Por aquí os contaba como la adultez significaba tener que elegir todos los días qué hacer de comer. Y es que, ¡quién me ha visto y quién me ve! Donde antes, en mi pequeña cabecita tenia letras de canciones que me molaban, o los últimos cotilleos de quién se había liado con quién, en las fiestas del barrio, ahora todo el espacio libre lo ocupa pensar hace cuanto no comemos pescado, o en si las fresas de la nevera me aguantarán hasta la merienda del jueves.

Con el paso de los años, las cosas que nos hacen felices también van cambiando.

Cuando tenía 15 años, la felicidad era enterarme de que los Backstreet Boys venían de gira a España y, además, pasaban por mi ciudad. Ahí estaba yo en la puerta del cajero a primerísima hora preparada para sacar mi entrada (cuando ni siquiera se sacaban por internet, sí, soy de esa época).

Ahora, recién estrenada la cuarentena, lo que mas felicidad me da en mi día a día es que la lavadora para tender conste de 2 toallas y 3 juegos de sábanas, en vez de 374 prendas de ropa diminuta.

En serio, ¿cómo cojones algo tan pequeño puede necesitar semejante cantidad de ropa? Entre calcetines diminutos, bodies, pantalones enanos, y vestidos que parecen de la Nancy con la que yo jugaba de pequeña, tengo la casa invadida. Los peques prácticamente no se movían (tuve suerte y mis enanos hasta los 4-5 meses dormían 22 horas al día), pero prácticamente se manchaban hasta respirando. Si los mirabas fijamente, podías ver las manchas aparecer por generación espontánea. Pues lavadora diaria de cosas diminutas.

Si encima eres como yo, y te complicas usando pañales reutilizables para los mellis, pues no sé qué echa más humo: la lavadora, el teléfono de tanto mirar el tiempo a ver si hace sol, o mi cabeza de pensar poner lavadora/tender lavadora/ destender lavadora/ guardar lavadora. Menos mal que formo parte de la generación que decidió dejar de planchar, si no, no me daría la vida para contaros esto.

Así que sí querida gente. Ya me la pela que los Backstreet boys vengan a la ciudad, o si Fulanito me ha hecho tres llamadas perdidas la noche anterior. Lo que me hace ahora inmensamente feliz es ir a tender la lavadora, y darme cuenta de que solo contiene toallas y sabanas. Y si todo esto pasa en un día sin lluvia en el que puedo tender en la calle, la felicidad ya casi roza el orgasmo. Es una sensación que solo se compara a la que sentí cuando reformamos el baño y volví a poner un bidet en mi vida. ¡Ahh! ¡This is the life!

Andrea M.