En un mundo en el que la estética y el sexo adquieren tanta importancia, todavía las dos se ven a menudo alejadas y tergiversadas de la realidad. Pese a que los cánones de belleza nos muestran lo simétrico como lo más atractivo y deseable, son pocos los cuerpos que encajan en estos requisitos.
No son nuevas las expectativas irreales en la belleza y los cuerpos ajenos. También la sexualización de nuestra mirada, en parte por la pornografía, han alterado conceptos físicos y sociales, sobre todo en los más jóvenes e influenciables.
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En mi adolescencia, no di demasiada importancia a los cánones estéticos ni simétricos. Como persona no muy simétrica, la mayoría de las veces me llamaban más el interior y la conexión de una persona que sus proporciones físicas. Recuerdo la primera vez que estuve con una chica con complejo de tener un pecho más grande que otro. Inexperto e incrédulo, me sorprendió que se sintiera avergonzada de la disparidad del tamaño de sus tetas. Para mí la diferencia era prácticamente inadvertible, por no decir irrelevante. Una teta era una alegría independientemente de su tamaño o disparidad con su compañera.
No volví a darle muchas vueltas a lo que me pareció una inseguridad absurda más. Otro de los complejos que nos imponen como normal para que no terminemos nunca de aceptarnos y sigamos dependiendo de algo que haga nuestra imagen merecedora de aprobación. Sin quitarle hierro al asunto, seguí pensando durante años que era un tema menor, anecdótico y que a la mayoría de personas ni se les pasaría por la cabeza.
Todo cambió un par de años después con una visita al médico. Lo que empezó como una revisión normal, dio pie a una conversación que nunca imaginé, despertando en mí ese terror oculto.
- Oye, tienes un testículo mucho más grande que el otro.
La afirmación del doctor me dejó perplejo.
- Sí, bueno… como todos, ¿no?
- Bueno… un poco sí, pero como todos no.
Resulta que uno de mis chicos era fácilmente el doble de grande que su compañero. Yo, sin haberme fijado demasiado en mis testículos, pensaba que se debía a la gravedad o a la maleabilidad de la partes. Hasta pensaba que según con qué pierna andara podía alterar el tamaño de mis huevos.
Sin embargo, se trataba de un varicocele, una inflamación interna del testículo, similar a las venas varicosas que pueden darse en las piernas. Tras unas pruebas, asegurarse de que todo estaba bien ahí abajo y descartar mientras fuera posible una cirugía, volví a mi normalidad habiendo sacado algo en claro.
Las proporciones simétricas que vemos en arte, moda o diseño tienen poco que ver con el cuerpo humano. Habrá personas más proporcionadas u otras menos, pero todos estamos compuestos de pieles, órganos y glándulas muy parecidos e igual de feos por dentro.
Mi experiencia con un testículo más grande que otro me sirvió, aparte de para integrar el reequilibrarse al andar, para aprender a aceptarme a mí y a otros cuerpos. Todos somos personas que merecemos lo mejor independientemente de la simetría entre ambos pechos o la proporción áurea de los cojones.
Es peligroso cuando salud y estética se dan la mano, ya que poca cosa tiene una que ver con la otra. Catalogar de más o menos aptos cuerpos o formas que tienen el mismo derecho de ser y estar que los más canónicos es basar una sociedad en eugenesia de pasarela.
El caso es que recomiendo amarse del todo y amar a todas tus partes. ¿Qué hay más bonito y revolucionario que eso? Todos somos desiguales, por dentro y por fuera. Que esto no nos haga inventarnos nuevas maneras de desigualdad.
Tío Vivo
