Tengo una compañera de trabajo con la que me llevo muy bien, que ha estado pasando una mala racha emocional con su matrimonio y vida familiar. Como pasamos muchas horas juntas en el curro, pues acabas cogiendo confianza y te cuentas tu día a día y tus quebraderos de cabeza.

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Ella es una chica muy tímida y yo soy muy extrovertida, pero congeniamos desde el primer día y hemos tomado más de un café contándonos nuestras vidas. Se casó joven, con su primer novio, muy enamorada. Tuvieron una primera hija y con el tiempo llegó el segundo, un niño. Ella me comentaba que esta vez le estaba costando más volver a la rutina diaria, a llevar la casa, a cuidar de los niños, a la intimidad con su marido.

Como yo soy más echada para adelante, me pedía que le contase mi experiencia, cómo me había ido a mí después de parir y me pedía opinión. Por lo visto, su marido se le quejaba últimamente de que estaba más por los niños que por él y que, además, todo era demasiado clásico y poco emocionante en sus relaciones sexuales. Le pedía que fuese más imaginativa, pero ella me confesaba que ni le gustaba excesivamente probar cosas raras ni tenía muchas ganas en verdad. Yo le aconsejaba que hablase con sinceridad con su marido de cómo se sentía, pero al parecer el tipo es un machirulo que no atendía a demasiadas razones.

Bueno, pues un lunes mi compañera vino a trabajar con unas ojeras impresionantes y haciendo verdaderos esfuerzos por no llorar. Ese fin de semana había tenido una charla muy seria con su marido y él le había pedido tiempo y espacio para reflexionar porque, según él, se encontraba perdido y no sabía muy bien cómo encarar su vida en los próximos años. Total, que ella, a petición de él, había cogido a los niños y se había instalado en el piso de sus padres. Y así su marido podía estar tranquilo en la casa.

Por suerte, mi compañera no me pidió opinión, ni yo se la di. Solo tenía que escucharla y consolarla, y eso es lo que hice. Iban manteniendo el contacto más o menos para que él viese a los niños. Pero era solo cuando él lo pedía porque ella no quería agobiarlo y estaba dispuesta a darle ese espacio y tiempo que le había pedido.

En fin, que el otro día mi compi se empezó a agobiar porque llevaba tiempo sin que él diese señales de vida y no le contestaba ningún mensaje. Tan preocupada estaba que, cuando se armó de valor, lo llamó y él no contestó; decidió ir a la casa a ver qué le había podido pasar. Primero picó al timbre y como nadie contestó, pero sí vio el coche en la puerta de la casa, cogió las llaves y entró. Lo encontró en medio del pasillo. Le dijo que no había contestado porque estaba en la ducha, pero lo vio agobiado.

Preguntó si estaba bien y le dijo que se había preocupado por él porque hacía días que no hablaban. Cada vez lo veía más raro, como nervioso, pero como vio que él estaba físicamente bien le dijo que cogería un par de juguetes de sus hijos y se iba. Él le dijo que ya se los llevaría y así vería a los niños, pero a mi compañera le pareció una tontería estar ya allí y no cogerlos ella.

Así que llegó hasta la habitación del niño. Y nada más entrar, vio un bulto detrás de la cuna… ¡Oh, sorpresa! ¡Había una mujer escondida detrás de la puñetera cuna de su hijo! ¡Ni eso habían respetado! Sí, el tiempo y el espacio de su querido marido tenía nombre y apellidos y llevaba muy poca ropa.