Hay momentos en la maternidad que no se olvidan fácilmente.

No porque sean enormes tragedias, sino porque te pillan por sorpresa y te remueven por dentro de una forma muy difícil de ordenar.

Una tarde cualquiera estaba en casa con mis dos hijas y una amiga que solía venir mucho.

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De esas amigas con las que compartes meriendas, parques y tardes largas mientras las niñas juegan. Yo estaba cambiando a la pequeña en una habitación de la planta de abajo. La mayor, que tenia 3 años, se había quedado arriba con ella, jugando.

Al lado tenía la pantalla del vigila bebés. No estaba mirando activamente, pero de reojo vi movimiento. Levanté la vista justo a tiempo para ver algo que todavía recuerdo con bastante claridad.

Mi amiga estaba inclinada hacia mi hija y le estaba gritando.

No era un regaño normal. Era un grito de esos que salen cuando uno pierde completamente la paciencia. Y entonces la escuché decirle: “¿Pero tú eres tonta o qué?”

Se me quedó el cuerpo frío.

Subí las escaleras con mi otra hija en brazos, rápido y casi sin pensar. Cuando llegué arriba ya no estaba gritando, pero el ambiente era raro, tenso.

Mi hija tenía esa cara que ponen los niños cuando no entienden muy bien qué ha pasado, después se puso a llorar y me pidió que la abrazara.

Le dije lo que había visto y lo que había oído. Ella se puso muy a la defensiva al principio pero pronto pasó a la vergüenza y después a pedirnos perdón.

Yo estaba enfadada, pero también bastante dolida. ¡Se trata de mi hija!

Desde entonces prácticamente no nos hablamos.

En parte creo que ella se alejó por vergüenza. En parte creo que yo tampoco he sabido o más bien, querido, acercarme otra vez.

Con el tiempo he pensado mucho en aquello. Éramos inseparables, cuando pasaba tarde sola con mis hijas ella me ayudaba. Pasaba mucho tiempo con nosotras y siempre nos ha cuidado. No quiero ser injusta.

Por un lado, sé que todos podemos perder la paciencia. Los niños muchas veces no son fáciles y no es fácil gestionarse a uno mismo por muy adultos que seamos.

Los adultos también gritamos, decimos cosas que no deberíamos y luego nos arrepentimos. Criar niños pequeños puede sacarte de quicio incluso cuando los quieres con locura.

Pero por otro lado, cuando se trata de tus hijos, es muy difícil analizar las cosas como hechos objetivos. Se mezclan con algo mucho más visceral: La necesidad de protegerles.

Seguramente las dos cosas influyen.

Entender que alguien tuvo un mal momento es posible. Pero cuando ese momento cae sobre tu hija, perdonarlo no siempre es tan fácil.

Y a veces, aunque lo intentes racionalizar, hay algo dentro que simplemente se queda ahí para siempre.