Hoy, me he llevado a mis peques al parque de bolas. Está cerca y las sesiones duran dos horas, por lo que es perfecto para que se cansen en esos días en los que no me apetece salir o pensar demasiado como cansarles lo suficiente y que se duerman por la noche.
Un poco por curiosidad, y otro poco por aburrimiento, me he puesto a mirar el LinkedIn de mi antiguo trabajo, a ver a qué se dedicaba la gente con la que compartí tantos años de mi vida. Podéis llamarme psicópata, lo sé.
En esas estaba, cuando me encontré con el perfil de Elena. Una chica en la que no había pensado en años.
Y no se si es por la sabiduría que da la edad, o porque he crecido como persona, o porque ahora lo veo todo desde fuera, pero se me cae hasta la cara de vergüenza cuando pienso en la manera en la que trataban y hablaban de la pobre Elena.
Os pongo en contexto: era una fábrica que ya llevaba varias décadas abierta, por lo que la mayoría de su plantilla era mayor de 50, y masculina.
En mi departamento, éramos 77, 62 de ellos mayores de 50, y solo 4 chicas.
Siempre hubo cosas que no nos dejaban hacer porque pesaban mucho para nuestros delicados cuerpos, o porque no era propio de señoritas. Que en su momento me hacía gracia. Menos trabajo por el mismo sueldo. Aunque hoy seguramente me los comería vivos.
Elena era la encargada del departamento de I+D+I. De los más nuevos y con la plantilla mas joven de toda la empresa. Con el tiempo, la ascendieron a subdirectora al jubilarse uno de los viejos de la empresa. En total, eran cinco directivos. Siendo ella la más joven y la única mujer.
Con su ascenso, empezaron los cuchicheos. Que, si donde se ha visto una mujer al mando, que no era normal que habiendo hombres con más años en la empresa la ascendieran a ella, que ya sabíamos todos por que la habían puesto donde estaba. Que seguro que tenia las rodillas peladas ya. Porque claro, una mujer, o peor aún, una mujer que está buena solo puede ascender de una manera.
Entre risas, empezaron a decir que era como una gamba, porque de ella estaba todo bueno menos la cabeza. Y con eso se quedó. En solo unos días, más de la mitad de la empresa se refería a ella como la gamba.
Por lo visto, el hecho de que Elena tuviera una mente privilegiada no tenía nada que ver con la posición que ejercía.
El hecho de que, a sus 32 años, tuviera dos carreras, dos doctorados y estuviera sacándose un tercero no tenía nada que ver.
El hecho de que hablase perfectamente cuatro idiomas, defendiéndose además en otros dos no tenía nada que ver.
Porque todo el mundo sabe que una mujer solo puede llegar a ser alguien en la vida de una única manera.
En su momento, como digo, yo veía todo lo que estaba pasando de manera pasiva, como comentarios que se hacen de broma, sin maldad oculta.
Me gustaría pensar que, si esto me pasara hoy, sabría reaccionar de forma distinta. Que no me quedaría callada, y sabría llamar a las cosas por su nombre.
Me alegra saber que, a Elena, profesionalmente le va muy bien. Por lo que veo en su LinkedIn, cambió de empresa hace unos años y ahora tiene un puesto bastante importante en otra empresa del sector.
Pero, no puedo dejar de pensar, ¿Cuántas habrá por ahí como Elena, luchando con uñas y dientes para conseguir algo que, otros con menos capacidades, consiguen fácilmente solo por tener un cromosoma Y? Y, lo que es peor, ¿Cuántos hay ahí afuera que, como yo en su día, ven estas cosas y deciden no actuar, ya sea por desconocimiento, por aceptación, o por pensar que “no es para tanto?
Andrea M.