La mayoría de las veces, cuando alguien habla de su primer amor se le suele dibujar una  sonrisa bobalicona en la cara. Y lo cierto es que, en lo que a relaciones románticas se  refiere, en un mundo ideal recordar debería ser eso: echar la vista atrás y sonreír. A pesar  de los malos momentos, de los palos y de las decepciones que vamos acumulando con el paso de los años, deberíamos ser capaces de rememorar con cariño aquellas primeras  veces. Por supuesto, ese no es mi caso.

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A diferencia de mis amigas que sólo guardan bonitos recuerdos de sus primeros novietes  adolescentes, yo no puedo pensar en el mío sin que un montón de flashbacks  desagradables acudan a mi memoria. La verdad es que no tuve mucha suerte -o mucha  vista- a la hora de elegir pareja; a la tierna edad de diecisiete años aún seguía siendo  bastante inocente y la seguridad en mí misma, por aquel entonces, brillaba por su  ausencia. Aquella falta de autoestima tan mía sumada a un carácter manipulador por su  parte, dio como resultado una relación en la que yo me desvivía por contentarle a  sabiendas de que mis esfuerzos nunca serían suficientes.  

Siempre había un pero en todo lo que yo hacía, decía o pensaba: estás muy guapa pero  lo estarías más si ganaras algo de peso, te quiero mucho pero me aburro contigo y  necesito pasar más tiempo con los colegas, eres muy lista pero cállate ya que me rayas la cabeza. A pesar de todo, y en lugar de salir de allí espantada, yo seguía a su lado,  intentado por todos los medios lograr ser aquella novia perfecta que, por lo visto, no sería  nunca. Y no es que él fuera precisamente un dechado de virtudes; no era ni el chico más  guapo, ni el más listo, ni el más cariñoso, pero yo estaba enamorada perdida.  

Tanto, que a pesar de que en los dos años que duró nuestra relación él nunca me  regalase nada por mi cumpleaños o sencillamente, porque sí, yo me devanaba los sesos  para dar con los mejores regalos del mundo. Como no podía ser de otra forma tratándose  de mi ex, independientemente de lo que decidiera regalarle, él siempre tenía una pega.  Recuerdo cómo me gasté gran parte de mi primer sueldo en comprarle una videoconsola  carísima sólo porque me hacía ilusión, pensando que le haría feliz ya que llevaba meses  dando la turra con la dichosa maquinita. Lejos de ponerse contento, se enfadó y me  recriminó haberme gastado tanto dinero, aunque finalmente se la quedó, por supuesto. 

 

Después de aquello, mi mente de cría pensó que lo ideal para su cumpleaños, que ya  estaba cerca, era sorprenderle con un regalo menos material y con más carga emocional,  algo que significara mucho para él y no me costara un ojo de la cara. Y entonces lo vi  claro. Su grupo de música favorito estaría firmando discos en unos grandes almacenes,  pero él no podía ir. Estaba enfadado porque llevaba esperando aquel momento mucho  tiempo, pero le habían surgido problemas familiares y no había manera de ir. Así que sin  decirle nada, compré el disco y me planté allí para que aquella banda me lo firmase para  él. Me comí más de tres horas de pie haciendo cola bajo la lluvia y el frío, pero lo  conseguí: aquella gente le autografió el cd y le puso unas palabras muy bonitas  felicitándole el cumpleaños. Me fui de allí con un gripazo de órdago pero loca de contenta. 

Cuando llegó el día, le di mi regalo esperando la mayor de las sonrisas por su parte. Lo  desenvolvió y cuando creía que iba a abrazarme dándome las gracias o a echarse a llorar de la emoción o algo parecido, me miró y me dijo disgustado que cómo se me ocurría. Yo  no entendía nada. Me dijo que le parecía fatal, porque, antentas: cuando lo dejásemos,  cada vez que mirase aquel disco se iba a acordar de mí y ya no iba a poder disfrutar de  ello. Por poco me desmayo de la impresión. Resulta que mientras yo hacía el gilipollas por ahí y perdía la dignidad cada día, él pensaba en cómo sería todo cuando lo dejásemos,  porque en su cabeza, no íbamos a estar juntos mucho más tiempo. ¿Quién mantiene una  relación de pareja bajo la idea de que ésta no va a durar, como algo temporal y pasajero?  

Me devolvió el regalo y en lugar de tirárselo a la cabeza y mandarle a la mierda, volví  llorando a mi casa. Mi madre me dijo hecha una furia que si no le dejaba iba a ser una 

desgraciada toda la vida o al menos hasta que él se cansara de hacerme pedazos. Y  supe que tenía razón, así que al día siguiente quedé con él y le dejé. Lo más irónico de  todo es que nunca me había sentido tan bien y tan liberada ni tampoco le había visto tan  enfadado en aquellos dos años de relación. Supongo que perder a su saco de boxeo  emocional no le hizo demasiada gracia. Hoy, después de tantos años, todavía me río  cuando escucho alguna canción de su grupo favorito. 

Mar Martín.