parecido una crueldad.
Nadie la obligó a recoger al gatito y, sin embargo, lo tuvo meses y meses en casa por no mantenerse firme ante la insistencia de su hijo. Lo mete en su casa, le da refugio y le pone de comer a diario. Permite que su hijo pequeño cree un vínculo afectivo con el animal, al que considera su amigo. Luego los separa y deja al gatito en una colonia sin control que bien podría ser un entorno salvaje para el que no está preparado. Y, además, lleva a su hijo a que presencie aquello, le transmite que está bien deshacerse de miembros de la familia cuando estorban y minimiza su tristeza. ¿¿¿¿DE QUÉ ESTÁS HECHA???? ¿¿¿¿DE SERRÍN???? ¡El Hombre de Hojalata tenía más sensibilidad que tú!
Discutimos un rato sobre las cosas que podría haber hecho y no hizo, desde educar al animal a castrarlo o, sencillamente, llamar a alguien para que se ocupara antes de meterlo en su casa. En el grupo había disparidad de opiniones: las que fuimos calificadas como “de la PACMA” y el resto, “las normales”.
A mi amiga le dije justamente eso, que era una insensible, y que creía que le acababa de dar a su hijo una lección pésima. Y ella me dijo que la estaba haciendo sentir mal, que lo había hecho lo mejor que había podido y que, si se había equivocado, tampoco era yo nadie para martirizarla.
¿Quién es la de la piel fina?
A mí se me revuelven las tripas pensando en el destino del pobre animal y en la educación del niño, pero porque, al parecer, tengo la piel muy fina. Quienes no soportan una crítica u opinión contraria al exponer algo, ¿tienen la piel de un elefante, acaso?
Hace poco se quejaba sobre esto una personalidad de las redes sociales. Decía que hay gente que cuenta sus cosas solo para que el resto asienta y calle, y que prefiere quedarse en casa con su marido y sus hijos antes de ir por ahí con el temor a no dar su opinión para no herir sensibilidades.
Amiga, en mi opinión, actuaste mal. Y, si me lo cuentas, te voy a decir lo que pienso. Acepto que pase exactamente lo mismo al revés, cuando yo te cuente algo a ti. Si no te gusta, a la próxima se lo cuentas a otra. O te compras un San Pancracio de madera y le haces tu confesión diaria, que él no te va a juzgar.
Sí reconozco que fui poco asertiva y beligerante. Una no siempre puede escoger en qué momentos es agresiva, ni renuncia a serlo en las ocasiones que lo merecen. Y esta lo merecía.