Mi boda fue mucho más bonita de lo que había soñado. Un cuento de hadas. Pero todas sabemos que los cuentos no son reales así que…
Yo siempre fui un imán andante para las picaduras de mosquito, así que no me extrañó lo más mínimo cuando, dos días antes de mi boda, me aparecieron 3 o 4 picaduras en las piernas.
Era un verano especialmente caluroso y yo, entre los niños, el trabajo y los preparativos de la boda, apenas paraba en casa. Por las noches podíamos descansar muy poco entre el calor, el estrés y el poco tiempo.

La noche de nuestra boda dormimos en el misto hotel donde hicimos la celebración. Era un lugar precioso y las habitaciones, algo de otro mundo.
Por la mañana, entre el cansancio, algo de resaca (emocional y de la otra) y todo lo que teníamos por delante ese día, nos levantamos directos a desayunar. Allí, en la cafetería, estaban algunos de nuestros amigos todavía y nos quedamos bromeando sobre si nos ayudarían a hacer las maletas, ya que esa noche salíamos de viaje.
Al llegar a casa nos esperaba en el portal una amiga que venía a traernos un regalo que no pudo entregar el día anterior. De paso, nos ayudó a subir a nuestro piso las maletas, paquetes y bolsas que traíamos. El pomposo vestido de tul, el baúl lleno de monedas que nos habían regalado (que pesaba una barbaridad) …
En cuanto llegamos arriba y colocamos todo momentáneamente en el suelo, mi amiga se fue y mi recién estrenado marido y yo trazamos un plan. Debíamos hacer el check in del avión, deshacer las maletas, preparar las maletas del viaje (serían pocos días), comer algo, dormir un poco y ver algunas cosas que no habíamos podido ver en detalle el día anterior.

Yo, como siempre, empecé a mirar a todas partes intentando organizarme y mi marido dijo “Tranquila, nos sobra tiempo. Veamos las fotos del fotocall primero y luego nos ponemos manos a la obra».
Nos sentamos en el sofá, muy cansados, y abrimos el álbum. Había montón de fotos graciosas de nuestros invitados con dedicatorias preciosas (algunas).
A los dos minutos de empezar, mi marido se palmeó la pierna. Iba en pantalón corto y sintió algo, como un bicho. Muy poco después repitió el gesto y yo le pregunté qué hacía, me dijo que había sentido algo y, al momento, un picor muy grande. Se agachó a la altura de nuestra alfombra de pelo largo recién comprada y se puso a mirar el suelo. Yo no entendía nada hasta que dijo “Creo que vi una pulga”.

Me tomé la situación a broma hasta que vi a mis tres gatos rascarse como locos. No podía ser. Llamé a mi veterinario de urgencia. Era festivo local y no sabía qué hacer. Me dijo que fuese a la ciudad más cercana a un veterinario que tuviera un spray para alfombras y superficies, que embadurnase y precintase con film alfombras y mantas y que me fuera de viaje tranquila.
Me dio el número de una mujer que se dedica a cuidar a gatos en casa ajenas y que era experta en ese tipo de crisis.
Aquí se presentó una señora a la que no conocíamos de nada que, en media hora nos enseñó las miles de cacas de pulgas que había en nuestras camas, en los rascadores de los gatos… El sofá tenía una costura abierta y dentro, en el relleno, estaba totalmente plagado.
Al parecer, hacía unos días que se había advertido de que las zonas verdes de la ciudad habían sido invadidas por estos parásitos. Cuando esto pasa, se recomienda a todo el mundo, pero sobre todo a quienes tenemos mascotas en casa, que nos limpiemos bien los pies antes de volver a casa si vamos a algún parque.

Ofrecimos la atmósfera perfecta, un lugar cerrado durante horas a alta temperatura, 3 gatos y 4 humanos como alimento (si, los gatos tenían pipeta, pero no son infalibles), y habiendo pasado tardes enteras con mantas a modo picnic en los parques de toda la ciudad la última semana para compensar con los niños los 4 días que nos iríamos sin ellos…
Como tenemos suelo de parqué, al parecer las pulgas anidan debajo, así que hicieron falta 5 fumigaciones para acabar con la plaga. Los expertos dijeron que era muy difícil y que saldría caro porque los gatos habían ayudado a que fueran por toda la casa.
Nos fuimos de viaje mientras tiraban a la basura nuestro sofá, nuestras alfombras nuevas, el puf…
Estuvimos 4 días fuera, angustiados por quien había quedado a cargo de nuestros gatos, que se tuvieron que mudar momentáneamente al baño de una amiga (porque tenía perros), porque mientras nosotros paseábamos al sol, ella se quedó llevando peluches y ropa a la lavandería a lavar a alta temperatura y a limpiar con amoníaco y vapor toda nuestra casa.

Cuando volvimos aún tardamos 15 días en limpiar la casa entera (de forma minuciosa, cada rincón de cada armario, cada ranura del suelo, cada prenda de ropa… Y entonces la plaga reapareció. Así hasta 4 veces.
Teniendo en cuenta que a dos días de la boda me quedé en paro, que tuvimos que tirar casi todos nuestros grandes muebles y que gastamos más de un sueldo en lavandería, no empezamos nuestra vida marital de la mejor forma.
Supimos que hubo un par de hogares más como el nuestro descontrolados a causa de las maderas y los animales ese verano, ya que cada pulga puede poner 150 huevos en un día y estos eclosionan cuando las condiciones son favorables, en este caso lo son, por lo que se multiplica exponencialmente y en solo 3 días tienes una enorme plaga.
Para nosotros quedó como anécdota traumática para siempre y la precaución que tenemos ahora roza casi la paranoia, pero creo que es comprensible. Todos nuestros ahorros post boda se los llevaron las pulgas.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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