Una persona cercana a mí se cansó de su matrimonio. Siempre han tenido sus más y sus menos, pero, desde que nació su hija, los problemas se intensificaron. Él vivía muy encerrado en sí mismo y en sus propias aficiones, sin ambiciones destacables, sin deseos de socializar. Su plan estrella eran las motos o jugar a videojuegos de motos, así que a ella se le desinfló el amor y la admiración. Terminó aborreciéndolo.

Nuestro canal de mamis y niños, vente

Ha querido separarse muchas veces, pero la definitiva parecía esta última en la que ella estaba experimentando unos niveles de ansiedad preocupantes. Como primera propuesta, ella le pidió que se marchara de casa, que se quedaría con la custodia y acordarían regímenes tanto de visitas como económico que fueran justos para los dos, con vistas a quedarse con la vivienda familiar (para la que ella ha aportado mucho más). Él se negó. A un amigo común le dijo: “No me voy porque no me sale de los cojones”. No estaba dispuesto a negociar nada, ni justo ni injusto, porque su único objetivo era que nada cambiara. Ni siquiera él mismo.

En el caso de otra pareja cercana, ella un día le puso las maletas en la puerta. O se iba o se iba, innegociable. De custodia compartida ni hablar, solo un régimen de visitas basado en la siguiente máxima: verás al niño cuando yo diga y como yo diga.

Pero, con el paso de los días, ella se apiadó y comenzó a permitirle quedarse de viernes a domingo a dormir en el sofá. No porque reconsiderara su actitud dictatorial, sino porque le daba pena de su hijo, que preguntaba por el papá todas las noches. Y, como es más fácil llamar al padre desterrado que explicarle al niño la situación, ahí siguen, en una coparentalidad que no hace feliz a nadie.

Demasiado sacrificio

Los divorcios de nuestros padres eran otro rollo. La custodia siempre se la quedaba la madre y, en el mejor de los casos, terminaban sin poder mirarse a la cara el uno al otro. Desde que se separaban, había que escoger siempre entre papá o mamá, punto. Si no llegaban a separarse nunca, seguían juntos y todo el mundo los seguía viendo como matrimonio. Incluso seguían teniendo vida social en común, aunque de puertas para adentro no se miraran ni a la hora de comer.

Lo de ahora es ni picha adentro ni picha afuera, como se suele decir, una cosa intermedia que no entienden ni los mismos involucrados. No nos separamos, pero tampoco estamos juntos, solo convivimos. Cada uno hace su vida, solo compartimos la tarea de criar y cuatro paredes. Parecería la situación ideal si habláramos de robots y no de humanos que sienten emociones como el desprecio absoluto hacia la otra persona.

Ahora, en muchos casos, padres y madres pueden coincidir en el espacio-tiempo para cuestiones relacionadas con el niño. Creo que es un avance. Sin embargo, casos como los que relato ilustran los problemas que esto tiene cuando no se gestiona bien. En los dos ejemplos hay algo común: la supuesta felicidad del niño se antepone a todo, incluso a la costa de la salud mental de los padres. Que la maternidad/paternidad implica sacrificio se sabe, pero ignorar las necesidades propias hasta la autoanulación personal es innecesario y peligroso.

Familias emotivamente afuncionales

La vida es eso que pasa mientras esperas a que los hijos sean lo bastante mayores como para soportar el divorcio. En esta misma comunidad se han compartido testimonios de mujeres arrepentidas por haber antepuesto su felicidad a la crianza porque, además, después tienen que soportar algo más: la culpa de haber trasladado a sus hijos un mal ejemplo de lo que debe ser una relación de pareja.

Lo de la coparentalidad es un movimiento moderno que tiene ventajas, siempre que se entienda y se aplique bien: negociando términos cuanto haga falta y poniendo límites, sin rencores, pero sin sacrificar la felicidad propia. Pero quizás estamos idealizando la fórmula y aspirando a ella a toda costa al ver los halagos que se llevan exparejas como Irina Shayk y Bradley Cooper. «Familas reestructuradas», lo llaman.

Por obvio que parezca, conviene recordarlo: no es ningún fracaso que prefieras comerte tu propia mierda antes que coincidir más de lo estrictamente necesario con tu ex, por mucho que sea el padre o la madre de tu hijo.