Cuando Ana conoció a Arturo él era conocido por no aguantar más de un par de semanas con cada chica con la que salía. Ella no buscaba una relación formal, así que le daba igual la fama que tuviera o las expectativas a largo plazo. Él estaba feliz de encontrar a una chica con la que ser él mismo y no tener que forzar un “te quiero” o algún romanticismo que jamás se la salía de forma natural.
Fue una sorpresa para ambos el enamorarse. Pero es que, al pasar las semanas y los meses no podían dejar de reconocer que querían estar juntos. Se llevaban muy bien, salían juntos con los amigos de ambos, pasaban largas noches de pelis en casa de ella… Y así pasó un año completo de relación maravillosa. Habían sido tan sinceros desde el principio que todo era natural, sin forzar. Lo que les apetecía hacer a ambos, lo hacían. Lo que no quería alguno de los dos, quedaba descartado. Así fueron mucho más auténticas y emotivas todas las primeras veces. La primera vez que durmieron abrazados, la primera vez que pasearon de la mano, la primera cena romántica…

Pasado poco más de un año, decidieron vivir juntos y todo fue sobre ruedas. Hablaban mucho, organizaban las tareas de forma igualitaria, no había discusiones por ese tipo de cosas.
Una noche, Ana se despertó y le llamó la atención que Arturo no estuviese en la cama. En el baño que tenían dentro de la habitación tampoco estaba y, al salir al pasillo, escuchó susurros que venían del aseo. Le pareció escuchar un pequeño gemido y se quedó paralizada unos segundos. Entonces oyó el grifo del lavabo, la cisterna y, acto seguido, Arturo salió del baño. Parecía saber que ella estaba allí. Le preguntó qué hacía, si la había despertado, ya que precisamente había usado el otro baño para no perturbar su sueño. Ella le dijo que no sabía qué la había despertado, pero que le había parecido oír voces. Él le dijo que había estado viendo reels de Instagram mientras estaba en el baño. A ella le pareció que ocultaba algo, creyó que posiblemente se hubiese escondido para ver porno o alguna cosa por el estilo, así que no le dio más importancia y se volvió a la cama a dormir.
Unos meses más tarde, él se quedó en paro. El taller en el que trabajaba cambió de dueños y el nuevo lo cogía para trabajar solo. Prometió que si necesitaba a alguien sería a él al primero que llamase, pero sabía que lo había dicho por decir, así que se puso a buscar trabajo como loco. Al precio que estaban los alquileres, la gasolina, con la letra del coche todavía pendiente, no tardaron en aparecer problemillas económicos. Ella se quedaba sin ahorros y él intentaba ahorrar en todo lo que podía. Se dio de baja del gimnasio, redujo a cero las noches de copas…

Ana tuvo una idea genial. Como era autónoma, su tarifa de teléfono era más barata y, además, podía desgravarla, así que cambiaría el contrato de él a su nombre y empezarían a pagar pronto mucho menos de teléfono sin perder servicios.
Eran muchas las noches que Arturo se despertaba de madrugada y se levantaba sigiloso al baño de fuera de la habitación. Y, cuanto más sigiloso se levantaba, más curiosidad le entraba a Ana por descubrir qué escondía. Una noche escuchó su voz. Claramente estaba hablando con alguien, así que al volver a la cama le preguntó entre bostezos con quien hablaba. Él le dijo que con nadie, pero luego vio que no podía mentir así, de manera que le contó que un amigo había salido esa noche y se había peleado con su novia…
Pero entonces, llegó la factura de teléfono. Una cifra totalmente desorbitada, una cantidad que le hacía entender porqué el paro no le llagaba nunca a nada, una cantidad de pasta que jamás Ana hubiese pensado que se podría gastar en teléfono. Ella, asustada, llamó rápidamente a su compañía de teléfono. Allí le explicaron que la cifra era correcta y que el aumento venía a raíz de unas llamadas a números de tarificación especial efectuadas desde su nueva línea. Entonces ella, sin mirar la factura, llamó a Arturo y le preguntó qué había pasado. Él, al teléfono, parecía tranquilo y le explicó que había tenido que llamar a viejos proveedores del taller para avisarlos de que no siguiesen llevando algún material que él pedía siempre. A Ana le sonó a mentira, obviamente, pero parecía tan natural que no lo puso en duda.
Esa misma noche, Arturo se levantó a las 2:00 de la madrugada y, sigilosamente, salió hacia el baño con el teléfono en la mano. Ana lo siguió siendo más silenciosa todavía. Escuchó el sonido de un tono de llamada, dos tonos y… Una voz de mujer. Ella se quedó con la boca abierta unos segundos. ¿A quien llamaba a aquellas horas? Pero entonces lo entendió todo. Mientras escuchaba a su novio decir obscenidades al teléfono claramente mientras se masturbaba, consultó la factura online del teléfono. Cada dos noches, una llamada de madrugada a lo que antiguamente era un 906. Algunas llamadas de dos minutos, alguna de más de media hora. Si que le salían caras las pajas…

Al salir del baño, Arturo se encontró con Ana de brazos cruzados y, al ver en sus ojos la decepción y el desprecio, solamente supo echarse a llorar.
Le confesó que estaba enganchado desde hacía años, que era incapaz de dejarlo porque una de aquellas chicas se había vuelto su amiga y, además de saber cómo excitarlo, le daba buenos consejos. Le dijo que gracias a ella se había atrevido a dar el paso de la convivencia, pero que era incapaz de dejar de charlar con ella.
Ana le explicó que, si fueran amigos, le daría su teléfono y hablarían por WhatsApp, que si solamente quería conservar la amistad no empezarían la conversación hablando de tetas y penes y que, con la proximidad que eso tenía con la prostitución, la cosificación de la figura de la mujer como objeto de deseo y nada más, no podía seguir con él más tiempo.
Esa misma mañana se fue del piso a casa de una amiga. Le dio unos días para buscar a dónde irse y rompió su relación de forma definitiva. Y es que, además de todo, le parecía aún más increíble estar ambos sin un duro por la situación laboral de él y tener que pagar más de teléfono que de alquiler.
Luna Purple.
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