Para que te fíes de los hombres. De hecho, cuando desde el momento en que se la están pegando a tu mujer con otra, eso ya demuestra de lo que son capaces.  

Trabajábamos juntos. En un primer momento no me fijé en él. Físicamente no era el tipo de hombre que me gusta de buenas a primeras, pero a medida que nos íbamos conociendo, algo surgió. Quizás la mirada penetrante, el descaro, la sensibilidad… Fue en una época en que estaba yo sin pareja, descontrolada y desmelenada, abierta a conocer mundo (masculino) a explorar nuevos caminos polvorientos.

Una noche de cena de empresa acabó como se supone que acaban todos estos saraos, un putiferio. Quien quiso pilló cacho y yo no fui menos.

Acabamos en mi casa liados y fue un disfrute. Me sorprendió lo bien que nos entendimos en la cama y lo satisfecha que me quedé. 

Aunque yo no esperaba más de ese encuentro fortuito, me sorprendió que, al llegar al día siguiente a la oficina, él me estaba esperando disimuladamente en el quicio de la puerta para darme un piquito y decirme como el que da los buenos días, un “te quiero” que a mi me chirrió más que otra cosa, pero me hizo gracia y di por hecho que aquel flirteo no había acabado ahí.

Le seguí el juego y continuamos viéndonos. A veces en mi casa que siempre estaba vacía. En la oficina buscábamos rincones donde aprovechábamos para besarnos. En el archivo, el almacén, por los pasillos, … era un juego adictivo. Tanto que acabamos colándonos el uno por el otro. Y la infidelidad se “consolidó” Llegó ese punto en que necesitábamos más el uno del otro de lo que nos podíamos permitir. Pero nos conformábamos con la satisfacción de que aunque fuera un imposible, habíamos encontrado nuestra media naranja.

Me hacía sentir tan especial que me lo creí. 

Hasta que empezó a desentenderse de mí. Yo primero no lo vi venir, pero luego empecé a ver cosas raras, como que estando conmigo necesitaba esconderse para enviar mensajes por el móvil.  Quedábamos, pero acababa no viniendo con cualquier excusa. No querer volverse conmigo en mi coche después de salir de copeo con los del curro evitando así quedarnos solos a las tantas de la madrugada. Creo que empezó a jugar con otra compañera del trabajo y se debieron liar en cualquier momento. Seguro que enseguida le dijo que la quería y la otra se deshizo. Imagino también que empezó una relación a tres difícil de mantener, al menos sin que ninguna de las tres nos enteráramos.

El colofón fue una noche que nos organizamos para escaparnos. Parecía que nos esperaba un plan perfecto. Hacía días que ansiaba que llegara ese momento. Solos toda una noche, primero una cena romántica y luego la noche de hotel. Además coincidía con su cumpleaños, lo cual supuso mérito extra encontrar una excusa para no pasarlo en casa. ¿Qué podía fallar?

Pues todo, falló todo. Porque si con todos estos ingredientes, lo que te encuentras es un gatillazo es que ya deberías darle puerta. En ese momento no lo entendí, me decepcionó pensar que no hubiera por su parte ganas ni antes ni después de la cena, ni siquiera al día siguiente al despertarnos después de haber dormido toda la noche juntos. Ni una brizna de intención. Nada de nada. 

Y después de esa excursión a la dimensión desconocida (era la primera vez que yo vivía algo parecido) todo se vino a menos. 

Le llamé una tarde que estando sola en casa necesitaba verlo y su respuesta fue “no voy a ir, ni ahora ni nunca más”. Y así sentenció lo nuestro.

Me harté de llorar. Odié a mi otra compañera de trabajo con todas mis fuerzas. No a su mujer a la que consideraba otra víctima como yo. Me puse en su lugar, pobre mujer lo que debería estar tragando con él tantos años. Pero en nuestras manos está tolerar o no que se rían de una en la cara. Yo con este ya tuve bastante.

 

envía tus movidas a [email protected]