Mi marido y yo llevamos 12 maravillosos años juntos y 8 casados. Somos esa pareja que está tremendamente consolidada con “sus más” y sin “sus menos”. Puedo decir que estamos viviendo una historia que deja atrás a cualquier cuento de hadas. 

Más testimonios reales en whatsapp

Y, muchas veces aparece la pregunta: “¿Cómo os conocisteis?”. A lo que solemos contestar “en una cena de la Universidad”. Porque… La realidad… Supera cualquier película cómica de sábado por la tarde. 

Bueno, pues aquí va: La gran, rocambolesca, random e increíble narración de cómo, por una serie de catastróficas desdichas acabé hablando con el señor que tengo ahora mismo sentado a mi lado en el sofá. 

Aviso de que, el tocho de cómo se alinearon los astros ese día, es largo. 

Pues estaba yo en la carrera. Allí me hice con un grupo bastante moni: Llamémoslas Pepita, Lolita y Juanita. 

Un día estábamos las cuatro haciendo lo de siempre: Procastinar proyectos constantemente, reír con las amigas y, de vez en cuando, enterarnos de algo. Cuando entra en el aula un chico tirando a feíllo (le llamaremos Jacinto) y anuncia que está montando una cena interfacultativa, para que gente conozca gente. 

Todo el mundo pasando, pero, mis amigas, más tarde, entre cerveza y cerveza, decidieron que era la oportunidad perfecta para ligar. Las tres estaban solteras y, con el ánimo del alcohol, les apetecía muchísimo. Y, claro, ¿a quién le toco agregar al Facebook a Jacintillo el no tan agraciaillo? Pues a la menda, que tenía novio y que, debido a ello, me veían como un sujeto a quien Jacinto no le tiraría la caña. 

Pues ahí que le agregué. Nos apuntamos las cuatro (sí, yo también, porque, soltera o no, me apunto a un bombardeo). Y Jacinto, pues muy simpático y muy ilusionado, el chaval. 

Pues, ahora es cuando comienza una serie de eventos que, si no se hubieran dado exactamente así en el tiempo, no me hubieran llevado hasta mi Príncipe.

1.Una semana antes de la cena, y en medio del agobio de los exámenes finales, Lolita dice que ha vuelto con su exnovio y que a él no le parece bien que vaya a una cena con desconocidos, y que no va (spoiler: tardó muy poco en volver a ser su exnovio, y yo que me alegré). 

 

Así que hablé con Jacinto y le dije que ya no éramos cuatro, que éramos tres. El pobre Jacinto se me quejó de que todo el mundo le estaba mareando con personas de más y personas de menos. Y que se estaba agobiando. Le dije que lo sentía mucho, pero tampoco podía hacer más. 

2.Dos días antes, Juanita dice que sus padres se van al pueblo a pasar el fin de semana y que no quiere quedarse dos días sola en la ciudad, que se va con ellos y que no viene a la cena. 

Llegadas a este punto, hablo con Pepita, para decirle que si nos desapuntábamos (porque, yo, ya me veía que la tía iba a ligar por todo lo alto y me iba a tocar pasarme la noche espantando a los amigos del ligue de ella, y tampoco me apetecía mucho). A lo que ella me contesta que sí, que quiere ir, que va a ser genial y que, además, hace mucho tiempo que no salimos ella y yo solas. 

Pues, vale. P’alante: “Jacinto, que somos dos”. Y él: “Ay, estoy estresadísimo. Si lo sé, no monto esto…”, y similares. Y yo, que lo sentía mucho. Pero, que es que es lo que había. 

3.Bueno, pues ese mismo día por la mañana. Estando yo en la playa con mi familia, me escribe Pepita para decirme que “Tía: No sé en qué estaba pensando. Qué vergüenza… Pero, ¿cómo vamos a ir tú y yo solas a un sitio donde no conocemos a nadie?”, y perlas por el estilo. 

4.Claro, una, que se enfada, pero no sabe manifestarlo, le dije que no pasaba nada, y me preparé para la difícil tarea de volver a escribir a Jacinto para decirle que no íbamos ninguna de las dos al final. Y como lo que no quiero hacer lo procastino más que los trabajos de la Uni, pues decidí que, primero, me concentraría en coger mi insolación veraniega diaria y, luego, le escribiría. 

