TUS PEQUEÑOS TERRORISTAS TAMBIÉN NECESITAN LÍMITES

 

Criar desde el respeto cuando eres trimadre no es una filosofía educativa: es un deporte extremo. Una mezcla entre malabarismo, resistencia emocional y supervivencia básica. Y si además decides hacerlo sin gritos constantes, sin amenazas del tipo “cuento hasta tres” y sin el clásico “porque lo digo yo”, te dan el carnet honorífico de equilibrista vital… o de persona que debería cobrar horas extras por aguantar terremotos humanos.

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Siempre he creído en la crianza respetuosa. En hablar, en acompañar, en validar emociones. En no criar desde el miedo ni el autoritarismo. En tratar a las criaturas como personas, no como mini dictadores ni como proyectos de adulto frustrado. Pero también he aprendido —a base de cansancio extremo, café recalentado y noches eternas— que respetar no es consentir absolutamente todo.

Mis criaturas fueron intensas. Muy intensas. Criaturas con un nivel de energía que haría palidecer a cualquier central nuclear. Especialmente el segundo y la tercera, que parecían funcionar con pilas nucleares y un contrato secreto con la gravedad para correr más rápido que yo. De esos niños que no caminan, impactan. Que no juegan, arrasan. Y ahí estaba yo, defendiendo el respeto mientras esquivaba coches de juguete, piezas de Lego y algún que otro desastre líquido como si estuviera en un videojuego de supervivencia.

Y es que la crianza respetuosa sin límites existe… pero suele acabar en casas donde nadie duerme, nadie descansa y la madre contempla el techo a las tres de la mañana preguntándose cómo un ser humano tan pequeño puede producir tanto ruido y desorden.

Porque los niños y las niñas necesitan límites claros para sentirse seguros. No para fastidiarlos. No para dominarles. Para que el mundo tenga forma. Para que no sea un caos constante donde todo vale y nadie sabe qué esperar. Esto lo aprendes justo cuando tu segundo hijo decide que las paredes son lienzos y tu tercera está experimentando con la cocina como laboratorio de explosiones químicas caseras.

En mi casa, por ejemplo, se puede saltar en el sofá. Sin problema. Pero no se pueden pintar las paredes. En la tuya quizá es al revés. Y perfecto. Cada familia pone los límites que puede, quiere y necesita. Lo importante no es cuáles, sino que existan. Que sean coherentes. Que no cambien según el nivel de cansancio de la madre… aunque admitamos que a veces cambian. (Sí, a veces cierro los ojos y digo “haz lo que quieras, solo no rompas nada… todavía”).

Vivimos en una sociedad con normas. Y por muy libres que queramos que sean nuestras criaturas, no las estamos criando para vivir en una comuna hippie sin semáforos. Las estamos criando para convivir. Para respetar turnos. Para entender que hay un no que no es negociable. Y eso, sorpresa, también se aprende en casa. Aunque a veces me pregunto si ellos realmente escuchan o solo esperan a que me siente un segundo para lanzarme un “mamáaa” épico.

La línea entre crianza respetuosa y “haz lo que te dé la gana” es finísima. Y se cruza fácilmente. Sobre todo cuando son las nueve de la noche, llevas despierta desde las siete organizando la logística familiar y los pequeños terroristas —a los que adoras con toda tu alma— siguen correteando alrededor de la mesa como si el sueño fuera un mito urbano. Y tú estás allí, con cara de zombie, deseando un clon de ti misma que pueda ir a darles el “no” por ti.

Reconozco que en mis días más humanos y menos heroicos, cuando había peleas y yo estaba hasta el cuello con los quehaceres domésticos, cerraba la puerta del cuarto de la lavadora, me escondía detrás del tambor y pensaba: “Que se las arreglen solos. Si no hay sangre, no intervengo.” Sí, sonaba cruel, pero funcionaba. Cierro los ojos, escucho el tintineo lejano de gritos y carreras, y respiro: sobreviví un minuto más. La crianza respetuosa también incluye la supervivencia estratégica, creedme.

A veces gritamos. A veces explotamos. A veces decimos cosas que luego nos hacen pensar “yo no quería ser esta madre”. Y eso no nos convierte en malas madres. Nos convierte en humanas. Pero hay algo importante: las adultas somos nosotras. Y somos nosotras quienes debemos poner los límites. No desde la rabia, sino desde la responsabilidad. (Y los padres, si los hay, también, que aquí nadie se escaquee).

Porque esas personitas pequeñas crecen. Y crecen mucho. Un día te das cuenta de que tu hijo te saca dos cabezas y tú le pides que se siente para poder echarle la bronca desde arriba, porque así parece que tienes autoridad. Spoiler: no la tienes. Pero lo intentas.

¿Que hay que insistir en recoger los juguetes porque vas clavándote Legos en los pies como si fuera tortura medieval? Se insiste. Mil veces. Aunque sientas que si sumas las horas diciendo “hay que recoger” te salen varios años de vida perdidos. Sí, y tu espalda está tan doblada que te preguntas si algún día recuperarás la postura humana… o si ya has involucionado a Australopithecus.

Luego llega la adolescencia. Las habitaciones se convierten en zonas catastróficas. Tú miras el panorama y te planteas vender la casa con todo dentro. Piensas que nada ha servido. Que tanto límite, tanto acompañamiento y tanto discurso respetuoso no han valido para nada. Y luego… milagro: bajan el volumen. El demonio de Tasmania se transforma en persona más o menos funcional. Se ducha. Ya no apesta. Y un día entras en su habitación y…
COÑO, ESTÁ TODO RECOGIDO.

Y ahí entiendes. Ahí ves la luz.

Poner límites no va en contra de la crianza respetuosa. Yo dormí con mis bebés hasta que ellos quisieron. Cinco años cada uno. Después se independizaron del lecho materno y no, ya no viven en mi cama .

Amamanté tres años a cada criatura. Nueve años y dos meses dando el pecho. Sí, mis tetas parecen pimientos asados, pero cuando me cansé, desteté. Yo. Con amor. Con respeto. Sin gritos. Con acompañamiento y algunas noches de llanto. Pero fui yo quien puso el límite.

Y sí, los opinólogos estaban por todas partes. Siempre hay alguien para cuestionarte, especialmente cuando amamantas a un niño mayor: “¿Tres años? ¿En serio?”
Mi respuesta favorita:
—A los dieciocho, no será de mi teta de lo que esté colgado.
Y así fue. Claro que antes de los dieciocho, ya había tocado teta, culo… y algo más. Pero esa es otra historia. 

No digo que lo hiciera mejor que nadie. No va de medallas. Va de entender que poner límites también es cuidar, aunque el mundo tenga opiniones no solicitadas a punta pala y tus amigas te miren con cara de “¿ya terminó tu jornada o seguimos?”.

Porque esos pequeños terroristas adorables se convertirán en adultos. Y alguien tiene que enseñarles a convivir, a respetar y a ser libres sin pisar al de al lado. Y sí, habrá momentos que querrás esconderte en la nevera… pero también habrá días en que todo encaje y el milagro ocurra, pero recuerda: una flor no hace verano.

Y eso, amigas, no se hace sin amor.
Pero tampoco sin límites.

Parvaty