La (perturbadora) estrategia de mi suegra para fotografiar a mi hijo sin mi consentimiento
No me gusta que nadie tome fotos a mis gemelos. Trabajo en la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) y soy extremadamente consciente de los riesgos que conlleva la exposición digital. De esta manera, no puedo evitar sentir una profunda aprensión cada vez que alguien menciona tomarles una foto. No me siento cómoda con la idea de que sus imágenes puedan acabar circulando por la red, donde perdería el control sobre ellas.
Eso no quiere decir que no tenga recuerdos de mis hijos. En casa, hacemos fotos, pero desde nuestros dispositivos. Se descargan en un ordenador sin conexión a Internet y las imprimo para crear nuestros álbumes. A la antigua usanza. Lo que no hacemos es compartirlas en redes sociales, ni siquiera aquellas que presumen de ser privadas y seguras. No existen, digan lo que digan.

Tampoco permito que familiares o amigos los fotografíen. Si estoy en una reunión familiar y alguien intenta capturar una imagen que incluya a mis hijos, intervengo con premura para pedir, con todo el respeto del mundo, que no lo hagan o se aseguren de que los menores no aparecen en la instantánea. Es en este punto donde me encuentro con opiniones no solicitadas. A más cercano sea el vínculo sanguíneo, más se creen con derecho a juzgarnos e incluso a desautorizarnos. Mi suegra es uno de los casos más extremos.
La relación de mi suegra con las fotos de mis hijos
Diréis: “¡Son sus nietos!”, y yo respondo: “Vale, pero son mi hijos y, en ningún caso, son de mi propiedad”. Hasta que ellos no tengan la edad o madurez suficiente como para comprender los riesgos y aceptar las consecuencias, yo soy la responsable de luchar por mantener a salvo su privacidad. Justo por ser mi suegra, abuela de mis hijos, le he ido facilitando fotos a través de álbumes o portarretratos. Dejé de hacerlo el día que descubrí que digitalizaba aquello que le regalaba en papel para compartir los archivos a través de WhatsApp. En una ocasión, mi cuñada me mandó una captura de su Story de Instagram donde compartía una foto con mis hijos con todos sus seguidores y tiene varios miles ya que hace manualidades. Encima la muy sinvergüenza nos había bloqueado la visibilidad de su cuenta para que no pudiésemos decirle nada.
Como vive lejos, en cada llamada nos llora: “¡No tengo fotos de mis nietos!”, “¡No los voy a conocer!”. Si ella no llega a traicionar nuestra confianza, no estaríamos en este punto de CERO permisividad.

Por esa distancia que nos rodea, decidimos pasar una semana de nuestras vacaciones con ella. Elegimos algún punto de España y nos la llevamos con nosotros a pasar unos días con los niños. “¿No puedo sacar una foto?”, “¿De verdad es tan grave que una abuela tenga fotos de sus nietos en su móvil?”, y más interrogantes similares que convierten un tiempo de ocio y playa en un auténtico castigo. Soy tajante: no, no y no. En el pasado, le hubiese regalado un álbum de las vacaciones de los niños al término del verano, pero ahora se ha quedado hasta sin eso. Y lo sabe. Y busca maneras de volver a traicionarnos.
Un límite y mil traiciones
Una noche la pillé en la habitación de los niños haciendo fotos a mis hijos mientras dormían. Entre la luz del flash y el sonido del obturador, la pillé. Se quedó en shock y le quité el móvil, donde descubrí que se trataba de una costumbre afianzada en una carpeta creada para tal fin. Desperté a mi marido, al que no le costó entender la gravedad del asunto y, tras una acalorada discusión, la echó del piso que habíamos alquilado para las vacaciones. A mí me pareció una medida demasiado tajante, pero él consideró que había sobrepasado el límite de la confianza y no le quedó más remedio que echarla.

Para no dejarla en la calle, se metió 3 horas de ida y otras 3 horas de vuelta para dejarla en su casa en la ciudad. Él regresó sin su madre, asegurándome que limpió su teléfono, y sin predisposición a hablarle durante una temporada. A veces pienso que quizá deberíamos ser más permisivos. Luego, sin embargo, considero que tenemos razones para establecer ese límite y que no es tan difícil de cumplir.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.