5.Y se me achicharraron las neuronas, y decidí escribirle a mi novio del momento. A este, le llamaremos el secuestrao (ahora veréis porqué). Le conté la historia y le dije que si venía conmigo (porque dos personas son dos personas, da igual que fuéramos Pepita y yo, que el secuestrao y yo). Y él, que la verdad es que era muy majete, me dijo que sí, que claro, que se venía. 

Bueno, pues, el secuestrao, a parte de simpático, era un novio-mascota. Me explico: Había que decirle qué hacer. No sé qué será de su vida, pero imagino que se habrá convertido en el típico que no baja la basura, recoge la ropa o friega los platos porque “es que no me lo has dicho”. Y espero que no tenga hijos, porque no creo que sea capaz de darse cuenta de que a su criatura se le han quedado pequeños los zapatos y coger e ir a comprarlos. Aunque, también espero equivocarme y que sí se haya convertido en un hombre capaz de hacer todo esto. 

6.Bueno, pues me monté el plan mental: Yo tenía que estar cenando por la zona de la Uni a las 22. Eso significaba recoger a el secuestrao a las 21:30 de su casa (porque pedirle que se aclarara para ir solo hasta un bar en la Uni, probablemente era mucho para él), por lo tanto, tenía que estar en la ciudad a las 21:00. Eso significaba coger el bus que iba del pueblo a la ciudad a las 20:00. Si llego a estar en la casa de mis padres de la ciudad, todo esto, no pasa. 

Vale. Pues, sobre las 18:00, empiezo a arreglarme. Y a llamar a mi novio para que se fuera arreglando (porque, las posibilidades de que estuviera jugando al pádel con sus amigos o paseando al perro de alguien sin tener en cuenta la cena, eran altas). No me cogía el teléfono. 

7.Bendito sea él por no cogérmelo. Lo llega a coger, y a decirme lo que pasaba, y me quedo en el pueblo.

A la hora necesaria, me voy a la parada del autobús. Llamándole compulsivamente, porque ya me veía que algo estaba haciendo (y ese algo no era arreglarse y esperarme). Llega el bus, me lo pienso, pero lo cojo. 

8.Conforme subo al bus, él me contesta, ¡por fin! Y me pregunta muy tranquilo que qué me pasaba, que cree que tiene muchas llamadas y mensajes míos. Le digo que sí, que por qué no me cogía el teléfono, que voy para allá y que se vaya duchando y vistiendo (el motivo por el que yo veía normal ser su madre, es un misterio). Y me contesta con voz de inocente (tremenda hostia que se merecía): “Es que han venido mis amigos tal y tal, y me han metido en un coche y me han secuestrado y me llevan a las fiestas de no sé qué pueblo”. ¡Zas! El secuestrao. Le digo que les tenía que haber dicho que no, porque había quedado conmigo. A lo que me contesta: “¡Ay! Si me han secuestrado, ¿qué quieres que haga?”. Bueno, pues le colgué y barajé mis opciones. 

Al cielo gracias porque tuviera que descartarlas todas:

9.Quedar con mi mejor amiga. Imposible porque estaba en su pueblo. 

10.Quedar con mi mejor amigo. Pues no, porque estaba de viaje.

11.Mi primo favorito. Le tocaba turno de noche en el trabajo, y no saldría hasta la una. Mis opciones empezaban a ser una mierda. 

12.Ir a mi casa de la ciudad. Tampoco, porque estaba en obras, y, por no haber, no había ni suelo. Qué asco de todo. 

  1. Pegarme un paseo yo sola por la ciudad durante un par de horas. No me apetecía.

14.Llegar a la ciudad, volver a pagar exactamente el mismo bus por el trayecto de vuelta al pueblo. Y decirles a mis padres que mi novio me había dejado tirada con la consecuente charla sobre si ese chico me convenía. Esta opción me apetecía menos aún que la anterior.

15.Ir a la cena yo sola. Visto lo visto, no me pareció tan mala idea. Así que, allá que me fui con un montón de desconocidos yo sola. Dispuesta a ser tremendamente simpática. Y, por lo menos, y ya que tenía un novio que parecía que no me tenía en su lista de prioridades, pasar un rato divertido. 

