Cuando nació mi hijo, esperaba sentir una ola de amor arrolladora, sentirme plena y feliz. Pensaba que ser madre sería lo más maravilloso del mundo. Ya me avisaron de que sería duro, pero jamás pensé que me encontraría sumida en una tristeza absoluta, que todo me superaría, que me sentiría sola muchas veces y la peor madre del mundo.
Cada llanto de mi hijo me perforaba los oídos y el alma, cada noche sin dormir me llevaba más cerca del borde del abismo. Sentía que me estaba ahogando en mi propia vida, y la persona que había sido antes del parto parecía un recuerdo lejano, alguien que ya no conocía.
Era consciente de que había caído en una depresión postparto, pero no sabía cómo salir de ella. Mi pareja también estaba luchando por sobrevivir, se estaba adaptando a su nueva paternidad y no tenía tiempo de estar pendiente de mí, cada segundo del día se lo dedicábamos al bebé.

En medio de esa tormenta, mi mente empezó a vagar hacia el pasado, hacia una época en la que, aunque mi vida no era perfecta, al menos sentía ser yo. Empecé a recordar los viajes con amigas, las salidas nocturnos, los conciertos, las fiestas y todas esas cosas que ya no volverían. En el silencio de la noche con mi bebé en brazos, llorábamos, mi hijo no sé por qué, supongo que por hambre, por sueño o porque me odiaba y quería destruirme. Y yo añoraba la vida que tenía antes de ser mamá.
Me sentía tan mal conmigo misma… mi pequeño era un bebé muy deseado. Pero a veces me gustaría volver atrás y no haber sido madre.
Entre toda esta vorágine de sentimientos, volvió a mis pensamientos mi ex. Aquel con quien mantuve una relación no demasiado sana. Lo quise con locura y creo que él a mí también, pero a su forma. Nos separamos porque nos hacíamos daño, porque no éramos buenos el uno para el otro.
Empecé a pensar en qué hubiera pasado si siguiéramos juntos. Probablemente ahora no sería madre porque si una cosa tenía clara él era que no quería tener hijos. Y yo habría hecho por él cualquier cosa, hasta renunciar a mi deseo de ser mamá. Pero ahora mismo, sumida en la miseria que estaba, no me parecía tan mal la opción de no haber tenido hijos.

El caso es que una noche, de estas de insomnio con un bebé que sólo quiere dormir en tus brazos, lo busqué por Facebook y le mandé un mensaje privado. Hacía años que borré su número de teléfono, podría hasta haber cambiado de número, la única manera que tenía de contactar con él era a través de redes sociales.
Le mandé un mensaje desesperado: “Aún pienso en ti. Pienso en qué sería de mi vida si aún estuviéramos juntos. Seguramente seríamos felices, más feliz de lo que soy ahora mismo. ¿Y tú? ¿Piensas en mí alguna vez?”
Al segundo de haberle dado a enviar, me arrepentí. Tenía un marido que me amaba, que era bueno, cariñoso, que ahora mismo no estaba centrado en mí, como era lógico, pero que pronto volveríamos a estar bien. Y se me había ocurrido escribir a la persona que más daño me había hecho en la vida…
Pensé que igual no veía aquel mensaje, o que no me contestaría. Pero me contestó. Al día siguiente tenía un mensaje suyo preguntándome que cómo estaba. El siempre tan arrogante, no se iba a rebajar a decirme que también me echaba de menos, pero era obvio que él también pensaba en mí porque me contestó.
Durante semanas intercambiamos mensajes a través de Facebook. Le hablé sobre mi vida, sobre mi hijo, sobre mi marido, pero omitiendo la parte de la depresión que me había llevado a contactarlo. Él me contó que se había mudado, ahora vivía en el extranjero porque le había surgido una oportunidad laboral y la había aprovechado. Y también me contó que no tenía pareja…

No pude evitar sentir una punzada de nostalgia, un anhelo por la persona que había sido cuando estaba con él, a pesar de todo el dolor que me había causado. Era como si esa conexión con mi pasado, por dañina que fuera, me devolviera mi vida, me transformara en la persona que fui antes de ser madre y que tanto añoraba.
La cosa se puso seria cuando él me propuso vernos. En unas semanas vendría a España para ver a su familia y quería quedar conmigo. Pero por el tono de los mensajes que llevábamos días intercambiando, nuestra quedada no iba a ser para tomar un simple café.
Entonces fue cuando reaccioné. ¿Qué estaba haciendo? Estaba poniendo en riesgo todo por una sombra del pasado. ¿Qué pretendía? ¿Mentir a mi marido y volver a acostarme con mi ex? ¿Merecía la pena joder mi matrimonio por una noche de pasión? Definitivamente no.
Se lo dije a él y no le sentó nada bien. Se enfadó mucho, me dijo cosas muy feas y me bloqueó. Fue como volver a los momentos malos del pasado, esas discusiones con él donde desaparecía durante días. Un choque de realidad. Me había vuelto a ilusionar por una persona que no se merecía estar en mi vida.
Se lo conté todo a mi marido. Comprendió que estaba pasando una mala racha y había hecho una tontería. Me perdonó y me ayudó muchísimo. Empezó a estar más pendiente de mí, a quedarse algunas tardes con el bebé para que yo me fuera a yoga, a tomar un café con una amiga o a pasear. Me dejó tiempo para mí, para que me sanara y volviera a ser yo.
Entonces lo entendí. Mi ex seguía siendo la misma persona que era, pero yo había cambiado. Ahora era mamá y tenía la suerte de haber formado una familia junto a un hombre maravilloso que me amaba y me respetaba.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.