Vero era un año más mayor que yo y acababa de empezar la universidad; había hecho un montón de nuevas amigas y aquella noche me invitó a salir con ellas de fiesta. A mí todavía me faltaba un año para cumplir los dieciocho, así que me aconsejaron que me maquillara más de lo habitual para intentar aparentar más edad de la que realmente tenía a fin de que no me pidieran el DNI a la entrada de la discoteca. Y funcionó. Lo que no sé es si también les parecimos algo más mayores a un grupito de tíos que se nos arrimaron al poco de llegar y que bien podían sacarnos más de diez años o es que, directamente, les dio igual que alguna de nosotras pudiéramos ser menores.
Siempre he sido una chica tímida, me cuesta un poco sentirme cómoda con gente a la que acabo de conocer y cuando era una cría, ese sentimiento de inseguridad era mucho mayor. Así que empecé a beber para tener mayor seguridad en mi misma y estar a la altura de mi amiga y sus compañeras de clase, que no parecían tener ese problema con los chicos. Después de beber unos cuantos chupitos y otras cuantas copas, empecé a notar los efectos del alcohol, a perder la vergüenza, a bailar y a hablar con todo el mundo, me sentía capaz de hacer cualquier cosa, me sentía estupenda. Y… eso es lo último que recuerdo de aquella noche.
Desperté con un extraño presentimiento, como si supera con anticipación que algo no marchaba bien. Abrí los ojos de par y entonces se me paró el corazón. ¿Dónde estaba? ¿De quién era esa casa? ¿Qué pasó anoche? ¿Había alguien más?
Era como si hubiesen cortado una parte de mi memoria y todo se hubiese vuelto un borrón oscuro en mi cabeza. Estaba sola, de madrugada, tumbada a oscuras en el sofá de una casa que no conocía, el pantalón que llevaba la noche anterior estaba tirado en el suelo y alguien me había puesto un pantalón de chándal que me estaba enorme. Intenté hacer memoria sin éxito, miré a mi alrededor muerta de miedo y me vestí a toda prisa intentando no hacer ruido, pensando cómo iba a salir de allí, en la posibilidad de que la puerta estuviese cerrada. Me entró el pánico al darme cuenta de que, si llamaba a mi amiga, ¿dónde le iba a decir que viniera a buscarme? Ni siquiera sabía dónde estaba y, por aquel entonces, nadie tenía whatsapp, ubicaciones ni mucho menos internet en el móvil.
Igualmente llamé a Vero y le pregunté mediante susurros dónde estaba y, sobre todo, si sabía dónde estaba yo. Para mi sorpresa ella se echó a reír y me dijo «ahora salgo, estoy en la habitación de al lado». Tardó tanto en salir que empezó a amanecer fuera, mientras yo miraba las mil llamadas de mis padres y mi hermano, además de decenas de mensajes preguntándome si estaba bien. Cuando por fin apareció, lo hizo seguida de uno de los chicos con los que estuvimos anoche y es que resulta que él, junto a tres amigos más, eran los inquilinos de aquel piso. De camino a casa, Vero me contó que aquel tío le sacaba 12 años, que se habían pasado horas besándose en la discoteca y que cuando él le propuso seguir en su casa, ella había aceptado sin dudarlo. Mi amiga se había ido bebida a casa de un tío mayor al que acababa de conocer acompañada de sus tres amigos también mayores que ella y borrachos.
Yo, que seguía sin entender cómo había llegado hasta allí, le pregunté qué pintaba yo en todo aquello. Mi amiga, me contó con todo el cuajo del mundo que como yo estaba demasiado perjudicada para irme sola a casa y ella no quería renunciar a echar un polvo, había decidido que era una idea estupenda dejarme en el sofá medio inconsciente mientras ella se lo montaba con el tío en cuestión. Y es que en ningún momento se le pasó por la cabeza acompañarme hasta mi casa y quedar con él otro día. Tampoco veía peligroso ni extraño llevarme a una casa desconocida, borracha, y dejarme sola en un sofá a merced de los compañeros de piso de su amiguito. De repente me invadió una sensación de rabia increíble hacia mi amiga, hacia su falta absoluta de sensatez y de amistad. Sí, yo fui la primera en ponerme en riesgo bebiendo de aquella manera, pero no entendía cómo mi supuesta amiga no me había acompañado a casa y velado por mi seguridad aunque a la mañana siguiente me echara la bronca más grande y más merecida de toda mi vida.
¿Lo mejor de todo? Que una vez en casa, me llegó un mensaje de su querido compañero nocturno diciéndome que la que le había gustado en realidad era yo y que le encantaría conocerme mejor. Días después, cuando Vero se disculpó por su conducta y volvimos a retomar un poco más el contacto, me dijo toda emocionada que había vuelto a quedar con él para verse en los próximos días. Cuando le dije que su amiguito me había dicho que le gustaba yo, ella se puso hecha una fiera y me dijo que le parecía increíble, que seguro que yo le había tirado ficha a él, que se lo quería quitar, que no era de buena amiga y que iba lista si pensaba que no iba a quedar con él. Ante mi sorpresa, quedó con aquel chico aún sabiendo que en realidad no se sentía tan atraído por ella.
Me sentí como una idiota por haber tratado de pasar página con ella a pesar de lo enfadada que estuve por lo de la discoteca. Después de demostrarme un vez más que los chicos siempre parecían estar por delante de nuestra amistad y el sentido de la lógica, me di cuenta de que no quería una amiga como aquella en mi vida. Mantuvimos el contacto durante algún tiempo, pero al final cada uno hizo su vida por separado y poco he vuelto a saber de ella.
Mar Martín.
