Pues en cuanto me salga la primera cana en el coño, yo me retiro. Así tal cual, entre dos vermús de confesiones, mi partner in crime. Ojo aquí, que las confesiones del Vermú las carga el diablo. Avisadas estáis.
Pero vamos a ver este tema tabú, y cómo es, que cuando se abre la caja de pandora, al día siguiente te encuentras tú tu cana. Es como una maldición. Aquí no consuela ni que sea normal, ni el ciclo de la vida ni Cristo que lo fundó, porque, además, parece casi más mechón. Aunque no lo sea. No hay nada que puedas hacer, excepto asumirlo y/o darles una nueva utilidad a las pinzas de depilar, que ya no serán solo para las cejas y algún que otro pelo inoportuno, facial, en las extremidades o incluso en los pezones, ¡qué coño!
También debes saber que existe un alto porcentaje de posibilidades, de que, si conoces al mito del hombre de tu vida, ella, esa cana, vaya a estar ahí para recibirle. Con serpentinas, purpurina y todo lo que sea necesario para hacerse notar. Y quién dice hombre de tu vida, digo cualquier ser que te interese a ti que esté entre tus piernas.
Tendremos entonces que añadirlo a una lista de ocupaciones, que no hace más que aumentar con el paso de los años. Podrás aceptar lo que venga y dejarlo estar, podrás hacer lo que esté en tu mano para evitarlo, pero hagas lo que hagas, pasará, y no podrás hacer absolutamente nada.
Cada cierto ciclo, viene la regla, acompañada de granos, dolores, molestias, y de todo aquella que cada una gestionada como buenamente puede. Cuentas los días, 1, 2, 3, 4… ¿Pero ya han pasado 20 y tantos días? ¿Pero ya es otoño? Y mañana Navidad. Madre mía, cómo pasa el tiempo

Vaya si pasa, me lo vas a decir a mí, que ahora no solo cuento los días que faltan para mi siguiente regla. También tengo que calcular cuándo lavarme el pelo para que coincida con el día de oficina o con el encuentro con mariasantísima. Resultados visibles en dos semanas, ¿cuántos días han pasado ya? Calculo que, si me depilo hoy, para Navidad tendría que volver a hacerlo, así que casi mejor; me espero, además, hace frío. Cuento en el calendario cuántos días quedan para el próximo festivo, calculo a ojo cuánto me durarán las compresas o tampones, para incluirlos en la siguiente lista de la compra o no y voy a ver un momentito para cuántos días me da el papel higiénico que me queda.
Cuando me encuentro LA CANA calculo como si fuesen algoritmos la cantidad de veces que habré escuchado todos los mitos habidos y por haber al respecto, sobre todo el de: “Niña, las canas si se arrancan, salen siete.” O diez, o veinte, o mil. Depende de la zona geográfica de quién te lo diga. A veces da igual que la ciencia haya demostrado que lo que tantas veces habremos escuchado de abuelas, tías, y demás miembras del matriarcado, no siempre es cierto. Pero a veces, cuando la razón abandona, va a misa. Y entonces ahora ¿qué hago, me retiro? Pero si los treinta y tantos son los nuevos 20, cómo va a ser este tema posible. Si he vuelto a Tinder y todo, ¡qué me estás contando!
Con manos temblorosas acerco las pinzas poco a poco, doy un tirón, pero la cabrona resiste. Y entonces, despatarrada, recuerdo algo más: A canas honradas, no hay puertas cerradas.
Pues mira, nunca mejor dicho. Que cada uno interprete la palabra puertas como quiera, pero LA CANA se queda. Vamos que si se queda. ¿Qué pasa? Mira chica, como diría Santa Paquita Salas, si la vida te da limones, ponte un Larios o un loquetengas.