Llegué a la cena. Saludé a todos. Y me senté con un grupo de chicas (pasando de chicos, bajo la premisa de que estar enfadada no significa ser infiel, aunque había algunos chicos que se me comieron con los ojos descaradamente). La verdad es que eran bastante majas y me reí mogollón con ellas. O ellas conmigo, ya que, cuando quiero, puedo ser desternillante. Lo cierto es que no me acuerdo de sus nombres ni de sus caras.  

16.Al terminar, la gente propuso ir a un pub y empezar la fiesta. Yo, que sentía que ya había cumplido con el tiempo suficiente como para que mis padres no sospecharan que tenía un novio gilipollas, me despedí con la intención de volver a casa. 

17.Pero, estas chicas dijeron que era una pena que me fuera y que me uniera a ellas en la fiesta y que, va, que venga. 

18.Pues fui.

19.Y, ese día, yo, debía de tener escrito en la frente “por favor, dejadme tod@s tirada, que me gusta”. Porque, tras unos minutos en el pub, estas chicas desaparecieron sin decirme ni adiós. 

20.Así que, esta vez sí, me iba. Un poco asqueada por la situación, pero me iba. Y tiré a buscar a Jacinto para decirle que me lo había pasado muy bien, pero que, adiosito. 

21.Y entonces me crucé con el grupo de chicos de la cena que se me había estado comiendo con los ojos y que se habían pasado la cena haciéndome saluditos desde la otra punta de la mesa. Se pusieron a hablar conmigo. Les dije que me iba. 

22.Y ellos empeñados en que me tomara algo con ellos (eran cuatro). Les dije que no, que me tenía que ir, que me esperaba mi novio (risa de autobullying en el fondo de mi cabeza). Y ellos, pesaos, y yo, sin carácter. Venga a preguntitas tontas. Se iban acercando. Yo, con la pared detrás. Se me empezó a hacer muy incómodo. Si llegan a ser chicos normales y no acosadores de mierda que no entienden un “no”, me voy normal y no conozco al Príncipe.

La cosa ya estaba acelerándome el pulso de los nervios. De ver que físicamente no me iba, y que uno de ellos ya me tenía cogida por el brazo. Yo sola, sin nadie cerca a quien conociera. Y dando gracias de estar en un pub lleno de gente. Donde, lo peor que me podía pasar era que me metieran mano. O eso me decía mientras me estaba asustando. Con la mente a tope estaba cuando noté que un par de personas se sentaban en los taburetes vacíos que había junto a mí.

23.Y decidí pedir ayuda a esas personas. Giré la cabeza y mis ojos se cruzaron con los fabulosos ojos verdes del que tengo aquí preguntándose qué cosa tan larga llevo media hora escribiendo. Lo cierto es que, en ese momento, me decepcioné de que no se hubieran sentado mujeres. Pero, no tenía otra. Y, sin hablar, articulé la palabra “ayuda”. 

  Y él. Con su corazón precioso como siempre, se fijó en el que me sujetaba y en lo tremendamente encima que tenía a los cuatro. No necesitó más, para acercarse, abrazarme y decir: “¡Hola! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte!”. 

Le devolví el abrazo con palabras similares. Los chicos se apartaron extrañados, y, un segundo después, salieron casi corriendo cuando el que era (y es) el mejor amigo de mi marido también me abrazó efusivamente y me saludó. Les dije a los otros que me quedaba con ellos, que eran mis amigos. Pero, no hacía falta, ya se estaban yendo. 

Y bueno, se quedaron charlando los dos conmigo. Ni una tontería. Ni un “qué guapa eres”. Ni un “tómate algo alcoholizado con nosotros”. Tampoco ningún intento de pago sexual por la ayuda. Simplemente estuvieron hablando conmigo hasta que esos energúmenos hacía unos 15 minutos que se habían ido. Y se ofrecieron a acompañarme a por un taxi. Aunque rechacé la propuesta. Eso sí, nos dimos el Facebook. 

Mentiría si dijera que mi marido me llamó la atención ese día. Me pareció un chico guay. Pero, yo, tenía novio y no abría la mente a otras personas en esa situación. 

Seis meses más tarde y tras varios “secuestros” y porvenires similares, rompí con el secuestrao. Y, dos meses después, el Príncipe me pidió una cita. 

Esta historia me hace creer en algo. En el destino, el horóscopo o las hadas. Porque, todo lo que coincidió ese día (malo, objetivamente, en su mayoría), me llevó a vivir el cuento que siempre había soñado.

 

Princesa

 

Envía tus movidas a [email protected]