Hacía algún tiempo que había presentado la carta de renuncia en mi anterior trabajo, una agencia de publicidad de bastante renombre y reputación internacional que, con el paso del tiempo, se había convertido en una pesadilla total y absoluta y, en definitiva, en mi proveedora oficial de ataques de ansiedad. Llegué a coleccionar un ataque de pánico tras otro, como si fueran trofeos. Sin embargo, el día que un síncope me llevó al hospital, me di cuenta de que necesitaba urgentemente un cambio en mi vida y me dije a mí misma: “Se acabó”. Fue así como decidí volver, al menos durante un tiempo, a mis orígenes y aplicar a ofertas de empleo de cara al público.

Sí, lo sé ahora y lo sabía entonces: era consciente de que el mundo de las dependientas era un horror y que, como se suele decir, es un trabajo que “no está pagado” ni de coña. Y yo lo sabía muy bien porque, durante los cuatro años que duró mi carrera, trabajé como dependienta para sacarme unas pelas mientras estudiaba. Lo cierto es que, a pesar de tener que soportar estoicamente y día tras día a un puñado de señoras maleducadas e impertinentes, y trabajar los findes mientras tus amigas se iban de escapada, yo guardaba un buen recuerdo de mis años en grandes almacenes. Comparado con la agencia, era gloria bendita: no llevarse el trabajo a casa, no quedarse trabajando hasta bien entrada la madrugada, no tener una carga excesiva de responsabilidades, saber con certeza cuándo entraba y cuándo iba a salir, no tener reuniones en inglés cada cinco minutos dando explicaciones…

No sé si fue culpa del síncope o de la desesperación, pero decidí probar suerte y dar ese cambio tan necesario a mi vida. Sin embargo, después de unos meses buscando trabajo como una loca, no había conseguido absolutamente nada y la perspectiva laboral estaba empezando a resultarme desoladora. Cientos de currículums enviados y ni una mísera llamada telefónica para concertar una entrevista.

Mientras daba vueltas y vueltas al asunto y buscaba el motivo por el cual ninguna empresa se dignaba a incluirme en el proceso de selección, una amiga y antigua compañera de mis años como dependienta me dijo que en su empresa estaban buscando desesperadamente a una persona con ganas de trabajar e incorporarse inmediatamente. ¿Trabajar con una de mis mejores amigas? ¿Dónde había que firmar?

Tenía formación universitaria, un nivel de inglés bastante correcto, años de experiencia en ventas y conocía más que de sobra el centro comercial en sí… todo encajaba. Salvo un pequeño detalle: a pesar de que bien podría considerarme una veterana en esto de la venta y la atención de cara al público, nunca había trabajado en moda concretamente. Mi amiga me dijo que le había asegurado a mi jefa que me desenvolvía muy bien en ropa y complementos, aunque por supuesto, aquello era mentira. Fue entonces cuando decidí que, si quería ese puesto, tenía que hacer algunos cambios en mi currículum. No es que me inventara una vida laboral de pe a pa, pero decidí poner —de forma inocente, a mi modo de ver— que había trabajado durante dos años en una firma de jeans.

En mi defensa diré que sí había currado en esa empresa de moda vaquera hacía mucho tiempo, pero tan solo durante unos pocos meses. La coordinadora era una estúpida con la que nunca hice buenas migas y me marché al poco tiempo, en unos términos digamos… pocos amistosos. Unos meses, un par de años… ¿qué importaba? No era como si estuviese matando a alguien. ¿Qué daño iba a hacerle yo al mundo con aquello?

Días después, vi que aquel pequeño engaño había dado sus frutos y mi jefa me citó para entrevistarme. A los pocos días ya estaba contratada y trabajando más feliz que una perdiz. Lo que no sabía es que aquella mentira iba a hacerme pasar la peor vergüenza de mi vida.

Llevaba cosa de cuatro o cinco meses trabajando cuando una mañana vino mi jefa a hacernos una visita y a controlar que todo estuviera en orden, como solía hacer de vez en cuando. Todo iba sobre ruedas hasta que, después de un rato de charla, apareció por la tienda una chica cuya cara me sonaba muchísimo, pero que no pude identificar. Mi jefa le dio un abrazo enorme y se la presentó a mi compañera como una de sus mejores amigas, colegas desde la infancia, vaya.

Cuando llegó mi turno, mi jefa dijo con una sonrisa muy extraña: “Bueno, vosotras ya os conocéis”. Y entonces se me encendió la bombilla: aquella tía era mi ex jefa, la supervisora tan estúpida con la que yo había salido a malas en la anterior firma de moda. Sí, aquella firma de moda en la que se supone que estuve dos años… cuando en realidad estuve un par de meses a lo sumo. Aquello era un “lo he sabido todo desde el principio, idiota”.

Mi ex jefa me saludó y dijo: “Sí, ya nos conocemos, aunque no tuve la suerte de que fuera por mucho tiempo”. Ambas se miraron y se dedicaron una sonrisa cómplice. Yo quise que me tragara la tierra en ese mismo momento. Siendo tan amigas como eran, las probabilidades de que, cuando mi currículum llegó a las manos de mi jefa y vio que había trabajado en aquella tienda, no tardara ni cinco segundos en pedir referencias a su amiga —que daba la casualidad que era la supervisora de la firma— eran bastante altas. Ella, por supuesto, y teniendo en cuenta lo sumamente mal que nos llevamos, así como las caras que pusieron las dos cuando me convertí en un tomate de huerto, le diría que mi experiencia en aquel lugar no había sido de dos años… y que yo era una mentirosa de manual.

Reconozco que me lo tuve bien merecido y pasar el peor rato de mi vida me ha servido para aprender que las mentiras tienen las patitas muy cortas.

Anónimo