NO SOY MARY POPPINS

A mí me disculparéis, pero soy una madre bastante desastrosa en cuanto a organización. Es verdad que cuando mis hijos eran pequeñitos sí llevaba una bolsa con los pañales, la ropa de recambio por si hacía falta, las toallitas húmedas y todas esas cosas que se preparan cuando vas a salir, que parece que te vayas a hacer la travesía del desierto. Como yo porteaba e iba sin carrito, cargaba una mochila que parecía un caracol, con la casa encima. Por suerte, el bebé en cuestión hacía contrapeso y no me quedaba tirada panza arriba cual cucaracha.

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A medida que mis hijos iban creciendo, el peso de la mochila fue disminuyendo y cada vez cargaba menos cosas: menos pañales, menos ropa de recambio, menos toallitas, menos pañuelos de papel. Y así me fui convirtiendo en “la madre menos previsora del mundo mundial”.

Yo veía a las otras mamás del parque o de la escuela que siempre llevaban algo sorprendente dentro del bolso:
—¿Que el niño tiene hambre? Un túper de almendritas y un melocotón.
—¿Que a la niña el moco le llega al suelo? Sacaban los pañuelitos de papel con olor a fragancia de bosque y, en un plis plas, la nena con la cara limpita.
—¿Que la criatura se mojaba con el agua de la fuente? Una camisetica seca salía del bolso mágico.

¿Y yo? Yo era un desastre. ¡La merienda no les faltaba nunca, nunca! Eso tengo que decirlo. Pero pañuelos, toallitas, camiseticas secas, limpiazapatos, sacamocos, un paraguas plegable, la pelota o hasta un gato para cambiar la rueda del coche… nunca. Con suerte, y solo con suerte, quizá llevaba una botella de agua. Pero con mucha suerte.

Así que era la madre del “perdona…”:

—Perdona, ¿tienes un pañuelito?
—Perdona, ¿tienes una toallita?
—Perdona, ¿me dejas un plumero para que le saque un poco el polvo al niño? Que ahora vamos a ver a la abuela y, claro, va hecho una piltrafa.

Así que siempre que veía a la mamá que sacaba el túper de ciruelas pensaba: “¡Coño, tía, pero qué mala madre eres! Que ni te acuerdas de que igual a tus hijos les apetece un dátil. El próximo día me llevo unos cuantos”. Pero ese día no llegaba nunca.

A todo eso hay que sumarle que mis pequeños asalvajados, en cuanto llegaban al parque, se quitaban los zapatos (en verano; en invierno no, que no son idiotas. Pequeños sí, idiotas no) y corrían como seres selváticos, medio desnudos de rodillas para abajo, haciendo de niños, claro: trepando, saltando, gritando y hasta algunas veces pegándose unas collejas los unos a los otros. Aquí sí que tenía que medio intervenir, no vaya a ser que me deje a la peque atontolada.

Las otras mamás del parque huían de mí, porque en cuanto entrábamos y los pequeños Cachorros Rubios (así les llamaba) se quitaban los zapatos y empezaban a trepar farolas (literal, no es metafórico, es literal), sus hijos soltaban el túper de yogur con muesli, se intentaban quitar las sandalias y seguirles el ritmo. Así que nos convertíamos en los “raros del parque”. Que oye, a mí ya me iba bien, porque no me hacía falta hablar con nadie, que tengo un mundo interior muy rico.

—¡Mamá, tengo sed!
—Pues bebe de la fuente.
—¡Me he mojado!
—Ya se secará, hijo. No sufras, que es agua, no gasolina. No vas a prender como una antorcha humana…

Y así acepté que no, que no soy Mary Poppins con un bolso mágico donde encontrar mil cosas útiles. Acepté también que mi cerebro no alcanza a pensar en todo lo que sea posiblemente útil para cualquier momento; que soy despistadilla, vaya.

Ahora mis amigas han sido madres hace entre seis y ocho años; mis hijos son universitarios. Sí, lo sé: fui madre muy joven y ellas han sido madres tardías. Y yo las veo cargadas con una mochila llena de cantimploras, zumos, túperes de palitos de pan, de frutos secos, toallitas, pañuelos, colores para pintar y pequeñas libretas para que se distraigan, y pienso: “Jo, nunca he sido capaz de organizarme así”.

Pero bueno, que tampoco me han salido tan mal los Cachorros Rubios.

Parvaty