Llevo casada seis meses con el que ha sido mi novio durante los últimos cinco años. Los mismos seis meses que llevamos sin hablarnos con mi suegro y su mujer.

Habíamos estado un año y medio planeando nuestra boda y, tras mucho esperar, por fin llegó el gran día. Tuvimos una ceremonia preciosa. La Iglesia estaba decorada con margaritas y claveles blancos. Mis sobrinos, con sus ropitas a juego y sus cestitas de pétalos, me acompañaron al altar, donde mi novio me esperaba más guapo de lo que lo había visto nunca, acompañado de su madre. El cura, amigo de mi familia, fue cercano y divertido, e hizo una ceremonia muy bonita. Después fuimos al salón de celebraciones y como hacía buen tiempo pudimos hacer el cóctel al aire libre, tal y como queríamos. Después pasamos al comedor y entramos riendo y bailando entre las mesas a ritmo de Bruno Mars mientras todos agitaban en el aire sus servilletas. Sé que es un cliché bastante hortera, pero me hacía muchísima ilusión y no pensaba privarme de nada ese día. Todo estaba saliendo tal y como lo teníamos planeado.

boda

El almuerzo transcurrió con normalidad. Nos preocupaba un poco la mezcla de nuestra mesa, pues los padres de mi pareja están divorciados, no se llevan demasiado bien y venían con sus respectivas parejas. Temíamos que la cosa pudiera ser un poco tensa. Pero todos parecían poner de su parte para que el ambiente fuera relajado. Fue imposible verlo venir.

Justo antes del postre llegó el brindis. Mi padre pidió la palabra y dio un discurso precioso. Aún estaba secándome las lágrimas de felicidad cuando la madrastra de mi marido cogió el micrófono. Cuando ahora lo pienso, recuerdo que fugazmente pensé «qué raro», aunque no le di importancia. No nos había dicho que pensase hablar. De hecho, le ofrecimos leer en la ceremonia o encargarse de algo en lo que le apeteciese colaborar, y ella nos respondió que no a todo. Lo cierto es que conmigo nunca había tenido mucho feeling, pero se llevaba muy bien con mi novio, pues su padre y ella empezaron a salir cuando de niño tenía 10 años y se había criado en parte con ellos. Es por eso que pensé que querría involucrarse en algo de la boda, pero ella se mantuvo siempre al margen. Así que cuando la vimos casi arrancarle el micrófono de las manos a mi padre nos quedamos bastante extrañados.

what

Comenzó dando las gracias a todos por acompañar a los novios en ese día tan especial y disculpándose porque iba a decir algo que no iba a gustar, pero que debía hacerlo porque consideraba que todos tenían que saber la verdad. Concretamente la verdad sobre mí, porque según ella los tenía a todos engañados. Dijo que yo no era más que una bruja que había llegado con cara de buena y había clavado mis garras de arpía en un buen hombre para alejarle de ellos. Que no me lo merecía, porque yo no le llegaba ni a la suela del zapato. Puedo recordar cuales fueron exactamente sus palabras porque, desgraciadamente, están grabadas. No la dejaron seguir hablando. Una prima de mi marido le quitó el micrófono y entre mi cuñada y ella se la llevaron fuera del salón casi a empujones, seguidas por mi suegro.

loca

Así fue como la madrastra de mi marido reventó un día que debía haber sido especialmente feliz. Tuve que retirarme, pues sufrí una crisis de ansiedad. Me trajeron una tila doble y me la bebí mientras mi marido salía a echarla de la celebración. Cuando todo se calmó un poco y mi suegro y su mujer se hubieron marchado, la celebración continuó, pero yo ya solo quería que acabase el día.

Lo peor para mi marido fue enterarse de que su padre también había sido cómplice. Él sabía que su mujer iba a montar el numerito. Y no solo no evitó que lo hiciera, sino que al parecer fue a quien se le ocurrió que el mejor momento sería en el brindis. Así que tan culpable fue el uno como la otra. Mi cuñada, que fue quien nos contó todo esto al día siguiente, se disculpó y nos juró que aunque sabía que yo no les caía bien, no tenía ni idea de que pretendían reventar la boda.

Habría estado bien saber de su animadversión hacía mi antes de aquel día. Me martirizo pensando que quizás habría podido evitar el desastre si lo hubiera visto venir. Aunque quien lo lleva peor es mi marido, pues al fin y al cabo él ha perdido a dos de sus seres más queridos, a los que jura no volver a hablar en lo que le queda de vida.