La frase más eeeencantadoooooora que había oído jamás, y la soltó como si fuera un chiste graciosísimo, además de un hecho incontestable. Pero como era el novio de mi amiga y no el mío, pues pensé que no debía meterme donde no me llamaban. Si ella era feliz, yo no iba a ser la típica cizañera que se dedicase a chinchar. La clave resultó ser esa: que ella no era feliz, pero todos, incluida ella misma, tardamos en darnos cuenta.
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Estábamos en el primer año de universidad y mi amiga, a la que llamaremos Paz, era una chica todavía más tímida que yo, y creo que por eso congeniamos. Nunca había tenido novio y cuando aquél energúmeno a quien le pondremos Fer le hizo cara, ella se sintió la chica más feliz de la Tierra. De inmediato empezamos a invitarle a nuestras quedadas, era el único discordante en el grupo de “Los Carglass”, así nos llamábamos porque los cuatro íbamos con lunas (todos llevábamos gafas), salvo él. Y Fer era, digamos… algo sediento de protagonismo. Vamos, un cuñado de manual que siempre tenía que tener razón en todo, decir la última palabra y le importaba un cuerno cortarte a media frase o meterse en tu conversación con otra persona, él siempre tenía algo que decir, cosas muy importantes y eras tú quien debías callarte. Cierta vez, en un pub donde cenábamos, uno de nosotros habló de su familia, que su madre se había casado en segundas nupcias y que tenía un hermanillo de sólo seis años mientras él ya tenía veinte, y que si le iba a buscar al colegio le tomaban por padre adolescente.
Todos nos reímos, pero Fer dijo que menudo calzonazos sería su padrastro, que ya había que tener ganas para liarse con una mujer con hijos y “criar leche ajena”. Claro está, nuestro amigo se amoscó, que qué era eso de llamarle “leche ajena”, y que por qué no se metía la lengua en el culo. Casi llegaron a las manos y si antes Fer no me caía muy allá, a partir de ahí empezó a atravesárseme. Pero Paz parecía muy feliz, y así pasó algún tiempo.
El año siguiente dijo que dejaba la carrera. Se había ido a vivir meses atrás con Fer, se casaron por el juzgado, y ahora dejaba los estudios porque, bueno, él tenía razón, pasaba muchas horas fuera de casa y él ya la mantenía con el negocio de su padre y los dos pisos que tenía. Si a fin de cuentas nunca iba a ejercer, ¿qué falta hacía que siguiera estudiando y gastando pasta? Era perder el tiempo. Ahí ya empecé a preguntarle si de verdad estaba bien porque a ella le gustaba mucho Historia del Arte, pero me aseguró que sí. Y a escondidas hablé con Miguel, otro de los Carglass que, en su día, yo sabía que había estado interesado en ella. Y cuando volvió con noticias, no eran buenas.
Paz había dejado de ser Paz. Como suena. La chica tímida se había convertido en un fantasma que apenas salía de casa y si lo hacía tenía que ser con Fer. Si se enfadaba con ella (algo que, al parecer, ocurría bastante), podía llegar a encerrarla en casa, él se iba y no le decía cuándo iba a volver, no le cogía el móvil y no le hablaba durante todo el día. Si a ella se le ocurría saludar a alguien que él no conociese, se enfadaba. Si no le hacía la comida igual que su madre, se enfadaba. Si hablaba por teléfono con alguien, se enfadaba, al punto que le había quitado también el teléfono. Le pedí a Miguel que la animase a quedar con nosotros, que saliese de esa dinámica, pero ella no se atrevía. Fer la había anulado de tal modo que estaba convencida de que le sería imposible vivir sin él, que no sería capaz de ganarse la vida, ni de trabajar en nada, ni mucho menos la iba a querer nadie salvo él. Que debía estarle agradecida por haberla recogido.
Ya que ella no se atrevía a salir, Miguel y yo misma la seguimos visitando. No siempre podíamos entrar, si la había encerrado no nos podía abrir. Cuando podíamos, siempre teníamos mucho cuidado de ir en las horas en las que Fer estaba en la tienda y nos reuníamos en la cocina del chalecito, para que ella pudiese vigilar por la ventana y ver si aparecía el coche, a fin de que nosotros pudiéramos salir por detrás. Le decíamos que no podía seguir así, que aquello era maltrato, daba igual que no la pegase, encerrarla era maltrato. Paz asentía y lloraba. Costó mucho sacarle otra reacción, aunque en eso, el mérito fue de las veces que fue Miguel a verla solo. Y las visitas de Miguel tuvieron el efecto que imaginamos todos. Paz se quedó en estado y aunque en un principio no sabía con seguridad de quién era, ella rogaba porque no fuese de Miguel, para no meterle en líos, para no comprometerle. Durante el embarazo, Fer no la trató mejor. Le decía que siempre estaba cansada, que era una vaga, que se estaba poniendo gordísima. Finalmente, gracias a mucho trabajo de zapa, ella dio el paso y dijo que se divorciaba. Fer no se lo tomó bien, pero cuando una vez más la encerró en casa, ella llamó a la policía, denunció la situación y la sacaron de allí.
Denuncia de maltrato mediante, Paz trató de que viese al niño lo menos posible y la verdad es que todos temíamos que pidiese custodia compartida para seguir controlándola, pero no lo hizo. Al parecer estaba harto de “esa vaga que comía a su costa” y pagó pensión más elevada para hacerse cargo lo menos posible del niño. Paz no lo lamentó. Miguel tampoco. Poco tiempo después vivían juntos y el niño mostró enseguida unos rasgos que no eran de Fer.
Hoy día, el niño es mayor de edad, ha crecido con la pensión del ex marido de su madre y gracias al acuerdo del abogado, uno de los pisos de Fer es ya legalmente suyo. Y durante todos estos años, ese imbécil ha estado haciendo lo que más odiaba, “criar leche ajena”.
Delice.