Yo sé que las supersticiones, supersticiones son y que no deben influir en la vida de una, pero… cuando el río suena, agua lleva y eso es lo que me ha estado pasando a mí.

En mi caso, se ha cumplido eso de que “los gatos negros dan mala suerte”. Y me encantan los misinos, y los animales en general. Pero es que mi vecina tiene una gata negra a la cual debe gustarle mucho mi terraza, porque se pasa más rato ahí que en la suya, y cada vez que se cuela y estoy con una cita en casa… La cosa va de culo. 

La primera vez que esto ocurrió, ni me inmuté prácticamente de que la gatita estaba ahí. Un chico con el que llevaba quedando unas semanas estaba en mi salón, a puntito de caramelo. Recuerdo que me dijo que si tenía un gato porque le había parecido ver uno en la terraza. Le comenté que era el de la vecina y seguimos con lo nuestro. De repente el chico empezó a encontrarse mal, decía que le dolía mucho la tripa y tuvo que correr al baño para cagarse vivo. Yo intenté darle normalidad al asunto, y cuando salió del baño le invité a continuar con lo que habíamos empezado, pero estaba tan avergonzado que decidió irse. Irse de mi casa y de mi vida, porque no volví a saber de él.

En el segundo caso, volvía a estar en mi casa con otro chico. A este le había conocido por una App y le invité a casa a cenar. Como era verano y hacía buena noche, estuvimos comiendo fuera en la terraza. Oímos un ruido de una planta cayendo al suelo y otra vez la gata negra estaba ahí, mirándonos fijamente. Le llamé para que viniera, le hice unas carantoñas y se marchó. Nosotros seguimos con nuestra cena y conversación, cuando el tipo empezó a hablar de política, diciendo que aunque sonara antipopular, él creía en VOX y estaba muy a favor de sus valores. Yo me quedé petrificada y comencé a rebatir lo que decía. El tío se cogió un cabreo monumental y se fue de mi casa llamándome “feminazi”. 

Entonces yo me quedé pensativa, ahí sentada en la terraza, sola con mi copa de vino, pensando en lo de la vez anterior con el chico de la diarrea, la gata, este chico y de nuevo la gata. Me reí en alto y dije: “No puede ser”. 

Y llegó la tercera cita, en la que la gata apareció de nuevo y todo se gafó. Ahí ya pensé que no, que no podía ser coincidencia y que a la tercera va la vencida. En este caso venía de fiesta, llevaba un pedo considerable y había conocido a un chico cuyo nivel de pedo era parecido al mío y que estaba con un tren. Le invité a mi casita para echar un buen polvo. Una vez aquí, me preguntó que donde podía fumar y salimos a la terraza. Nos fuimos a sentar en un sofá que tengo fuera y la gata de mi vecina estaba tumbada mirándome con cara de “hoy no follas”, y así fue. Cuando el tío y yo entramos en el salón para empezar con la faena, le sonó el móvil (eran como las 5 de la mañana) y vi como le cambiaba la cara, se puso blanco. Colgó, le pregunté qué pasaba y recogiendo su cazadora me dijo que tenía que marcharse corriendo porque su abuela estaba ingresada de urgencia en el hospital. 

No me dio casi tiempo de decirle que fuera todo bien, que el chico ya había salido por la puerta. Miré hacia la terraza y la gata ya no estaba. Decidí echarme a dormir, pero la idea de los gatos negros y la mala suerte no dejaba de rondarme en la cabeza. Todo era demasiada coincidencia. 

A raíz de ahí decidí poner una barrera de rafia para que la misina no lo tenga tan fácil para colarse. Porque oye, me gustan los animales, pero también valoro tener vida sexual y esta me la estaba destrozando.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia REAL de una lectora

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