Nunca ha tenido yo problemas con tener un tono de piel ultraclaro. Me pasé toda la adolescencia y la veintena viendo cómo mis amigas acercaban su brazo al mío para confirmar el nivel de su bronceado, y cómo mis burdos intentos por pillar tono acababan en rojeces y pellejos los días posteriores. Estar bronceada es tendencia y una aspiración de belleza desde hace décadas, pero en mi entorno llega a ser una obsesión a la que yo no sucumbí.
Todo cambió el día que descubrí el autobronceador. Pero no uno cualquiera, sino uno que funcionaba, de esos que se untan con una manopla y te llena los poros de mierda, literalmente. Eran los días previos a una boda de verano a la que yo quería llevar colorcito, aunque en la primera sesión me puse como Ross Geller en el capítulo de los Mississippis. Tras la limpieza de rigor, aquello se homogeneizó y me quedó un tonito la mar de mono.
Aquel día asocié todos los piropos que recibí, que fueron unos cuantos, a mi maravilloso bronceado “natural”. Supe que no sería la última vez que utilizaría el producto, pero no vi venir que se convertiría en mi perdición.
La cara como el cartón
La siguiente vez que me lo puse fue en fiestas de mi ciudad. Una no renuncia a estar deslumbrante esos días, así que me armé con manopla y bote y me di la primera sesión tres días antes del comienzo de las fiestas. Me levanté naranja y a parches al día siguiente, estilo Trump, pero la rebaja y homogeneización de color que volví a conseguir con una limpieza corta me volvió a dar esperanzas.
Aquel bronceador no era apto para la cara, pero el hecho de que hubiera funcionado ya en dos ocasiones me emborrachó de poder. Lo tenía todo bajo control, así que llegué a un punto de no retorno y comencé a abusar. Me había vuelto adicta. Un día antes del comienzo de las fiestas, me volví a poner.
El punto álgido de mi decadencia lo viví una madrugada durante aquellas fiestas. Eran las 4 de la mañana y llegué a casa con poca coordinación, pero vencí la tentación de tirarme en la cama tal cual y me desmaquillé. Los discos de algodón con el agua micelar nunca terminaban de salir limpios, así que, después de gastar 20 discos, me percaté de algo: “¡Mierda! ¡Que lo que me estoy quitando es el bronceador!”. De repente, me miré al espejo y me vi como ya no quería ser: blanca.

Aquella noche no me venció la pereza de quitarme el maquillaje, pero sí me venció la presión estética. Decidí que me faltaba autobronceador y que sería poco práctico ponérmelo al día siguiente, justo antes de reiniciar el proceso de maquillaje, peinado y vestuario para volver a salir. Así que lo mejor sería darme un repasito justo en aquel momento, a las 4 de la mañana y bajo los efectos del alcohol. De nuevo, cogí la manopla y me dispuse a untarme un poco de aquella loción milagrosa que no era apta para la cara, pero que a mí me había ido bien. ¡Sin miedo! La escasa luz del baño y la visión borrosa no debían ser impedimento alguno. Todo estaría bien al día siguiente, con el lavado de rigor con agua y jabón para homogeneizar.
Al despertar tenía lagunas mentales y, cuando me levanté para ir al baño, yo ya no me acordaba de que había tenido un nuevo idilio con el autobronceador antes de irme a dormir. Cuando mi pareja me vio, se asustó:
—Dios mío, ¿pero qué te has hecho?
Con una breve descripción no voy a lograr trasladar lo grotesco que era aquello. Mi cara estaba manchada como si trabajara en las calderas del Titanic, pero los parches de ese color ya antinatural no eran lo peor. Lo peor es que la piel estaba tiesa como si me la hubiera puesto en salazón, con pequeñas arruguitas resecas alrededor de los ojos. Era como si me hubiera llevado tres días con sus noches metida en una sauna.
Aquella situación ya me costó salvarla. Me había sentido inmune a cualquier cagada hasta el momento, pero el desastre era evidente. Me lavé la cara, me puse 500 capas de crema hidratante y me volví a maquillar para salir. Hubo que emplear mucha prebase para intentar que no se notara, pero no se notó.

La breve adicción que padecí no terminó ahí. A pesar de que me pasé todo el día contándole a quien quisiera escucharme lo que me estaba pasando, y escuchando advertencias de todo tipo, al día siguiente mezclé un poco de autobronceador con crema hidratante para hacer la prebase de maquillaje. Me prometí a mí misma que, de verdad, aquella sería la última vez.
Viendo a las muchachas en la Feria de Sevilla, me doy cuenta de que no soy la única prima que ha sucumbido a la fiebre del autobronceador. No es consuelo. Lo mejor será tirar el bote y no descartar las sesiones grupales de adictas anónimas.