Qué ilusión cuando mi amiga Helena me dijo que se casaba y que a ver si podía hacerle yo las fotos. No soy fotógrafa pero manejo la cámara del móvil como nadie. “Sólo tú puedes captar el momento; eres natural y tienes ojo”. ¡Cómo no iba a aceptar el reto! Soy la reina del postureo instagrammer y no me importa nada admitirlo, porque aunque a veces se me critica por ello (sobre todo mis padres y otra gente envidiosa), luego ¿a quién se le piden las fotos, las rutinas de maquillaje y skin-care, los trípodes y el aro de luz? A mí. Así que me tomé la misión con muchísima ilusión y decidida a hacerles el álbum de boda más estupendo.
Me lo curré un montón. Me puse en contacto con su wedding planner y fui, sin que lo supiera Helena, a ver el sitio donde iba a ser la boda para coger ideas de sitios y rincones donde sacar las fotos. El lugar era brutal. Un jardín gigante con riachuelo, puente de madera, arbustos y flores silvestres y todo decorado muy romántico. Sin duda sería la boda perfecta.
Pero, desgraciadamente, llegó el gran día y todo fue un cúmulo de despropósitos. El primer problema surgió cuando intenté sacar una foto de los abuelos de Helena, un grupo de ancianos con cara de pocos amigos, a los que yo apenas conocía. Al enfocarles, me miraron fatal, y no se me ocurrió otra cosa que decirles algo así como “alegrad esa cara, que en vez de una boda parece esto un funeral”, a lo que una de ellas, una tía abuela, me contestó “el funeral fue la semana pasada, cariño, por eso tenemos esta cara” y tuve que hacer como que no le había oído, dar media vuelta y pirarme. Decidí que necesitaba una copa y me fui a la barra libre, como todo el mundo sabe, lo mejor de una boda. Me pedí un cubata, luego otro y luego otro, y para cuando me di cuenta, ahí estaba, la copa en una mano y la cámara en otra, sacando fotos a todo el mundo creyéndome paparazzi o algo así. Me dio por hacer fotos artísticas que seguramente no lo serían en absoluto, pero yo ya estaba muy arriba. Lo siguiente fue que al cruzarme con una pareja de invitados que estaban discutiendo a tope, me puse a sacarles fotos mientras les decía que siguieran a lo suyo, que yo estaba por la labor de documentar una boda de verdad y no una farsa, y la tía me mandó a la mierda, lógicamente.
Las cosas ya iban mal (aunque yo todavía no lo sabía), pero todavía faltaba lo peor: el momento de cortar la tarta. La tarta era un espectáculo, con tres pisos perfectamente lisos de fondant color marfil, y perlitas y flores rosas por todos los lados, todo muy rollo vintage y con una figura de porcelana de los novios dándose un abrazo, estaba colocada en una mesa preciosa, al lado de un estanque lleno de peces y nenúfares. Me acerqué con la cámara para capturar el primer corte de la tarta a manos de los novios.
Recuerdo que quería el encuadre perfecto, así que me fui un poco para atrás, un poco más, un poco más, sin mirar por dónde pisaba, y me choqué con una mesa. Para cuando me giré con intención de esquivarla, ya era tarde, y me tragué la mesa y todo lo que había encima (platos, cubertería, copas de champán), provocando un estruendo que se tuvo que escuchar hasta en el pueblo de al lado, metiendo medio cuerpo en el estanque ese, que muy bonito muy bonito, pero olía fatal. Resultado: acabé empapada de cintura para arriba, con el pelo y la cara hechos un asco, me tuvieron que dejar ropa de recambio de una niña que había ido a la boda (la niña no estaba de acuerdo y se pilló un rebote lindo), todo el mundo me miraba con cara o de asco o de pena, pero Helena se pegó sin hablarme hasta la vuelta de la luna de miel. No le culpo, teniendo en cuenta que la cámara con todas las fotos de la boda acabó en el fondo del estanque con las carpas y las algas.
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