Jamás imaginé la noche que salí con mis amigas y terminamos juntándonos con un grupito de chicos que, de entre todos aquellos chavales, se escondiera el tío con el peor olor a pies que he tenido la desgracia de conocer. Y es que, aunque debería ser obligatorio, nadie va por ahí con un cartel en la frente que diga «cuidado, tachines apestosos», así que aquella noche, después de pegarnos unos cuantos bailes de alto voltaje, Mr. Roquefort y yo nos fuimos juntos.

En teoría, sólo íbamos a charlar un rato fuera, fumando un cigarro, y después me dejaría en la boca de metro para volver a mi casa, pero al final la única boca que conoció el chaval aquella noche fue la mía. El hecho de que ninguno de los dos tenía casa propia por aquel entonces, sumado a que estábamos más calientes que un san jacobo, nos llevó a dar rienda suelta a nuestras bajas pasiones en su coche, aparcado no muy lejos del local. Era como si, de repente, nos hubiera entrado la prisa.

Fue uno de esos polvos rápidos, el típico aquí te pillo, aquí te mato, de esos que no puedes esperar un minuto más para sentir a la otra persona: pantalón abajo, vestido remangado y chimpún. Nada de desnudarse ni descalzarse. El caso es que fue breve pero bastante satisfactorio, así que intercambiamos los números de teléfono para vernos otro día, porque aquí la que escribe se quedó con ganas de comprobar cómo se las gastaba mi amigo en las carreras de larga distancia.

Pasados unos días, volvimos a quedar para tomar algo y, como era de esperar, acabamos metidos en su coche. Después de magrearnos como dos babuinos en celo, me dijo que tenía ganas de algo más, que necesitaba acostarse conmigo como Dios manda, en una cama, con luz, sin golpearme la cabeza con el techo, sin hacerse rozaduras en las rodillas, en un espacio más grande y más cómodo. Y entonces me dio la sorpresa: tenía reserva en un hotel para aquella misma noche, si a mí me parecía bien. ¿A mí? ¡Si sólo me faltaba dar palmas con las orejas!

Y allí que nos plantamos los dos en aquella habitación, más salidos que las gatas en marzo, sin perder el tiempo, que ya no estábamos para tonterías. Por primera vez, pude apreciar lo increíblemente bueno que estaba este tío; a medida que íbamos perdiendo la ropa yo iba perdiendo la cabeza. ¡Madre del amor hermoso, cómo cambian las cosas con un poquito de luz y una superficie horizontal en condiciones! En medio de aquella vorágine de ropas por el suelo y manos por todas partes, me llegó un olor que no puedo describir.

Era como si hubiera un muerto en descomposición debajo de la cama. Intenté no pensar en ello, concentrarme en lo que me traía entre manos, pero me fue imposible. ¿Qué peste era esa? ¿De dónde venía ese hedor? Y entonces me di cuenta de que ese tufo nauseabundo provenía de los pinreles de mi colega y se me cortó todo el rollo. Él siguió a lo suyo como si nada, como si sus pies no fueran un arma de destrucción masiva, como si sus fosas nasales no estuviesen en aquella habitación.

Yo sólo podía pensar: “me estoy tirando a una Torta del Casar”. Aquello no eran dos pies, eran dos cabrales. Llegó un momento en el que no pude más y abrí la ventana, temiendo asfixiarme yo y asfixiar a todos los huéspedes del hotel. Con todo, mis intentos por camuflar aquella peste fueron en vano. Entonces, hice lo único que se me ocurrió: fingir que me mareaba y me encontraba muy mal, cosa que no era del todo mentira.

Él, preocupado por mi estado de salud, se ofreció a llevarme a casa y yo acepté, mostrando una pena que no sentía en absoluto. Cuando por fin se puso las zapatillas y salimos de la habitación, tuve que contenerme para no dar gracias a Dios en voz alta. Después de aquello, me escribió unas cuantas veces para quedar, pero me dio mucho palo decirle la verdad: que a mí el queso me gusta en la cocina, no en la cama.