Mi hijo era atleta. Destacó desde pequeñito, todos los profesores y entrenadores nos lo decían, a él le encantaba y nosotros le animamos mucho a seguir. 

Correr siempre fue su prioridad, organizaba todo alrededor de sus entrenos, comía muy sano y quería dedicarse a ello profesionalmente. Tenía fotos suyas de pequeño corriendo en competiciones por la habitación y nos decía que algún día ese niño iba a vivir de correr. 

No es que fuera famoso ni nada así, pero sí que era algo conocido, daba consejos por Instagram para otros corredores y participaba en todas las carreras que podía. A los 24 años consiguió varios patrocinadores y por fin pudo dedicarse a lo que le apasionaba, hasta que un año después, enfermó. 

Lo que parecía una bronquitis, terminó siendo una neumonía y, cuando esta pasó, él se quejaba de que le costaba respirar y no se le pasaba la tos. Los médicos decían que era normal, que podía tener tos residual un tiempo, pero que las infecciones en los pulmones son complicadas y tarda un poco en volver a la normalidad. Así que no le dimos mucha importancia, pero él sí. 

Correr era su vida y de repente ya no podía. Estuvo bastante deprimido y le intentamos ayudar y apoyar en todo lo que necesitó. Él insistía en que no era normal, creía que tenía algo más, porque no podía respirar bien, estaba muy cansado e incluso tenía dolor en el pecho. Cuando empezó a perder peso nos alarmamos y le llevamos al médico de nuevo. 

Esta vez, después de unas pruebas y unas placas de tórax, nos dieron la mala noticia. Mi hijo tenía neumonía crónica.  

No nos supieron explicar muy bien si la tenía cuando pensaron que era bronquitis o si había acabado derivando de la propia infección, no se podía saber exactamente qué la había provocado, porque se desconocían sus causas. Tampoco había cura. 

La noticia fue un mazazo, nos explicaron que lo único que hacía el tratamiento era mejorar los síntomas y retrasar el avance de la enfermedad, pero que, con los medicamentos, terapia de oxígeno y rehabilitación, podría llevar una vida normal. Una vida que no incluía correr profesionalmente. Nos aclaró que podía llevar una vida saludable, pero forzar los pulmones no. 

Nunca había visto llorar tanto a mi hijo. Nosotros lloramos con él y le intentamos hacer ver que poder llevar una vida normal era una buena noticia, que había personas con situaciones peores y que juntos podríamos afrontar esto. Pero a él no le sirvió. 

Se encerró en casa y se aisló, no quería ver ni saber de nadie. Nosotros le visitábamos y nos asegurábamos de que tomaba la medicación, pero ya no veía a mi hijo, sino a una sombra de él.

 

Fuimos con él a terapia, intentamos que se sintiera más animado y estábamos muy pendientes de los resultados de las revisiones para ver como avanzaba. Él estaba enfadado, perdió mucho peso, a penas quería comer y no aceptaba ningún consejo o ayuda que tuviera que ver con que no volviese a correr. Fue muy duro y yo empecé a tener miedo de que cualquier día hiciese una tontería. 

Fue una época horrible y cuando la recuerdo aun se me retuerce el estómago. Me sentí un fracaso de madre, culpable por si algo de mi genética le había acabado causando eso, rota de dolor por ver a mi hijo marchitarse sin poder hacer nada. Por suerte, con los meses empezó a mejorar. 

En los resultados, la enfermedad estaba controlada, pero él estaba muy animado y empezó a salir a caminar por las mañanas. Algunas veces nos dejaba acompañarle, él iba a paso ligero, sin hablar, insistía en que iba a poder volver a correr.

A nosotros nos daba un miedo tremendo. El médico había dicho que era mejor no forzar, pero empezar a correr otra vez, era lo que le estaba dando a mi hijo ganas de salir de la cama. 

Sus paseos se convirtieron en pequeñas salidas a correr. Nosotros nos negamos y nos enfadamos con él, pero no nos hacía caso. 

Esas pequeñas salidas pasaron a ser salidas por la montaña, circuitos largos por la ciudad y después, se apuntó a una maratón. 

Toda la familia fuimos a verle y animarle, pese a no estar de acuerdo en que se forzase tanto. Salió con muchas fuerzas y ganas, pero cuando llevaba unos 24 kilómetros, le empezó a faltar el aire y tuvo una crisis respiratoria. 

Se lo llevaron al hospital y hubo que ponerle oxígeno. Nos dio un susto muy grande a todos. Él estaba muy frustrada porque decía que iba bien, que de no ser por el ataque que le dio, hubiera terminado. 

Después de nuestros reproches, nos prometió que se iba a tomar todo con más calma. Siguió con el tratamiento, la rehabilitación y sus salidas cortas corriendo. Todo estaba muy tranquilo hasta que unos meses después, nos anunció en una cena que iba a hacer otra maratón. 

Esa noche discutimos mucho y no hubo manera de hacerle entrar en razón, estaba tan enfadada que casi no voy a la carrera. Menos mal que finalmente fui. 

Le vimos a la salida y cinco horas y media después, estábamos de pie en la meta esperando su llegada. 

Cuando le vimos asomarse por la recta final, no pude evitar llorar. Él iba lento pero constante, se le veía muy cansado y contento. Nos saludó con la mano y todos empezamos a gritar y animarle como si fuera la final del mundial. Allí había otras personas que le conocían del mundillo y se unieron a nosotros. Para cuando mi hijo llegó a unos metros de la meta, tenía a muchísima gente gritando su nombre, aplaudiendo y animándole, pero no fue nada en comparación a lo que estalló cuando la cruzó. 

Yo creo que nos oyeron des del pueblo de al lado. Todo el mundo gritó, aplaudió y corrió a rodearle. Mi marido y yo no parábamos de abrazarle y llorar dándole la enhorabuena, hasta que un grupito de personas le levantaron y empezaron a lanzarlo en el aire. 

La imagen de mi hijo celebrando la carrera mientras se emocionaba y sus compañeros coreando su nombre, me llenó el corazón de alegría y el pecho de orgullo. 

Sentí mucho no haberle apoyado, haber dudado y haberle metido miedo, mi necesidad de protegerle y mis miedos habían pasado por encima. Pero ese día, mi hijo nos dio una lección a todos.

 

Anónimo

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de una lectora