Mi hermana siempre quiso ser mamá. Dicho por ella misma, tener un bebé era como un  sueño, su razón de ser y el principal motivo por el cual había venido a este mundo. Y lo  cierto es que, desde que éramos pequeñas, los niños se le han dado de maravilla y todos  se mueren por estar con ella a todas horas. Siempre lo había tenido claro, hasta el punto  de romper con su novio de toda la vida después de llegar a la conclusión de que él no  estaba muy seguro con respecto a eso de ser padre. 

Más testimonios en whatsapp

Un par de años después, conoció a Juan, su actual pareja, y al poco tiempo se fueron a  vivir juntos. Él era algo mayor y ya contaba con una hija de su anterior matrimonio, cosa  que no importó a mi hermana en absoluto, tanto como le gustaba estar rodeada de críos.  De hecho, congeniaron desde el primer momento, la pequeña adoraba a mi hermana y  ella siempre la quiso como a su propia hija. A ella le gustaba decir que cuidar de la niña de Juan era como hacer prácticas para cuando tuviese sus propios bebés. Y al poco tiempo,  la conversación sobre ser padres saltó a la palestra. 

Ambos deseaban tener hijos en común y a todos nos hizo súper felices saber que estaban poniéndose manos a la obra. Después de un año intentándolo sin éxito, no les quedó más remedio que acudir al médico, quien les informó que debido a que mi hermana tenía las  trompas obstruidas, no les quedaba más opción que recurrir a la reproducción asistida.  Fue un palo muy duro para ellos y aunque les costó asimilar la idea, siguieron adelante  con su deseo de ser padres a través de varios ciclos de fecundación in vitro. Hasta que,  tras muchas decepciones y lágrimas, por fin consiguieron ese ansiado positivo. 

Mi sobrino fue el niño más deseado del mundo. Con todo, y a pesar de todos los años que mi hermana llevaba queriendo ser madre, cada vez que podía, le endiñaba el bebé a mi  madre. Ella se quedaba cuidando de su nieto cuando mi hermana y mi cuñado se iban a  trabajar, cuando querían salir a cenar e incluso algunos fines de semana completos,  cuando quedaban con amigos para ir a casas rurales y planes por el estilo. Mi madre lo  hacía de mil amores, pero yo no podía dejar de pensar que se estaban aprovechando un  poco de ese amor de abuela, ya que era ella quien tenía que cancelar los planes con sus  amigas para adaptarse a los suyos.  

Incluso aquella vez en la que su pareja le regaló un fin de semana romántico en una  cabañita preciosa en medio de la sierra para celebrar su aniversario. El pobre hombre  perdió el dinero de la reserva y se quedó sin escapada porque mi madre tuvo que  quedarse con el niño aquellos dos días. Y es que mi hermana y mi cuñado se iban a un  balneario a desconectar y ya tenían todo pagado, como si su tiempo y su dinero fuera  más valioso que el de mi madre o el de cualquier otra persona. En lugar de decirles que  ella misma ya tenía planes aquel finde, mi madre se quedó en casa para cuidar de su  nieto amén de tener que tragarse un enfado monumental de su novio. 

Lo más fuerte de todo, es que desde aquel momento, para evitar que aquella situación  volviera a repetirse, mi madre cuadraba sus vacaciones, viajes o lo que fuera con ellos.  Como si fuera una especie de empleada a tiempo completo. Yo flipaba con el morro que  se gastaban mi hermana y mi cuñado, pero cuando llegó el verano, se repartieron los días en que cada uno estaría con el niño. Aún así, mientras mi madre estaba en la playa, mi  hermana me llamó desesperada. Unos amigos les habían invitado a pasar unos días a su  casa de veraneo en el norte y no tenían con quién dejar a mi sobrino, puesto que su  niñera de confianza, mi madre, no estaba. Llevarse al niño por lo visto no era una opción y plantearse no ir al viaje, tampoco. 

Me pidieron que me quedase con el niño unos días, que todo había surgido de improvisto  y no les quedaba otra que tirar de mí. Yo me disculpé con ellos, ya que al día siguiente me iba de vacaciones con mis amigas y no pensaba perder el dinero de la reserva ni la  experiencia por que ellos no supieran o no quisieran hacerse cargo de su nuevo estilo de  vida. Yo no era mi madre. Como era de esperar, mi hermana se lo tomó fatal y lio una tremenda, acusándome de no querer a su hijo, de ser una tía ausente y una egoísta. Y lo  cierto es que creí que todo aquello terminaría ahí o, a lo sumo, en unos días de enfado  más, pero para mi sorpresa la cosa fue a mayores. 

Yo me fui de vacaciones y me olvidé del asunto, al igual que mi madre. Seguimos con  nuestras vidas pero de la noche a la mañana pasamos de tener todo el día al niño con  nosotras a no saber absolutamente nada de ellos durante varios días. Nos extrañó e  intentamos ponernos en contacto con mi hermana, pero nos colgaba el teléfono y no  contestaba a nuestros mensajes. Ya preocupadas, tiramos de mi cuñado, quien nos dijo  pidiéndonos por favor que no le dijéramos a mi hermana que él nos lo había dicho, que se había enfadado con nosotras. Conmigo porque no quise quedarme a cuidar de su hijo y  con mi madre por no salir en su defensa. 

Supongo que esperaba que corriéramos a pedirle perdón, pero la jeta de mi hermana ya  pasaba de castaño oscuro. Han pasado unos cuantos meses y he de decir que mi madre  ha intentado en alguna ocasión retomar el contacto con ella -sin conseguir nada-, pero yo  no. A ambas nos rompe el corazón no saber nada de ella y sobre todo del pequeño, pero  no creo que seamos nosotras las que tengamos que recular y disculparnos, sino todo lo  contrario.  

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.