Desde que tengo uso de razón tengo complejos con los kilos. No siempre he estado gordita, pero siempre me he sentido así, independientemente del peso.
Cuando tuve a mis hijos es cierto que me quedé con más kilos de los que me gustaría, pero tampoco una cosa loca, debía perder unos diez kilos o así, tampoco más.
Una amiga me habló del balón gástrico y de las maravillas que suponía, y yo, que soy presa fácil de comprar y pagar todos los milagros que me venden para la pérdida de peso, allá que me fui de cabeza a sumar otra cagada más a mi historial, pero esta vez me lucí.
Fui a una clínica prestigiosa, donde desde el primer momento me pusieron una alfombra roja, ya que todo su empeño era efectivamente, venderme el balón por el módico precio de tres mil euros.
Lo que a priori parece muy sencillo, después no lo es tanto. Requiere de una intervención en un quirófano, con preanéstico y su consiguiente sedación y despertar. Me prometieron bajar de peso fácilmente, se suponía que al colocar el balón en el estómago y llenarlo de suero salino, éste iba a ocupar una gran parte del mismo y por tanto apenas iba a tener hambre.

Me mandaron una larga lista de medicación para el post operatorio, primero decían que todo era casi inocuo y después tomé más conciencia de la agresión que era aquello para el cuerpo. Para empezar, tu cuerpo, al notar que existe un elemento extraño en el estómago, hace todo lo posible por expulsarlo. Esto es, a base de espasmos dolorosos y arcadas continuas. Los dos o tres primeros días te los pasas vomitando, pero es especialmente desagradable porque no es un vómito normal, sino un vómito vacío en el que necesitas echar algo que obviamente no consigues echar.
Después, es incómodo. Te juran y perjuran que no se nota, pero yo sí lo notaba. No me podía poner boca abajo en la cama y del lado izquierdo me molestaba también, por lo que me limitaba a la hora de dormir y de sentarme en según qué posturas.
Respecto a los efectos, no dudo que haya gente a la que le haya ido de dulce pero yo no puedo decir lo mismo. Es cierto que no tenía tantos kilos que perder, pero perdí unos cuatro y porque hacía dieta, es decir, al final era lo mismo que sin balón, me tenía que estar privando si quería que se notase en la báscula. A mí no me dio resultado, ni a la amiga que os dije al principio tampoco. A ella llegaron incluso a hacerle otra intervención para llenarle más el balón porque no notaba la saciedad prometida, y aún así, cuando se lo quitó, había perdido también pocos kilos.
Para rizar el rizo, un mes antes de quitármelo, apareció el covid. Eso obviamente nadie podía preverlo, pero en mi caso fue una vuelta de tuerca. En aquellos primeros momentos en los que todo era un caos y los hospitales estaban desbordados, yo tenía que meterme en un quirófano porque la vida útil del balón “caducaba” y no sabía cómo hacer para extraérmelo, porque la clínica se vio superada y no me daba respuestas. Al final logré quirófano y me tuve que quitar el balón en el repunte más alto de covid y de muertes que hubo. Estuve días aislada de mi familia y no sabía cómo iba a salir de aquello.
Gracias a Dios al final fue todo solo una pesadilla, y quizás la peor decisión que he tomado en mi vida: me gasté 3000 euros, no perdí apenas nada, me intervinieron dos veces y expuse mi cuerpo y mi salud innecesariamente. La verdad es que si este relato puede ayudar a alguien, para mí no es una opción para nada aconsejable.