Llevaba unos pocos meses saliendo con mi chico cuando ocurrió lo que a mí me gusta denominar «la Matanza de Texas». Como suele pasar al principio de todas las relaciones, estábamos en ese punto maravilloso donde todo es cama, chupeteo, mambo y risas; cualquier conversación o cualquier gesto terminaban en sexo desenfrenado, porque sí, porque patatas.

En nuestro caso, esas ganas de comernos el uno al otro como si no hubiera un mañana eran incluso más heavys, y no es porque nosotros seamos especiales ni mucho menos. Es solo que manteníamos una relación a distancia. Él vivía en una punta del país y yo en la otra, así que antes de irnos a vivir juntos, durante un tiempo no nos quedó otra que hacernos cientos de kilómetros para vernos un mísero fin de semana al mes, que como os podéis imaginar, dedicábamos a darle al tema de lo lindo.

Lo malo era que aún vivíamos con nuestros padres, así que nos teníamos que buscar la vida e irnos a algún hotel para poder dar rienda suelta a nuestros instintos más básicos.

Aquella vez le tocó a mi chico viajar hasta mi ciudad; era la primera vez que venía, ya que normalmente era yo quien lo visitaba. Por eso, decidió tirar la casa por la ventana reservando en un hotelazo de altura, de esos pensados única y exclusivamente para parejas: jacuzzi, piscina privada, cama de agua, espejos en el techo… un paraíso del folleteo.

Después de investigar un poco y hacer un tour rápido por la suite, que más bien parecía el set de rodaje de una peli porno, inevitablemente la cosa se fue caldeando. A los diez minutos ya estábamos en la cama. Y allí, desnuda y más caliente que el queso de un san jacobo, me dispuse a bajar al pilón y hacerle el mejor trabajito del mundo a mi chico.

Y vaya si lo conseguí. Me empleé a fondo (no valen chistes), más entregada que nunca, y animada por ver a mi chico retorcerse de placer. Pero cuando volví a la superficie para coger aire, me llevé un susto de muerte: tenía las manos manchadas de sangre, y no unas gotitas… era como si me hubiese convertido en la charcutera del barrio.

Pensé que me habría bajado la regla, pero ni rastro. Mientras buscaba el origen de aquella sangría, mi chico me miró pálido y me dijo: “mírate en el espejo”. Fui, sin entender nada, y casi me da un infarto al ver toda la boca llena de sangre. Parecía Hannibal Lecter, si Hannibal Lecter tuviese pelos de loca y se hubiese bañado en un plato de espaguetis con tomate.

Al final caímos en la cuenta de que, probablemente, le rocé con los dientes sin querer, y el pobre tenía una herida bastante aparatosa.

Después de mil disculpas y mientras me limpiaba la cara y él se curaba como podía, quise que me tragara la tierra. Pensé que me dejaría allí mismo y que contaría por ahí que una mujer piraña por poco lo deja eunuco.

Pasadas unas horas, cuando ya todo nos pareció gracioso, volvimos a ponernos retozones. Pero cuando la cosa se puso seria, él no pudo hacer nada del dolor. Así que, después de un mes sin sexo, nos pasamos el finde mirando al techo de un hotelazo carísimo, tomando copas, bañándonos en la piscina y comiendo, porque de lo otro… nada.

Por suerte y contra todo pronóstico no me mandó a paseo y, sin duda, aquello debió de ser amor, porque este verano hacemos ocho años juntos.