Tardé dos años en darme cuenta de esta realidad. Mi novio y yo nos conocimos en la universidad. Fue un ‘instalove’ de novela juvenil, ya que me enamoró desde su sonrisa a sus chistes malos. Al principio, me tuve que conformar con la ‘friendzone’. Él no parecía estar interesado en mí; en cambio, sí que me brindó su amistad y, en aquel momento, me pareció buena idea amarle en silencio. Una ardua tarea: él me compartía sus conquistas, mientras yo sufría por cada amante que pasaba por su vida.
En algún momento, cuando ya había tirado la toalla, él pareció fijarse en mí. Estábamos estudiando juntos. Levanté la vista al sentirme observada por su penetrante mirada. No habló, solo me besó. Y yo me dejé. Llevaba deseando aquel beso desde hacía meses. Me lo dio en su casa o en la que yo creía que era su casa. Más tarde, muy más tarde, descubrí que la estaba okupando.

El beso en la casa okupada
Obnubilada, me sentí la protagonista de uno de los libros que tanto leo. No me fijé en los pequeños detalles que, quizá, me hubiesen revelado su situación ‘okupacional’. En ningún momento dudé de la legalidad de su contrato de alquiler. Él está solo en mi ciudad, es extranjero y su familia está muy lejos. Estudia y trabaja, es un hombre muy educado y luchador, no imaginé jamás que estaba invadiendo la propiedad de otra persona.
El tema de la ocupación es muy sensible en mi familia. Mis padres se separaron y yo me fui a vivir con mi padre cuando mi madre se fui a vivir con otra pareja. El piso familiar quedó vacío, a la espera de una reforma y de que yo cumpliera la edad suficiente como para emanciparme y costarme la independencia. En este impasse, a mi madre le han ocupado la casa y, a día de hoy, más de cinco años después, seguimos sin poder recuperarla.

No es el único caso que conocemos. A un tío le okuparon su apartamento de verano en la costa y tenemos vecinos, amigos y familiares a los que también les han invadido su propiedad de manera destructiva e ilegal. Cuando me enteré de que mi novio era okupa, me sentí traicionada y decepcionada.
Los carteles del portal
Me enteré por un tercero. Una tarde, de las tantas que pasaba en su piso, me encontré a una persona colocando carteles en el portal: “Me han okupado. Mañana puedes ser tú”, se podía leer en mayúsculas. Justo debajo del título, toda la historia. Una historia de la que no tampoco esperaba ser protagonista: pasé de protagonizar mi propia novela romántica a un drama. Aquella persona me contó que el chico del 4ºB le había engañado. Con una apariencia seria y profesional, formuló un contrato de alquiler que nunca cumplió. Jamás cumplió con la mensualidad. Además, esa persona que resultó ser el propietario, me contó que la ley le obligaba a pagarle los suministros. Por lo que, mi novio, el estudioso y trabajador, era un inqui-okupa. Un okupa con derechos.

No tardé enfrentarle. Cogí uno de esos carteles y subí al 4ºB. Le pedí explicaciones, ya que no comprendía cómo podía vivir con el cargo de consciencia. Su respuesta fue contundente: “En España tenéis muchas propiedades, a quién le importa que yo me quede una”, dijo con sorna. Risa incluida. Dejé de verlo atractivo. Me enfadé, me enfadé muchísimo. Sobre todo porque siempre había soñado con irme a vivir con él y, hasta que no recuperara el piso okupado de mi madre, habíamos barajado la posibilidad de que yo le acompañara en su actual vivienda. Faltó poco. Casi me convierto yo misma en okupa sin saberlo.
Terminé dejándole. También apoyé la denuncia del propietario y… le dejé una copia de las llaves para que recuperara su piso.
No he sabido más de él.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.