Durante meses, alguien escribió la palabra PUTERO en la fachada del bar de mi marido, una y otra vez, siempre de noche, siempre con la misma rabia reflejada en los trazos.
La primera vez apareció una mañana fría de enero, justo antes de abrir. Recuerdo perfectamente el momento en que me llamó mi marido con la voz alterada para contarme que habían destrozado la persiana del local con una pintada enorme, roja y violenta. Me enseñó la foto por el móvil y aún puedo recordar cómo me quedé mirando la pantalla sin saber muy bien qué decir. La palabra ocupaba casi toda la puerta metálica y a pesar de que intenté pensar que se trataba de un acto vandálico sin importancia, algo en el estómago me dijo que no era tan simple.
Él se mostraba completamente indignado, asegurando que no tenía enemigos, que debía de ser algún borracho, un gamberro o un vecino con ganas de llamar la atención. Me hablaba con seguridad pero en su mirada había algo extraño, una inquietud que no supe interpretar en ese momento. Yo por mi parte me esforzaba por creerle. No quería pensar mal ni alimentar ideas absurdas, así que repetía en voz alta que todo se arreglaría, que limpiaríamos la pintura, que el seguro se haría cargo y que en unos días nadie recordaría aquello.
Lo cierto es que siempre habíamos sido una pareja bastante tranquila. Llevábamos años juntos y su bar era casi una extensión de nuestra casa. Era un hombre muy querido por la gente del barrio, el típico que conoce a todos los clientes por su nombre, que apunta cafés fiados, que ayuda a los mayores a subir el taburete o que escucha los problemas de todo el mundo con una sonrisa. Resultaba imposible pensar que alguien quisiera hacerle daño.
Repintamos la persiana, intentamos olvidar el incidente, pero dos semanas después volvió a aparecer. Y luego otra vez. Cada vez en un sitio diferente, siempre con la misma tinta, con la misma furia en el trazo. La situación empezó a afectarle más de lo que quería admitir. Dormía poco, fumaba demasiado, estaba irritable y ausente. Decía que el bar le estaba agotando, que las jornadas eran largas, que tenía demasiadas preocupaciones. Fueron semanas muy intensas, y cuando yo le dije de poner una cámara él me dijo que no.
Hasta que un día, sin previo aviso, todo explotó. Él llegó a casa pálido, con los ojos hinchados, el gesto cansado y las manos temblando. Me dijo que teníamos que hablar. Y entonces me confesó que tenía una amante. Que llevaba meses viéndose con ella, quizás más de un año. Que al principio fue una tontería, una aventura sin importancia, pero que se le había ido de las manos.
La mujer, según me contó, se había enamorado y él por cobardía le había prometido que me dejaría. Le decía que solo necesitaba tiempo, que no quería hacerme daño, que esperara un poco más. Pero el tiempo pasaba y él seguía conmigo. Hasta que ella, cansada de esperar, decidió vengarse. Fue entonces cuando empezaron las pintadas, las ruedas pinchadas, los arañazos en el coche y quién sabe cuántas cosas más de las que yo nunca llegué a enterarme.
Mientras él me lo contaba con la voz entrecortada yo no sentía rabia, ni tristeza, ni sorpresa. Sentía un vacío enorme, como si de repente me hubieran arrancado el suelo bajo los pies. No me dolía tanto la infidelidad en sí, sino la imagen de mí misma que se dibujaba al pensar que había pasado meses intentando protegerle de algo que en realidad había provocado él. Había dormido junto a un hombre que me mentía cada día, que me miraba a los ojos y fingía no saber nada mientras la palabra PUTERO lo perseguía por las calles y yo lo defendía ante todos.
Esa noche no grité, no lloré. Solo le dije: ahora entiendo por qué no dormías. No era el bar lo que te quitaba el sueño, era tu conciencia.
A los pocos días me fui de casa. Recogí mis cosas y me marché. No necesitaba más explicaciones, ni segundas oportunidades, ni promesas huecas. Hay heridas que no se curan, solo se asumen.
A veces paso por delante del bar. Ha cambiado el nombre, la decoración y hasta el color de la fachada. Todo parece nuevo, reluciente, como si quisiera borrar el pasado pero yo sé que debajo de esas capas sigue ahí la palabra. No se ve pero está. Como las verdades que uno puede intentar esconder pero que tarde o temprano siempre terminan saliendo a la luz.
No sé si sigue con ella, tampoco me importa. Solo espero recuperar la paz que perdí y superar esto algún día.
Anónimo
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