Treinta no se cumplen todos los días. Yo en realidad no pensaba celebrarlo como lo hice, pero en mi pandilla, que es a cada cual más fiester@, me convencieron para hacer una fiesta en mi casa. Y allá que fui yo, que solo hace falta tocarme las palmas para sucumbir a cualquier plan de diversión.

La idea estaba bien… lo malo fue pensar que mi casa era un buen sitio, sin tener en cuenta el ruido y los vecinos.

Como era un aniversario redondo, ya puestos, quise hacer algo chulo… y se me fue un poco la mano con los invitados. Les pedí a cada uno que me dijera dos canciones para una lista de reproducción donde todos estuvieran representados. Algunos eligieron temazos, otros canciones de coña. Imaginad: lo mismo sonaba Manzanita que AC/DC.

También ideé que todo el mundo viniera disfrazado, daba igual de qué, y prometí un concurso con pase de modelos (que no nos dio tiempo a hacer). Monté un photocall y todos se hicieron fotos divertidas.

La fiesta fue un fiestón. Si ya me había pasado con los invitados, empezaron a llegar más y más amigos de amigos, y aquello se convirtió en un desmadre.

Justo cuando sonaba Un ramito de violetas, llamaron a la puerta. Yo, medio pedo, fui a abrir pensando que serían más invitados… pero no: era mi vecino de abajo, que había llamado a la policía. Detrás, dos agentes jóvenes. Tampoco era tan tarde, y era sábado, pero entiendo que el ruido sería insoportable para quien quisiera dormir.

Dos amigas mías, en pleno subidón, pensaron que los policías eran amigos disfrazados y empezaron a bailarles y a lanzarles besos. Yo no sabía dónde meterme. Los agentes, muy serios, me pidieron el contrato de alquiler y el DNI. Entraron conmigo al piso, y claro, todos pensaban que formaban parte de la broma.

Intenté convencerlos de que era una fiesta tranquila, sin malos rollos, y les prometí bajar la música. Pero me pidieron, a petición del vecino, que desalojara la fiesta.

Así parecía que acababa mi 30 cumpleaños: despidiendo a todos antes de lo que me gustaría, con la casa patas arriba y los polis en la puerta. Pero, sorpresa: cuando quedaban dos o tres amigos, los agentes se pusieron a recoger conmigo. Les ofrecí tomar algo y me dijeron que justo salían del turno, que se iban a cambiar y volvían.

Pensé que era broma… pero no. Al rato regresaron de calle y echamos unas risas y una timba de cartas hasta las tantas. De allí, a un after. Y a día de hoy, son dos amigos más de nuestra pandilla.

Con el tiempo nos confesaron que les había hecho mucha gracia el estilo de la fiesta, el buen rollo y, sobre todo, que sonara música como Un ramito de violetas.

Así que sí: una fiesta se sabe cómo empieza, pero nunca puedes imaginar cómo puede acabar.