El mes pasado fui a visitar a mi madre, que vive en Alemania. Ella es de origen argentino, pero siempre ha llevado una vida nómada. Incluso cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, viajamos con ella. Vivimos en Canadá, Italia, España, Francia… y finalmente decidió quedarse en Alemania. Normal, con lo que nos costó aprender el idioma.
Vivir lejos del núcleo familiar, apartados de las fotos vergonzosas de la infancia y los platos de cuchara de las abuelas, conlleva un gran desconocimiento de la vida anterior de tus padres. Fue justo el mes pasado cuando mi madre me narró un drama lésbico que resultó completamente nuevo para mí.
Mi madre fue educada en un colegio religioso, como correspondía a cualquier niña de «buena familia» en aquellos tiempos. La dictadura militar argentina (1976-1983) no solo se encargaba de eliminar opositores políticos, sino que también imponía un modelo de moralidad represiva en el que la educación religiosa jugaba un papel fundamental. Los colegios de monjas no eran solo centros educativos, sino fábricas de obediencia, con una disciplina basada en la culpa, el castigo y la sumisión. En ese contexto, las reglas no solo servían para escribir, sino también para golpear
Había una monja en particular que parecía haber hecho de mi madre su proyecto personal de sufrimiento. Le pegaba con la regla en las manos, la castigaba por cualquier nimiedad y se aseguraba de que la educación que recibiera incluyera una buena dosis de terror. Un comportamiento que hoy nos parecería una crueldad sin precedentes que no tiene cabida. Obviamente, a mi abuela ya se lo pareció en su momento. Faltaría más, era su hija.
Una mañana cualquiera, durante la misa obligatoria que se celebraba en la escuela, la monja en cuestión desapareció brevemente detrás del altar. Supuestamente, había ido a llevarle algo al cura del pueblo, un hombre que solía aparecer, dar su bendición y retirarse con la misma velocidad con la que uno se va de una fiesta aburrida. Las niñas, entre tanto recogían sus cosas y se preparaban para salir. Mi madre, que había perdido un tiempo valioso en intentar atarse los zapatos, se retrasó un poco y se dirigió a la parte trasera del altar para buscar a la monja.
Ahí la encontró. Besándose con otra mujer. Otra monja. Con hábito y todo. Juraría que era la maestra de dibujo.
Mi madre tenía la edad suficiente para saber que aquello era algo fuera de lo común, pero no lo suficiente como para entender exactamente qué significaba. No había morbo ni escándalo en su descubrimiento; solo una observación infantil lanzada con la misma curiosidad con la que se pregunta por qué el cielo es azul. Y, por supuesto, la destinataria de esa pregunta fue mi abuela.
A mi abuela se le hicieron los ojos chiribita con esta información. Se vistió con su vestido más regio y salió disparada al día siguiente hacia el colegio. No sabemos exactamente cómo fue la conversación. No hubo denuncias ni escándalos públicos. Pero a esta mujer, que muy probablemente Dios ya tenga en su gloria, se le acabó el hobby de los palazos con la regla de manera repentina. Si prosperó su relación con la compañera de convento es algo que también desconocemos. Pero esa ira se esfumó casi tan rápido como su fidelidad sexual Cristo.
Desearía no vivir tan lejos de mi madre para poder escuchar más historias así. Aunque, conociéndola, seguro que la próxima confesión incluirá un primer ministro, extraterrestres o, con suerte, una combinación de ambos.
Con cariño y algo de envidia por los que viven cerca de los suyos, Victoria A.M. Una historia basada en un testimonio anónimo.
